David MESEGUER

Y tras sobrevivir a la guerra, languidecer por la burocracia

Muchos sirios y kurdos esperan en campos de Kurdistán Sur el permiso de los gobiernos europeos para reunirse con sus familiares llegados al viejo continente durante el gran éxodo de 2015. Matrimonios separados y padres que solo conocen a sus hijos a través del teléfono, son la viva imagen del drama de las familias refugiadas divididas por la lenta burocracia europea.

Morir por una bomba o consumirse en vida por unos papeles que nunca llegan. En ocasiones, la burocracia puede tener casi el mismo poder destructivo que una guerra. Una languidez reflejada en las expresiones faciales de Fexriye Remezan y su marido Khalid Yusef, un matrimonio originario de Kurdistán Occidental que desde 2014 vive refugiado en el campo de Barika, situado 20 kilómetros al sur de Suleimaniya.

El periplo de esta familia oriunda de Hasaka comenzó en 2012 cuando junto a sus hijos se vieron obligados a huir a Damasco tras los reiterados ataques de grupos yihadistas a esta región. Un éxodo que debieron emprender de nuevo en 2014 cuando su hijo mayor Felat fue llamado a filas por el Ejército sirio. A esas alturas de la guerra siria, incorporarse al Ejército suponía comprar un billete casi seguro a la muerte, por lo que tuvieron que buscar refugio en Kurdistán Sur lejos de las autoridades gubernamentales sirias.

«Cuando llegamos aquí mi hijo Felat comenzó a trabajar. Las condiciones laborales eran muy malas y el sueldo era demasiado bajo para alimentar a toda la familia», explica Fexriye, señalando que los kurdos de Rojava son, en muchas ocasiones, considerados ciudadanos de segunda en Kurdistán Sur.

Habla con GARA desde una pequeña y humilde casa situada en Barika, un campo gestionado por ACNUR, la ONG italiana Emergency y una asociación de maestros de Rojava también refugiados. En él sobreviven cerca de 10.000 personas, en su gran mayoría procedentes de Kurdistán Occidental, aunque también hay familias de Alepo y de otros puntos de la geografía siria.

Según ACNUR y a datos de 1 de enero de 2017, en la provincia de Suleimaniya hay 30.318 refugiados sirios. En Irak la cifra alcanza los 233.244.

Felat se casó en el campamento y tuvo un hijo, aunque nunca escucharía sus primeras palabras de viva voz. La gravedad económica de la situación empujó a la familia a tomar una decisión: Felat, que en ese momento tenía 24 años, y su hermano Alaa de 15, viajarían a Europa como avanzadilla para, en caso de éxito, proceder a la reunificación familiar después.

«Decidimos no viajar con ellos porque era un viaje muy peligroso y no teníamos dinero suficiente para pagar los pasajes de todos a las mafias», cuenta Khalid, el padre de Felat. Era otoño de 2015, y tras viajar a Turquía, Felat y Alaa se echaron al mar en una rudimentaria embarcación rumbo a las islas griegas. Después de cuatro días en territorio heleno y sin apenas descansar, emprendieron la ruta de los Balcanes junto a miles de refugiados hasta alcanzar Alemania.

Mensaje a los gobiernos europeos

«He soñado con mi hijo Felat centenares de veces. Lo veo cuando era pequeño volviendo del colegio y yo me levantaba para recibirlo. Cuando veo a mi nieto, me recuerda mucho a él», comenta llorosa Fexriye, presa por la emoción del recuerdo. Una profunda tristeza y añoranza, extensibles a la mujer e hijo de Felat, que viven junto a ellos en el campo de Barika.

Como ellos, miles de refugiados sirios, iraquíes y kurdos esperan en campos de Kurdistán Sur el permiso de los gobiernos europeos para reunirse con sus familiares que lograron alcanzar Europa. Tras obtener el estatuto de refugiados en Alemania, Felat y Alaa tienen que esperar al menos tres años hasta obtener el permiso de residencia. Será entonces cuando podrán comenzar los trámites para pedir la reagrupación familiar.

Una espera que consume en vida a Fexriye y Khalid, sobre todo al observar cómo su nieto crece alejado de su hijo. «A la Unión Europea no le pedimos dinero sino libertad», reclama Khalid. «Allí residen los valores de la humanidad y lo que pedimos a sus gobiernos es que ayuden a las familias divididas a reunirnos con nuestros hijos en Europa», exclama consternado el marido de Fexriye.

Se da la paradoja que desde hace unos meses Fexriye y Khalid regentan una pequeña tienda de ultramarinos en el campo de refugiados, y esta actividad les ha permitido reunir una cantidad de dinero que les cubriría los gastos de un hipotético viaje al viejo continente. Con ganas y dinero, pero frenados por la burocracia. Cuando Felat emprendió el viaje, su hijo apenas tenía dos años, por lo que sus primeras palabras las ha tenido que presenciar a través de la pantalla de su teléfono móvil.

Una situación idéntica a la de Imán, una mujer kurda de 30 años con un niño de cuatro años a su cargo, y que vive en Barika con los padres de Abdelhamid, su marido. También de Hasaka, Imán estudiaba Arte en la universidad, pero la situación se tornó muy difícil a causa de los embates de Estado Islámico y decidieron huir a Kurdistán Sur poco después de haber contraído matrimonio y quedarse embarazada.

Tenían muy poco dinero y decidieron que Abdelhamid sería quien probaría fortuna emprendiendo el viaje hacia Europa. Tras ser arrestado por la Guardia Costera turca en un primer intento, el marido de Imán logró pisar suelo griego a la segunda. Y de allí hacia Alemania a través de los Balcanes.

Mientras, Imán espera a que el estatuto de refugiado de su marido se convierta en permiso de residencia al cabo de unos años, y así poder reunirse tras hacer efectiva la reunificación familiar. «La espera nos está matando», cuenta la joven que en la actualidad ejerce de maestra de Artes Plásticas en el colegio del campo de refugiados, por un sueldo mensual de 250 dólares facilitado por Unicef.

«Aunque la espera es dura, desde que trabajo me encuentro mejor sicológicamente porque no estoy en casa encerrada pensando todo el tiempo en mi marido», asegura Imán.

Unas historias de almas y corazones separados por la burocracia de unos gobiernos europeos que se llenan la boca con mensajes de solidaridad pero que después incumplen unas cuotas de refugiados fijadas claramente a la baja.