Pasados 40 años de la primera revolución islámica mundial, Irán se ha consolidado como potencia regional a caballo entre Oriente Medio y Asia.
Con el derrocamiento del Shah y su obstinación para enfrentarse a los continuos ataques de EEUU (guerra Irak-Irán, bloqueo, sanciones...), el país ha logrado recuperar el papel no subalterno y de autoafirmación que históricamente corresponde a una potencia demográfica y geográfica heredera de la antigua Persia.
Sin embargo, el propio desenlace teocrático de la revolución a la postre jomeinista, que acabó devorando a sus propios hijos –comunistas, kurdos, socialistas, liberales...– es, a la vez, el síntoma de su debilidad. Y es que, tras instaurar un sistema, el velayat i-faqui, o gobierno del guía supremo (hoy encarnado en el ayatollah Jamenei), los iraníes están condenados a la esquizofrenia de vivir en una de las sociedades cultural y sociológicamente más avanzadas de la región –una de las herencias de aquella efervescencia revolucionaria– pero bajo el mandato de una suerte de Viejo de la Montaña de Alamut.
Contradicción esta última que, lejos de resolver, el injerencismo de Trump no hará sino agudizar. Un imperialismo de viejo cuño que condenará a Irán a buscar en la reivindicación en el exterior el remedio a sus déficits internos.

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