F.M.

Cuando despertó, los intelectuales estaban allí

En plena Capitalidad Cultural Europea de Donostia, en abril de 2016 estallaba una irritada polémica desde el Ministerio de Cultura español. Exigía la retirada del texto de una exposición que definía a ETA como «fenómeno político, militar y cultural» con el ánimo de hacer desaparecer de la historia una dimensión que ha acompañado al conflicto político violento desde sus inicios.

A lo largo de sesenta años de existencia, ETA ha contado en sus filas con miles de activistas y colaboradores de ambos lados de la muga. En esa amplia red no han sido ajenos el mundo de la cultura y los intelectuales. Desde la implicación orgánica o la cercanía ideológica hasta la distancia o la hostilidad.

Las condiciones de clandestinidad y hermetismo de la organización armada hacen difícil evaluar el grado de compromiso de personas de este sector, y solo el encarcelamiento, el exilio o los pronunciamientos públicos aportan algunas pistas de la envergadura del fenómeno. Sirvan las siguientes como una somera muestra de ello.

ETA nace de la mano de un grupo de jóvenes, en su mayoría universitarios, que quieren dar respuesta a la situación de opresión en que ven a su país. En los inicios figuran activistas ya destacados en ámbitos culturales, como el escritor y sociolingüista José Luis Álvarez "Txillardegi", innovador de la literatura vasca e impulsor del euskara batua. Al debate ideológico se incorpora tempranamente el también lingüista y académico de la lengua Federico Krutwig, autor del libro "Vasconia" (1963), en el que propone un nuevo abertzalismo de ruptura con el nacionalismo del PNV.

En su I Asamblea (1962), ETA se define ya como Movimiento de Liberación Nacional, un concepto que tendrá su relevancia en el futuro, pues amplía sus márgenes más allá de lo estrictamente orgánico. Y es precisamente el proceso de colonización cultural y la grave situación que atraviesan el euskara y la cultura vasca una de las mayores preocupaciones de aquellos jóvenes.

A finales de 1964 difunde la "Carta abierta de ETA a los intelectuales vascos", que tiene una segunda versión en junio de 1965. En ella apela a los intelectuales a sacudirse del letargo del franquismo y expresarse en todas las disciplinas artísticas y culturales para alcanzar «una revolución integral». «Algún día se podrá decir que el pueblo vasco revivió artística y culturalmente cuando más oprimido estaba», augura la proclama.

Consciente de esa necesidad, la organización aprueba en su V Asamblea (1966-67) abrir cuatro frentes: militar, político, obrero y cultural, y crear un «contrapoder» en campos como el euskara, la universidad, el arte y las escuelas sociales. ETA emprende así un activo papel de agitación de conciencias en el proceso de renovación y modernización cultural de Euskal Herria. La llamada obtiene eco en una sociedad en la que comienzan a despertar nuevas formas de expresión artística de mano de creadores que retornan tímidamente del exilio y de jóvenes que no cargan con la pesada experiencia de la guerra civil. El renacimiento cultural se manifiesta en el arte, la música, la literatura, el idioma, las ikastolas...

Oteiza ilustra la revista de ETA

Son años de intensa actividad política e intelectual en la ilegalidad. Y también de complicidades. El escultor Jorge Oteiza, que ha publicado ya su referencial ensayo sobre la estética del alma vasca "Quosque tandem...!", ilustra la portada de la revista de ETA "Zutik" de agosto de 1965 con una espiral de trazos abiertos inspirada en la teoría acción-represión-acción. Cuatro años después instala en la fachada principal del santuario de Arantzazu la obra "Hijo muerto a los pies de la Piedad", una alegoría de Txabi Etxebarrieta, primer militante de ETA muerto por la Guardia Civil meses antes, que había colaborado con el escultor en un manifiesto para el renacimiento del arte vasco.

La brutal represión y el estado de excepción que siguen a la muerte del policía Melitón Manzanas en 1968 provoca la reacción de numerosos agentes del país y del exterior. Decenas de militantes y colaboradores deben huir a Iparralde, donde son atendidos por el naciente organismo de acogida Anai Artea, fundado, entre otros, por el sacerdote y dramaturgo Piarres Lartzabal, y el antiguo consejero del Gobierno Vasco y también escritor Telesforo Monzon, quien profesará a lo largo de su trayectoria política la legitimidad de la «nueva generación de gudaris».

Simultáneamente, 1.500 intelectuales españoles firman un manifiesto contra la tortura, en un camino que recorrerá en los años venideros el margen de libertad más amplio que se respira en Iparralde; allí una nueva hornada de poetas y cantautores como Daniel Landart, Michel Labeguerie, Manex Pagola, Etxamendi eta Larralde o Pantxoa eta Peio cantan las dramáticas circunstancias que atraviesa el país y llaman a la juventud a sumarse a los nuevos tiempos de resistencia. Otros artistas, como el donostiarra Imanol Larzabal, tienen que cruzar la muga para poder grabar piezas como "Ez dugu jairikan behar" bajo el seudónimo de Mitxel Etxegaray. En Hegoalde habrá de esperarse a la muerte del dictador español para que la nueva corriente de cantautores comprometidos brote con un vigor inusitado.

Con el cambio de década, el movimiento se nutre de trabajos teóricos, historiográficos y filosóficos que comienzan a ocupar las estanterías vascas: el filósofo Joxe Azurmendi reflexiona sobre la nación y el socialismo, el sociólogo Jokin Apalategi aborda el marxismo y la cuestión nacional vasca, y Emilio López Adán "Beltza", militante de la organización durante una década, indaga en el nacionalismo vasco y las clases sociales.

Tras las disensiones de la V Asamblea, la VI abre una vía de desgajamientos que lleva a abandonar la organización a militantes como Jon Juaristi, Mikel Azurmendi o Patxo Unzueta, quienes en el futuro prosperarán en diversos ámbitos de la cultura española y el activismo contra el nacionalismo vasco.

El Proceso de Burgos (1970) supone un hito en la historia y, además de las movilizaciones populares, no faltan doctos nombres que acuden a la llamada de ayuda a los vascos, como los trescientos intelectuales y artistas que se encierran en la abadía de Montserrat (Catalunya) para denunciar el juicio. No obstante, el mayor exponente de empatía hacia la causa de los procesados llega el año siguiente con el filósofo francés Jean Paul Sartre, quien a petición de la abogada y ensayista franco-tunecina Gisèle Halimi prologa su libro "Procès de Burgos". El pensador galo ofrece una sucinta historia del conflicto entre Euskal Herria como «pueblo sobreexplotado» y sus «estados opresores», opina que la cultura «vasca debe ser hoy en primer lugar una contracultura», y concluye que «el pueblo vasco solo puede radicalizarse: ahora sabe que la independencia solo se obtendrá por medio de la lucha armada».

Entre los militantes condenados a muerte por el tribunal militar figura Mario Onaindia, quien tras la conmutación de pena y posterior amnistía participa en la fundación de EIA y EE y emprende una carrera como literato, ensayista y guionista de cine.

Interés del cine y la literatura

El atentado contra Carrero Blanco desata en 1973 una nueva ola de acercamiento hacia el caso de los vascos. Un relevante escritor latinoamericano hace llegar a ETA su interés en narrar la "Operación Ogro". Para entonces, el relato ha tomado cuerpo con la firma de Julen Agirre, seudónimo bajo el que se refugia la escritora Eva Forest, encarcelada posteriormente por su colaboración con ETA, una acusación que en su vertiente política perseguirá años más tarde también a su compañero, el dramaturgo Alfonso Sastre. Ambos comparten amistad con uno de los líderes más carismáticos de la organización, José Miguel Beñaran "Argala", y con el poeta español José Bergamín, quien expresa una abierta cercanía hacia la izquierda abertzale y en 1982 decide instalarse en Donostia y ser enterrado en Hondarribia «para no dar mis huesos a tierra española».

Forest escribe el original de "Operación Ogro" en los primeros meses de 1974 en la casa de Ziburu de Marc Legasse, otro prolífico escritor y autor de "Oda a la resistencia vasca", que nunca ocultó sus simpatías hacia los independentistas y llega a escribir que «si la autodeterminación triunfa en Europa es porque ETA fue su profeta».

El cineasta italiano Gillo Pontecorvo, autor de "La batalla de Argel" (1966), se inspira en el libro de Forest para llevar a la pantalla el magnicidio bajo el título "Operación Ogro" (1979). Para entonces, la cultura popular la ha incorporado ya a su acervo a través de la canción del cantautor Eñaut Etxamendi "Yup la la", que culmina con jerséis al aire.

Los fusilamientos de Jon Paredes "Txiki" y Angel Otaegi concitan de nuevo la atención de intelectuales europeos en un manifiesto conjunto, en el que figuran nombres como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Georges Moustaki, Juliette Greco, Georges Brassens, Julio Cortazar, Juan Goytisolo o el cantante vasco Paco Ibáñez, que guarda amistad con conocidos paisanos refugiados.

Es precisamente la figura de "Txiki", emigrante extremeño que muere por la causa vasca, la que aparece como trasunto del héroe de "Mina, viento de libertad", película dirigida por el cineasta donostiarra Antxon Ezeiza en el exilio de México. A su vuelta a Euskal Herria, Ezeiza emprende el proyecto de crear una cinematografía nacional vasca, pero es interrumpido por una nueva huida a Iparralde en 1981 junto a su compañera, la socióloga y feminista Fini Rubio, por sus estrechas relaciones con dirigentes de ETA. Ambos prosiguen en el exilio su actividad intelectual; él desde el cine, y ella desde la docencia universitaria en Pau y Toulouse.

La fuga de la cárcel de Segovia en abril de 1976 atrae de nuevo el interés de la literatura y el cine. Entre los fugados se encuentra Ángel Amigo, que en el futuro desarrollará una amplia carrera como guionista y productor de cine. La legendaria evasión, narrada en "Operación Pontxo" por el propio Amigo, es trasladada a los cines por el director Imanol Uribe. Cuenta para la recreación con algunos de los autores reales, incluido el actor y expreso Patxi Biskert, quien participa en los preparativos de la fuga desde el exterior bajo la disciplina de ETA-pm. La disolución de esta organización en 1982 saca a la luz otros nombres como el de "Txepe" Lara, quien a la vuelta del exilio comienza una fructífera carrera como director de fotografía y productor cinematográfico.

Una convulsión sacude Iruñea a comienzos de 1978. La Policía desarticula un comando de ETA y entre los detenidos por darle cobijo figura Xabier Morras, un prestigioso artista plástico que cuenta con numerosos reconocimientos y una intensa trayectoria en el extranjero. Es además director de la Sala de Cultura de la CAN. También en el arte se abre camino, en el refugio de Iparralde, el fotógrafo, poeta y escultor Kepa Akizu.

Los aires de negociación en los años 80 van calando en el ámbito internacional. El escritor, diputado suizo y miembro del Comité Consultivo del Consejo de Derechos Humanos de la ONU Jean Ziegler provoca en 1987 un terremoto político al afirmar que ETA es «una expresión de resistencia» y pedir la intervención del Parlamento Europeo para facilitar una negociación entre la organización vasca y el Gobierno español. Apenas un año después del intento fracasado de negociación entre ambas partes en Argel, en 1990 el abogado y escritor francés Denis Langlois eleva el listón y propone al Gobierno galo posibilitar una Conferencia Internacional de Paz para Euskal Herria.

El mensaje es recogido y ampliado por su compatriota y escritor Gilles Perrault, que en 1992 acude como testigo a un juicio en París contra una veintena de presuntos miembros de ETA y alega que si él fuera vasco formaría parte de la organización, y que no se debe juzgar a los procesados, «sino a todo un pueblo», porque «hasta gente que condena sus métodos les abre las puertas».

Ese mismo año son detenidos en Bidarte varios dirigentes de ETA; entre ellos, José Luis Álvarez Santacristina "Txelis", quien durante su exilio se ha doctorado en Filosofía Pura en la universidad parisina de la Sorbona con una tesis sobre el pensador austríaco Ludwig Wittgenstein. Durante su estancia en prisión renuncia a su pasado militante.

En 2004 la Policía francesa detiene a varios ciudadanos vascos a los que acusa de ser responsables de ETA. Entre ellos se encuentran Marixol Iparragirre "Anboto" y su compañero Mikel Albisu "Antza", conocido escritor y poeta euskaldun que había iniciado ya su actividad creadora antes de huir de Donostia en 1985 por su participación en la fuga de la cárcel de Martutene de los presos de ETA Joseba Sarrionandia e Iñaki Pikabea.

El poeta, novelista y ensayista Joseba Sarrionandia es uno de los máximos exponentes de la literatura vasca actual y uno de los autores más prolíficos y traducidos. La mayor parte de su obra ha sido producida durante los años de cárcel y exilio. En la actualidad es docente de Lengua y Cultura Vasca en la universidad de La Habana.

En la misma operación policial que dio con el paradero de Mikel "Antza", es detenido en su domicilio de Domintxaine-Berroeta el cantante Peio Serbielle, acusado de acoger en su casa reuniones de dirigentes de ETA. Serbielle es muy conocido en los ambientes musicales franceses, que se movilizan para solicitar su liberación y hacen público un manifiesto de solidaridad suscrito, entre otros, por los célebres cantantes galos Renaud y George Moustaki.

Las polémicas se reproducen durante los años de vigencia de la organización militar para dolor de cabeza del Ejecutivo español. En 2011, tras el final de la lucha armada, el lingüista norteamericano Noam Chomsky afirma en una entrevista que «ETA no salió de la nada, sino de la represión y la persecución», a la vez que estima oportuno pedir perdón por sus acciones. Un año más tarde, ante el inmovilismo del Gobierno español tras las apelaciones de la Declaración de Aiete, un grupo de intelectuales españoles y vascos exigen al Gobierno del PP la apertura de un «dialogo político sin exclusiones» que facilite un fin ordenado del ciclo de violencia y la superación de sus consecuencias. Entre los firmantes figuran el profesor de Ciencia Política Carlos Taibo, el exdirector de la Unesco Federico Mayor Zaragoza o los actores y actrices Willy Toledo, Pilar Bardem, Alberto San Juan y Unax Ugalde.

El conflicto como argumento

Más allá de los nombres concretos o de los pronunciamientos, el conflicto vasco y la propia existencia de ETA han estado presentes en la producción cultural de Euskal Herria también como argumento, como terreno de reflexión o como telón de fondo de una realidad histórica que ha marcado de manera transversal a varias generaciones.

El cine ha sido uno de los ámbitos más fértiles en este terreno, desde planteamientos documentales hasta la óptica del compromiso militante o del dilema ético, del dolor e, incluso, el humor. Imanol Uribe abre en 1979 con "El proceso de Burgos" una amplia filmografía personal en la que el conflicto violento está presente en distintas cintas. Siguen otros creadores como el británico Arhur MacCaig ("Euskadi hors d'Etat"), Antxon Ezeiza ("Ke arteko egunak"), Koldo Izagirre ("Offeko maitasuna"), Elena Taberna ("Yoyes"), Ana Díez ("Ander eta Yul"), Julio Medem ("La pelota vasca, la piel contra la piedra") Patxi Barko ("Dragoi ehiztaria"), Aitor y Amaia Merino ("Asier ETA biok"), Borja Cobeaga ("Negociador"), Pablo Malo ("Lasa eta Zabala"), Iñaki Arteta ("El infierno vasco"), Josu Martínez ("Barrura begiratzeko leihoak") o el catalán Jaime Rosales ("Tiro en la cabeza", con el director de arte y en este caso actor Ion Arretxe, superviviente de las torturas que llevaron hasta la muerte a Mikel Zabalza).

La literatura es otro de los espacios para el relato y la comprensión de las causas y las consecuencias del conflicto, desde prismas contrapuestos y a través de la ficción, el ensayo o la crónica, e incluso la propaganda y el libelo, hasta el punto de que el contencioso político y cultural de Euskal Herria ha llegado a suscitar una especie de género literario. "Ehun metro" de Ramón Saizarbitoria, que narra los últimos momentos de vida de un militante de ETA que huye de la Policía, inicia en 1976 una senda en la narrativa y el ensayo que continuarán y ampliarán otros autores como Bernardo Atxaga, Joseba Sarrionandia, Inazio Mujika, Iban Zaldua, Jokin Muñoz, Harkaitz Cano, Arantxa Iturbe, Jokin Urain, Karmele Jaio, Eider Rodríguez, Lander Garro, Pako Aristi, Luisa Etxenike, Raúl Guerra Garrido, Fernando Aranburu...

La música, y en particular el rock, ha reflejado también ampliamente esa realidad, a través de letras de poetas perseguidos, en favor de los presos o con explícitas invitaciones a tomar la calle como territorio de contrapoder cultural y político. No han faltado por ello numerosas polémicas en torno a algunos grupos que han llegado a padecer el boicot o el acoso desde estamentos judiciales y gubernamentales, como Negu Gorriak, Berri Txarrak o Soziedad Alkoholika, entre otros muchos, sin olvidar a Kortatu, autor del ya mítico himno generacional "Sarri, sarri", que celebra a ritmo de ska la fuga de los presos de ETA Sarrionandia y Pikabea.

 

El arte, en el ojo del huracán

La mera presencia del conflicto político en el arte ha dado pie a airadas polémicas desde gobiernos y asociaciones de víctimas que pretenden patrimonializar el discurso público. “La pelota vasca, la piel contra la piedra” (2003), del donostiarra Julio Medem, o la muestra del fotógrafo navarro Clemente Bernad dentro de la exposición “Chacun a son gout” (2007) en el Museo Guggenheim, son solo un ejemplo, en una línea similar a lo experimentado por el escultor Koldobika Jauregi con motivo de la inauguración el pasado abril de la escultura que conmemora en Baiona el desarme de ETA. Tampoco ha faltado el acoso directo a actores como Gotzon Sánchez o la actriz Itziar Ituño por haberse pronunciado a favor de la repatriación de los presos vascos.F.M.