El año 2021 pasará a la historia como el de la vacunación para hacer frente a la mayor pandemia planetaria del último siglo. En tiempo récord se alcanzaron antídotos para contrarrestar las consecuencias más graves de la covid-19. Pero no todo fueron luces. La gestión hizo agua en la especulación de intereses políticos, económicos e ideológicos, y puso aún más de manifiesto la enorme brecha que divide el mundo entre países ricos y pobres.
En Euskal Herria se constató una vez más que la división administrativa sometía a un mismo pueblo a decisiones dispares, descoordinadas y hasta contradictorias, sin capacidad para decidir una pauta común. La pandemia sacó a la luz la arrogancia de los gobernantes y la fragilidad de la red sanitaria, sostenida por profesionales exhaustos y sin recursos humanos suficientes.
Las consecuencias de la pandemia no se limitaron a la salud; dejaron pretextos para el expolio económico de las clases más desfavorecidas, un reguero de desolación en el ámbito de la producción cultural y serias expresiones de agotamiento en la salud mental.
No fueron tiempos para la lírica. Tampoco en el ámbito político, donde la obcecación de las fuerzas nostálgicas intentaron impedir o davaluar los avances en la convivencia y la resolución democrática de los conflictos.
Ni en el internacional, en un mundo multipolar, donde volvían al escenario fenómenos como el de los talibanes, se reprimían migraciones o se abría a final de año la posibilidad de una confrontación bélica en territorio europeo.

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