Ajena a la polémica en Trebiñu, Petilla no se ha vuelto aragonesa
La docena de habitantes que viven de continuo en Petilla de Aragón solo conocen al coronavirus de lejos. Ninguno ha enfermado. El enclave navarro en Zaragoza, sin hacer ruido como Trebiñu, se maneja a la navarra aunque hizo la desescalada con Aragón.

Petilla de Aragón costó 20.000 maravedíes de los de entonces. Esto es, de los de hace ocho siglos. El asunto es que el rey navarro Sancho VII, el Fuerte, se los prestó a Pedro II, que puso Petilla y otros castillos en prenda. A la muerte del monarca aragonés, su sucesor en el trono, Jaime el Conquistador, no devolvió el dinero. Sancho VII ejecutó los avales quedándose esa población y a resultas de todo esto, lo que sucede hoy es que existe una población navarra metida dentro de Zaragoza, donde viven plácidamente una docena de almas de continuo mientras el coronavirus azota otras partes. De Petilla a la muga hay 12 kilómetros.
Varado en esa especie de islita quedó Fernando Amunarriz, que para rizar el rizo no es ni aragonés ni navarro, sino un marinero guipuzcoano que perdió la gracia del mar por causa de una diabetes. Ahora regenta el Hostal Ramón y Cajal, pues Petilla es el pueblo en el que nació el único Premio Nobel en Ciencias que tiene Euskal Herria. El hostal es el solitario establecimiento hostelero del pueblo y abre hasta las nueve de la noche. De haber sido un bar aragonés, cerraría a las seis.
Amunarriz llegó a Petilla desde Agoitz, adonde había recalado con un contrato de Acciona. Una vecina le dijo que el hostal del nobel quedaba libre y allá que se fue, con su familia, pues en el barco ejercía de cocinero. En Semana Santa hará dos años que llegó. Como para los demás hosteleros, para él son duros los cierres y la falta de visitas. «Esto está en un alto. No está de camino a ningún sitio. Tienes que venir a Petilla».
Florentino Aguas es de los que va y viene. El alcalde del enclave se dice «petillano hasta la médula». Vive a caballo entre Iruñea y Petilla. «Esta mañana estaba en Petilla y por la tarde, en Pamplona. Ayer hice lo mismo».
La frontera entre Aragón y Nafarroa solo es porosa para los de Petilla. Nadie más puede cruzar salvo que sea por trabajo. «Te pare la Policía Foral o la Guardia Civil da igual. Les dices que vas a Petilla porque tienes padrón allí y te dejan pasar», explica el alcalde. Eso sí, como el pueblo sigue siendo navarro con todas las de la ley, esto de salir y entrar de la localidad solo lo pueden hacer los petilleses que viven en Nafarroa. Aquellos que se marcharon a otros pueblos de Aragón y a los que les gustaría subir al pueblo los fines de semana no lo pueden hacer, para desgracia del hostal que tanto los necesita.
A pesar de que los vecinos, lógicamente, se desplazan a otras localidades –como el alcalde a Iruñea o Amunarriz que baja con sus hijas a la ikastola de Zangoza – el virus no ha conseguido colarse en el pueblo. Aguas apunta que se han adoptado medidas para que no haga falta salir demasiadas veces y que esto ayuda. «Si necesitas comida, te la traen. Si necesitas medicinas, también».
Además de, lógicamente, el tamaño del Condado de Trebiñu y de Argantzun (que suman 2.000 habitantes entre ambos) existe una diferencia fundamental a la hora de que los ciudadanos de los enclaves se rijan por las normas de la comunidad a la que formalmente pertenecen o a la que les circunda por completo. Ocurre que en Trebiñu les sabe a cuerno que les digan castellanos, mientras que a los petilleses lo que les sabe a cuerno es que duden de que sean navarros. Esto último, casi por obligación, había que preguntarlo. «A todos digo lo mismo. Tenemos los servicios en Navarra. Pagamos los impuestos en Navarra desde hace ocho siglos», afirma el alcalde. La excepción –confiesa– es el médico, que lo tienen en Sos del Rey Católico. Si el caso es grave, los mandan a Iruñea.
Solo en marzo, durante la desescalada, los petilleses tuvieron que regirse por las normas zaragozanas, modulando las restricciones en función de la evolución epidémica de Aragón. «No supuso apenas diferencia, pues el ritmo fue igual», constata el alcalde. El cambio de jurisdicción fue un pequeño paréntesis, de unas pocas semanas, dentro de una larga historia que comenzó en el siglo XIII por los citados 20.000 maravedíes.

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