Pablo GONZÁLEZ

Los tártaros pierden influencia a dos años de la entrada de Crimea en Rusia

Tras dos años formando parte de Rusia, los tártaros han perdido influencia en Crimea. Su falta de colaboración ha dificultado su integración y quizá sea necesaria la llegada de un nuevo liderazgo para que el pueblo más antiguo de la región recobre protagonismo.

El 14 de marzo de 2014 Crimea celebró un histórico referéndum sobre la posibilidad de entrar a formar parte de la Federación Rusa. La opción de unirse a Rusia ganó con un 96% de los votos en una cita que registró una participación del 83%. La mayoría de quienes no votaron fueron los tártaros, poco ilusionados ante la perspectiva de volver bajo el dominio de Moscú por la complicada historia común, especialmente en la época soviética.

Los tártaros son un pueblo túrquico que habita la región desde que esta fuera parte del Imperio Otomano, que la perdió a favor del Imperio ruso a finales del siglo XVIII. Su importancia ha ido disminuyendo con el tiempo y hoy son aproximadamente unos 240.000 de los dos millones de personas que viven en Crimea, el 12% de su población. Aun así son un grupo con fuertes tradiciones y una organización propia de gobierno llamada Medzhlis. Su oposición a la intervención rusa en Crimea y su actitud posterior les han enemistado con las autoridades rusas. Sus actividades desde Ucrania hacen que la tensión siga en aumento.

Sin embargo, Mustafa Dzhemilev, el histórico líder de los tártaros de Crimea, explica que al principio las autoridades rusas intentaron llegar a un acuerdo. «Putin me invitó personalmente a negociar. Me negué a estar con él, pero sí fui a Moscú y me reuní con el expresidente de Tatarstán, Shaimiev. Durante la conversación –añade– me dijo que Putin estaba al teléfono para hablar conmigo. El diálogo por teléfono duró unos 35-40 minutos. Me prometió muchas cosas, como solucionar los problemas sociales en pocos meses, hacer lo que Ucrania no había hecho en 23 años de independencia. Pero cuando le dije que el primer paso para ayudar a los tártaros sería sacar las tropas rusas de nuestro territorio, le cambiaron los ánimos. Entonces pusieron en primer plano a figuras del Tatarstán, Chechenia, Bashkiria. Nos visitaron, nos dijeron lo bueno que era estar dentro de Rusia, todos juntos. Les escuchamos, pero se fueron sin nada. Moscú concluyó que esos contactos no daban los frutos deseados y cesaron», recuerda.

Los intentos de atraer a los tártaros se convirtieron en amenazas, sobre todo por parte del presidente de Chechenia, Ramzan Kadirov. Tras el bloqueo de las bases del Ejército ucraniano, el mayor obstáculo para el dominio ruso era la organizada comunidad tártara y Moscú era consciente de ello. Como también lo eran sus aliados occidentales, que les pidieron, según cuenta Dzhemilev, a través de sus embajadas, «que ante todo no opusiéramos resistencia».

Rusia no ha perdonado a los tártaros y presta mucha atención a esa comunidad, sobre todo a raíz de sus actividades desde el bando ucraniano. Dzhemilev y Refat Chabrov, el actual presidente en exilio del Medzhlis, fueron los iniciadores, junto a nacionalistas ucranianos, del bloqueo comercial de Crimea por parte de Ucrania al cortar las carreteras en setiembre de 2015. Luego, en noviembre, volaron los postes de alta tensión, provocando serios problemas con la electricidad.

Mientras Rusia aceleraba los trabajos para lanzar un cable por el estrecho de Kerch y llevar la electricidad desde la Rusia continental a Crimea, Ucrania ponía a la península como condición para restablecer el suministrar de electricidad la firma de un nuevo contrato en el que figurasen las palabras «territorio de Crimea temporalmente ocupado por Rusia». Se consultó a la población sobre si se aceptaba ese nuevo contrato o se esperaba unos meses a que funcionase plenamente el envío de energía eléctrica desde Rusia. El 93% optó por renunciar a la electricidad ucraniana. A día de hoy los cortes de luz son esporádicos ya y parece que para verano la situación estará plenamente solucionada con los cables por el estrecho de Kerch.

Todas esas iniciativas no han favorecido a los tártaros que siguen en Crimea. El pasado 3 de marzo, la Fiscalía de Crimea inició los trámites para prohibir el Medzhlis, argumentando que es una organización que incita la tensión interétnica. Dzhemilev opina que es consecuencia de que «las autoridades rusas han intentado atraer a los tártaros, pero no lo han conseguido más que con unas decenas. La mayoría desprecia a las nuevas autoridades, aunque no lo expresa por miedo a los arrestos. Por eso –agrega–, las autoridades rusas están ahora creando las condiciones para que los tártaros de Crimea se vayan». En los últimos dos años, aproximadamente 18.000 tártaros –el 7,5% de la comunidad, pero solo el 0,9% de la población total de la península– han abandonado Crimea hacia la Ucrania occidental.

Dzhemilev compara la presión actual con la que sufrieron los tártaros en la URSS. «Las autoridades soviéticas eran crueles, no respetaban ningún derecho humano, pero tenían sus reglas. Si una persona se expresaba contra el Estado acaba en la cárcel o el exilio, pero se hacía con unas reglas, para empezar lo arrestaban. Ahora la gente simplemente desaparece. Cuando presionan a alguien para que colabore utilizan un argumento bastante duro: ‘piense usted en sus hijos, pueden desaparecer’», denuncia. Estas desapariciones han sido criticadas por Amnistía Internacional, pero el difícil acceso a Crimea, unido a la tensa situación internacional actual entorpece la investigación.

Después de dos años en Rusia, la mayoría rusa se hace notar con las nuevas autoridades. La actitud de los líderes tártaros no ha ayudado a la integración de su comunidad y deberá pasar un tiempo y quizás llegar una nueva generación de dirigentes para que recupere la influencia que tuvo.