Controvertido, apasionado, caleidoscópico

Luis de Pablo ha encarnado durante decenios la complejidad del artista inserto en una realidad que nunca le corresponde, que modifica y le modifica; una realidad de la que es espejo y catalizador. Compositor de vanguardia para algunos y modelo de tradición para otros, progresista o conservador, según los sesgos del observador, la riqueza y lo polimórfico de su saber podían ser convulsivos y sobrecogedores.
Su personalidad serena y su proverbial generosidad no escondían una ironía destilada en la intimidad y, aunque el humor inteligente a veces hacía guiños mordaces, la altura de su visión del mundo ha sido, para los que hemos tenido el privilegio de su afecto y de su amistad, un ejemplo. Su vida y su obra son una muestra del artista mutante y camaleónico, enfrentado a crisis constantes que resuelve con la perspectiva de quien mira al pasado y se reencuentra en su memoria.
No cabe duda: la música era umbilical para Luis, desde la zarzuela hasta el cine, desde los contrapuntos esotéricos hasta las tradiciones orales: todo era fuente inagotable, recurso potencial, evento conmovedor. La emoción de cada escucha sentados a su lado era inevitable, cuando la música le poseía con calma, como un torrente del que era demiurgo. Los que le hemos querido lloramos hoy pero encontramos refugio en la riqueza de su imaginación, en su versatilidad, en su constancia y en su ser creador.

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