Adelanto electoral con «accidente laboral»
Tras desmentir la posibilidad del adelanto luego dar pistas en público y a renglón seguido culpar a la oposición de «jugar» con el tema, el lehendakari Urkullu acabó hace un año convocando elecciones para un imposible 5 de abril. Se le cruzó lo que definió como un «accidente laboral» en Zaldibar.
El 28 de enero de 2020 el Consejo de Gobierno de Lakua aprobó la segunda modificación de la Ley de Igualdad, mientras su portavoz, Josu Erkoreka, aseguraba que «cualquier escenario de adelanto electoral puede ser objeto de especulación, pero no está sobre la mesa del Gobierno Vasco». El proyecto entró en el Parlamento el día 31, la Mesa lo admitió a trámite el 4 de febrero, el 7 se publicó en el Boletín de la Cámara, y el 11 decayó porque el día anterior el lehendakari Iñigo Urkullu rubricó para el BOPV «la especulación que no estaba sobre la mesa» y con la que él mismo, el 6 de febrero, había culpado a «la oposición» de «jugar».
Aquel fatídico 6 de febrero Iñigo Urkullu hizo sus declaraciones horas antes de que miles de toneladas del vertedero de Zaldibar se derrumbaran enterrando a Alberto Sololuze y a Joaquín Beltrán, cuyo cuerpo todavía no ha sido rescatado un año después.
El adelanto electoral al 5 de abril con el que el lehendakari bailó la yenka tenía por objetivo hacerse, junto al PSE, con la mayoría absoluta que añoraba para seguir ignorando a la oposición sin más problemas. Después de un aplazamiento, Iñigo Urkullu lo consiguió, aun a costa de convertirse en esta legislatura en el inquilino de Ajuria Enea con menor apoyo en votos populares de lo que va de siglo XXI. Juan José Ibarretxe arrancó el siglo en 2001 con 683.084 papeletas de la suma de PNV-EA y EB. Iñigo Urkullu tiene 472.208 de la coalición PNV y PSE.
También de la convocatoria tuvo la culpa la oposición. Ya está dicho que el 28 de enero, el portavoz Josu Erkoreka hablaba de especulaciones. Sin embargo, apenas una semana después, él mismo informaba de que el lehendakari había consultado al Gabinete sobre la cuestión. De hecho, fue la principal información en el portal web del Gobierno sobre esa rueda de prensa.
Un día después, en el acto de clausura del 30 aniversario de la asociación gitana Kale Dor Kayiko, el lehendakari anunció de que para la convocatoria pensaba en «la horquilla está entre el 5 de abril y el 25 de octubre».
Para convocar las elecciones el 5 de abril, el lehendakari tenía la fecha límite del 10 de febrero para disolver el Parlamento, como finalmente ocurrió. Sin embargo, el 6 de febrero, en declaraciones hechas a la puerta del Parlamento, Iñigo Urkullu, manifestaba que «son otros partidos políticos los que han estado jugando con la posibilidad del adelanto de las elecciones desde el año anterior».
Iñigo Urkullu, que había sido designado candidato a lehendakari el 13 de enero por el EBB, cuando teóricamente no debía haber elecciones hasta octubre, abundaba en su posición negacionista. Culpaba a la oposición de lo que él mismo había provocado, igual que aseguró que no había hablado contra la huelga del metal de Bizkaia (cuando había un vídeo que demostraba lo contrario) o había hablado de que «aprobamos la ley de Vivienda» cuando el PNV votó en contra y el portavoz del Gobierno hizo duras declaraciones sobre su «efecto llamada».
El «clima electoral» se había apoderado de los demás e Iñigo Urkullu se veía obligado a convocar elecciones porque «la dinámica iniciada en el Parlamento Vasco va a hacer muy difícil avanzar en la aprobación de leyes», según aseguró el 10 de febrero en una comparecencia solemne junto a sus consejeras y consejeros. El lehendakari pretendía ocultar así que ese Ejecutivo era en realidad el que menos proyectos de ley había aprobado en su Consejo de Gobierno desde 1981.
En ese mismo escenario y con igual solemnidad, menos de dos meses antes, el 17 de enero, el propio Iñigo Urkullu había asegurado que a su Ejecutivo todavía le quedaba mucho por hacer. Se le preguntó, por tanto, qué había cambiado desde entonces. Y respondió con generalidades contra la oposición, porque lo único cierto es que había conseguido aprobar el presupuesto de 2020 con Elkarrekin Podemos y tenía una oferta de la formación morada para sacar también alguna ley más.
Fueron días confusos, porque la convocatoria se vio arrollada por la catástrofe de Zaldibar. Parece que el Gobierno no calibró bien su trascendencia, porque desde su cuenta oficial de twitter, su portavoz, Josu Erkoreka alardeó aquel fin de semana de su subida a Anboto, a poca distancia en línea recta de un vertedero que literalmente humeaba con dos trabajadores enterrados.
El derrumbe había sido el jueves. El lunes Iñigo Urkullu anunció la convocatoria de elecciones para el 5 de abril. Tras las preguntas de rigor en la rueda de prensa surgió otra:
–«¿En estos días usted no ha sentido la necesidad de ir a Zaldibar donde hay dos personas enterradas en un desprendimiento?»
–«Por las campañas que se hagan en twitter no. (...) Intento deslindar cualquier tipo de presencia que suponga solamente una escenificación. (...) No se trata de estar por estar, se trata de que seamos operativos y eso está desde el jueves».
Una vez más venció la arrogancia. No había habido una mención a los trabajadores enterrados antes ni se pronunció su nombre en ningún momento. Urkullu habló de «accidente laboral» en «una empresa privada», en «un terreno privado».
Después llegaron el covid, el confinamiento, el aplazamiento de las elecciones consensuado aunque de dudosa legalidad... pero eso es otra historia que precisa de su propia reflexión.

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