
Ocurre, además, que mientras el tiempo ha pasado y las condiciones políticas se han revolucionado. El Régimen era (¿es?) una realidad basada en la concepción histórica de Nafarroa como cuestión de Estado, alimentada por unas elites navarras que estos cuatro años se ha visto que no eran tan poderosas y justificada en un conflicto armado que ya no existe. Pervive el mito, pero no el caldo de cultivo.
Desde anoche hay otra prueba de que esa catalogación está desfasada: el 26M no se ha votado en clave Régimen versus Cambio, como sí ocurrió en 2015 hundiendo al PSN en la irrelevancia por su pretendida (y falsa) equidistancia. Los 25.000 votos extras logrados ese domingo no se explican solo por el rebote del resultado estatal del 28A, sino que apuntan a un sector de la población que no compra esa dicotomía. Que no quería aquel régimen, pero tampoco este cambio.
A partir de hoy, hay unas semanas –seguramente meses, Sanfermines de por medio– cruciales para certificar si existe o no ese régimen. Lo dirá sobre todo la maniobra de María Chivite, políticamente una incógnita total, frente a las viejas elites navarras y ante los propósitos que encierre Ferraz. A quien siempre podrá argumentar (no como en 2007 o en 2014) que al PSN también le debe ser lícito hacer mayoría con los mismos socios de Sánchez en la moción de censura, en los decretos sociales o su próxima investidura.

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