NAIZ

El relato más minucioso del proceso que condujo al desarme de ETA

Con motivo de su quinto aniversario, NAIZ ofrece un capítulo del libro ‘El Desarme. La vía vasca’, de Iñaki Egaña.

Portada del libro ‘El desarme. La vía vasca’.
Portada del libro ‘El desarme. La vía vasca’.

“8 de abril, el día señalado” es el título del capítulo del libro sobre el desarme editado conjuntamente por GARA y Txalaparta que hoy publicamos en su mayor parte. “El desarme. La vía vasca”, escrito por Iñaki Egaña en colaboración con periodistas de varios medios, es la obra que con mayor número de datos, documentos y testimonios aborda, no solo el de desarme, sino el proceso que llevó a ETA a abandonar la lucha arma en 2011 y encaminar su final como organización, lo que se produjo en 2018.

En el capítulo que reproducimos a continuación se recogen los pormenores de aquel histórico 8 de abril de 2017:

Durante centenares de años, Baiona fue la capital pirata del Cantábrico por excelencia. En alguna ocasión, quizás compitió con Donibane Lohizune. Ahora, en cambio, lo hace con Biarritz en el deporte local con mayor número de seguidores, el rugby. La capital de Lapurdi se acerca al mar pero no lo abraza, sino que se recuesta entre el Adur y el Errobi. Sus edificios antiguos tienen un encanto especial, y en su parte vieja compiten tabernas alternativas con tiendas de grandes marcas internacionales. Sus habitantes no llegan a los 50.000, tienen fama de gente amable y abierta, como suelen serlo los vecinos de las poblaciones costeras. Entre 1960 y 2017, Baiona ha estado presente en las distintas fases del conflicto político y su alcalde Jean-René Etchegaray quiere ponerlo en valor.

Desde 1960, Baiona alberga al Primer Regimiento de Paracaidistas de Infantería de Marina (1RPIM) del Ejército francés. Fuerzas de intervención rápida que se estrenaron en la guerra de Indochina. Son, junto a la SAS británica, Delta norteamericana y KSK alemana, las fuerzas de élite de la OTAN. Una ciudad militarizada. Pero también, aunque a otro nivel más modesto, Baiona sería una ciudad para la concordia, una capital de la paz como lo fue Donostia en octubre de 2011. En la capital de Lapurdi ETA se iba a convertir en «organización desarmada».

Hubo un dato que se escapó a los organizadores. Un 8 de abril, en esta ocasión de 1962, el pueblo francés votó el refrendo a las negociaciones de Évian por las que Argelia se constituiría en estado independiente. Lo hizo a favor, de forma aplastante, un 90,7%. Algunos de aquellos que se opusieron a los acuerdos de Évian y al referéndum del 8 de abril sirvieron de sustento a los grupos paramilitares españoles que tomaron nombres como BVE, Triple A o GAL. Y en Baiona cometieron la mayoría de sus crímenes.

La fecha señalada llegaba cargada de actividades, dentro de ese respeto que había pedido Cazeneuve al estado de derecho. La separación entre la movilización ciudadana y la técnica estaba asegurada, con dos partes muy diferenciadas, así como de la institucional. Todo estaba preparado para que sucediera hasta el mínimo detalle, pero siempre sobrevolaban las dudas de alguna posible injerencia, por muy pequeña que fuera. Berhokoirigoin ya había señalado la víspera en unas declaraciones a Euskadi Irratia que «nos movemos en una zona gris, siempre hay riesgos».

Estas dudas llegaban desde los medios de España. Los tres más agresivos fueron “El Mundo” que colgaba en portada el titular de «La última farsa de ETA», “La Razón”, el de «simulacro de desarme» y “El Correo”, «ETA oficializa hoy su rendición». “La Vanguardia”, como acostumbra, fue más prudente: «ETA escenifica hoy la entrega de armas con un acto político en Francia», y “El Periódico” le siguió en términos similares: «ETA culmina hoy en Francia un desarme bilateral». Ni “Abc” ni “El País” llevaron a portada el desarme previsto.

Más de 300 periodistas de todo el planeta, si bien la mayoría europeos, se acreditaron en Baiona para el 8 de abril. Los actos comenzaron en el Ayuntamiento de la capital y fueron descritos en el informativo de la BBC inglesa con este inicio: «En una elegante sala de techo alto, cinco personas se sentaron alrededor de una mesa mientras la luz de la mañana se filtraba entre las cortinas. El alcalde de Baiona Jean-René Etchegaray les dio la bienvenida a un ‘momento que todos hemos estado esperando’. Después de unos cuantos discursos, el ecologista vasco francés Txetx Etcheverry se acercó a la mesa con un voluminoso archivo negro. Desde donde me senté, pude ver que incluía fotografías, así como texto».

El protocolo del desarme comenzó con la entrega del dossier sobre los ocho depósitos que ETA había preparado, en algún caso, especialmente para la ocasión. En una sala de la Casa Consistorial se reunieron, a puerta cerrada, Txetx Etcheverry, en nombre de los artesanos, el puente entre ETA y la sociedad civil, Ram Manikkalingam, en nombre de la Comisión Internacional de Verificación, los sacerdotes Matteo Zuppi y Harold Good, como fedatarios, y Jean-René Etchegaray, presidente de la Mancomunidad Vasca, alcalde de Baiona y máximo representante institucional.

El nombre del arzobispo Mateo Zuppi saltaba a los medios por vez primera. Pero su relación tanto con el proceso de paz como con la mediación en otros conflictos venía de lejos. La Iglesia vasca apuntó que su trabajo en la mediación del conflicto y la consecución de la paz había comenzado ya en 1996. Miguel María Unzueta, el vicario de la diócesis de Bizkaia que había asistido a los primeros encuentros con la CIV en 2011, dio varias conferencias entre las comunidades católicas vascas en el verano de 2017 explicando cómo se había desarrollado todo el proceso, hasta llegar al desarme.

Zuppi era el embajador de la Comunidad San Egidio, ubicada en el barrio de Trastevere en Roma y bajo la disciplina del Vaticano. Era la herramienta de la Iglesia católica para mediar en conflictos armados de manera discreta, sin el compromiso de hacerlo de forma obvia. En numerosas ocasiones, la prensa los había calificado como «artesanos de la paz» y recibían el calificativo de la «ONU de Trastevere» o, según Wikipedia, el de «diplomacia paralela del Vaticano».

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Zuppi contactó durante esas jornadas con varios protagonistas y apuró hasta el último momento las gestiones. Fue el último en sumarse al coro de voces que avalarían el acto del día 8, ya que llegó en avión a Biarritz instantes antes de que comenzasen a producirse los acontecimientos. Un hecho que elevó el nerviosismo de los actores. Zuppi, a pesar de lo dicho con posterioridad, representaba a la Iglesia católica. Y esa representación provocó el malestar del obispo de la diócesis de Donostia, José Ignacio Munilla, que se quejó públicamente.

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Unos días antes, como ya habían filtrado a la prensa, Iñigo Urkullu y Uxue Barkos, presidentes de los gobiernos de la Comunidad Autónoma Vasca y de la Foral Navarra, rechazaron la oferta para participar en los actos protocolarios al no estar de acuerdo con el diseño de la jornada.

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El dossier pasó de mano en mano hasta su destinatario previsto, Ram Manikkalingam. Por razones de seguridad, se introdujo en un coche con los cristales tintados y uno de sus colaboradores, también por las mismas razones y, sobre todo para evitar a la prensa, se dirigió a la fiscalía de Baiona. Eran aproximadamente las 8:30 de la mañana. El camino estaba despejado porque la policía había acordonado la zona para impedir cualquier incidente.

El fiscal de Baiona era el antiguo enlace entre los juzgados “antiterroristas” de París y Madrid, el gallego pero nacionalizado francés Samuel Vuelta-Simon. Ejercieron de testigos toda la plana mayor policial que precisamente había preparado el operativo de Luhuso de diciembre pasado: Marc Mariée, adjunto a Vuelta-Simon; Philipe Chadrys, el comisario jefe de la SDAT; François Bodin, director interregional de la Policía Judicial de Burdeos, y el comisario jefe de la Policía Judicial de Baiona. El protocolo fue respetado. La Policía tenía cuatro subdirecciones, una de ellas, la “antiterrorista”, que a su vez tenía una subdivisión para la represión del “terrorismo separatista”. De los doce servicios de la judicial, el más cercano a Baiona era el de Burdeos y de ahí su presencia.

Con el dossier en su mano y siguiendo estrictamente el protocolo, Vuelta-Simon hizo una llamada al fiscal general de París, François Molins. En el informe iban anotados los puntos para la localización de los zulos, así como un inventario de lo que se encontraba en cada uno de ellos. A partir de ahí, se activaba el desplazamiento de los agentes de la Policía y del servicio de artificieros, «desminadores» en terminología oficial francesa. Entonces empezaba una de las numerosas originalidades del procedimiento. La presencia en cada ubicación de un grupo de observadores, voluntarios de los artesanos de la paz.

Jean-René Etchegaray recuerda con emoción esos instantes: «Llegué a las 7 de la mañana para asegurarme de que todo iría bien. Todo obedecía a un guion. Hasta el final, uno podría temer que algo no fuera bien. No oculto que estaba tenso, sí. Jugué a la grande. ¿Mis electores me eligieron para esto? Mi conciencia me llevó a hacer cosas bajo ciertas circunstancias y considerar que mi papel en este momento era poner a disposición el Ayuntamiento. No me arrepiento. Tenía confianza en las personas con las que trabajé».

La prensa, los medios de comunicación, según el acuerdo previo, en ninguno de los casos deberían llegar antes que la Policía, aunque esta fue una de las últimas condiciones negociadas. La víspera, decenas de periodistas habían sido convocados a primera hora de la mañana en un parking de Baiona y en otro punto cerca de Senpere para ser trasladados a los zulos. Pero a última hora la convocatoria fue anulada por los propios convocantes, los artesanos. Este hecho, sin duda, sugiere que las negociaciones entre Estado y artesanos para que la jornada discurriera sin sobresaltos se prolongó hasta horas antes del día elegido para el desarme.

Mientras las compañías de Policía ya acantonadas y preparadas para llegar a cada zulo se ponían en marcha, una serie de actividades se celebraron en Baiona como broche a todo el proceso. A las 10:30 y organizado por Bake Bidea, se proyectó en el cine Atalante el documental de Thomas Lacoste, un joven director de Burdeos, “La paz ahora, una exigencia popular”, en versión original en francés con subtítulos en castellano, euskara e inglés.

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También a las 10:30, en Euskal Museoa, Michel Tubiana y Mixel Berhokoirigoin anunciaron que los puntos de transferencia de las armas eran ocho y que la Comisión de Verificación tenía ya en sus manos la ubicación exacta de cada uno de ellos. Un par de horas más tarde, la prensa recibía información sobre la localización exacta de los zulos, pero además fotografías de los grupos participantes, lista de personalidades que habían tomado parte en la operación y el listado del material en cada depósito.

El debate en la sala Atalante estaba en pleno apogeo cuando los policías comenzaron a llegar a los puntos de ubicación. Todos ellos no demasiado alejados de Baiona. En concreto, cinco en las localidades de Audaux, Viellenave de Navarrenx, Maslacq, Carresse-Cassaber y Araujuzon. Tres depósitos se encontraban, sin embargo, en lindes o sobre suelo vasco: uno entre la localidad zuberotarra de Etxarri y la bearnesa de Espiute, otro entre Barkoxe y la bearnesa de Aramitze, y el último en Senpere. Siete zulos en total, más el recuadro marcado con las armas y explosivos de Senpere, depositado horas antes en la zona del mítico lago.

Audaux era una pequeña población cercana a Gurs, el campo de concentración que tras la guerra civil había alojado a más de 6.000 vascos, algunos de ellos enterrados en su cementerio. A 80 kilómetros de Baiona. Viellenave de Navarrenx, con un poco más de un centenar de habitantes, estaba más cerca de Gurs que la anterior, en la misma área boscosa. Araujuzon era el tercer elemento y zulo de este pequeño triángulo que se podía recorrer a pie, con media hora de trayecto entre cada uno de sus vértices.

A 19 kilómetros de estas tres localidades se encontraba Maslacq, donde se había ubicado el cuarto zulo, cerca de la carretera general que surcaba la falda pirenaica hasta Tarbes. Apenas a poco más de 50 kilómetros de Baiona surgía el quinto de los zulos, en Carresse-Cassaber, lejos relativamente del área de los anteriores, en el cantón de Navarrenx los primeros, en el de Orthez el último.

De los tres zulos en suelo vasco, el que más expectación causó fue el de Senpere, junto al lago en el que desde 1984 se celebra el Herri Urrats, la fiesta de las ikastolas de Ipar Euskal Herria agrupadas en Seaska. Cuando apareció la fotografía del lugar, fue reconocido de inmediato por muchos participantes en la fiesta anual. El desconocimiento de su gestación llevó a algún medio a afirmar el peligro de un zulo en un lugar tan frecuentado. La realidad, sin embargo, era más sencilla. Su ubicación había sido señalada apresuradamente, con inventario provisional, aunque fiable. El traslado del material y su colocación en el lugar se había realizado apenas unas horas antes, lo que llevó a colegir que se trataba de material que se encontraba guardado en casas.

El depósito fugaz de Senpere fue el más complicado técnicamente, al tener que trasladarse material posiblemente desde diferentes puntos. La solución llegó con este octavo lugar. Pero mover armas en una zona tan transitada era una complicación anexa. Así que los artesanos y ETA convinieron en que se hiciera esa misma madrugada del 7 al 8 de abril, cuando los movimientos de vehículos fueran asociados con el transporte de los voluntarios que se acercaban a los zulos para certificar su ubicación, a fin de no levantar sospechas. Decenas de coches circulaban esas primeras horas de la mañana con artesanos y no se veía ni a un solo policía en las carreteras. La jornada había comenzado dentro de lo previsto, en la mejor de sus versiones. Los voluntarios que llegaron al espacio junto al lago se encontraron con todo dispuesto.

Por eso y aunque se ha tratado informativamente como si fuera un zulo, en realidad, no hubo tierra desplazada, ni movida. No hubo agujero. Las armas y explosivos fueron expuestos sobre la tierra, con el único resguardo de unas bolsas negras que recubrieron las cajas. Senpere fue una de las dos excepciones a un proceso de sellado que había comenzado en enero de 2014. La otra excepción fue el zulo de Araujuzon. Por razones técnicas, ETA no había acudido hacía tiempo a ese depósito, ni había hecho su inventario y precinto. Lo pasó directamente a la fase de desarme después de Luhuso, y para ello entregó el inventario que tenía previamente en sus archivos.

Como dato anecdótico, cuando el fiscal de Baiona Vuelta-Simon, siguiendo el protocolo, envió los informes entregados por la CIV a la Fiscalía de la República en París, tomó su coche y se dirigió, probablemente por curiosidad, hasta el lago de Senpere, donde siguió las tareas de vaciado del depósito que protagonizó la Policía.

En este lugar, según hizo llegar ETA a los artesanos esas mismas horas, fueron depositados diversos componentes químicos para la confección de explosivos, detonadores… y 15 kilogramos de pentrita, 36 revólveres, seis pistolas, seis fusiles, tres granadas y más de 1.500 balas de diverso calibre.

Esta fue una de la razones, la única técnica, que valoraron los artesanos para no acceder a la petición de Jonan Fernández de cambiar, como pretendía el Ejecutivo de Gasteiz, el formato y el día del desarme, adelantándolo unos días, para que no coincidiera con el acto popular y fuera más dificultosa también la presencia de voluntarios. Las comunicaciones entre los artesanos y ETA, por razones obvias de seguridad, eran muy complicadas y el cambio de fecha, una vez anunciado, técnicamente imposible.

En total, 172 voluntarios se implicaron personal y directamente en dichas operaciones. Cada zulo tuvo un responsable que había recibido instrucciones muy precisas de qué hacer en cada instante y de cómo proceder ante las contingencias posibles. La Policía había recibido el número de teléfono de cada responsable, así como su nombre, para facilitar la llegada. En una ocasión, los policías tuvieron que llamar al número del teléfono móvil del responsable de uno de los zulos porque, a pesar de tener las coordenadas, fueron incapaces de encontrarlo. El responsable bajó del bosque al pueblo donde le esperaba la Policía y les condujo hasta el zulo.

Entre las personalidades que se calzaron las botas para adentrarse en los bosques con el fin de atestiguar la existencia del armamento, se encontraban el europarlamentario verde José Bové, la diputada socialista Sylviane Alaux, el secretario general del sindicato CFDT-Pays Basque Michel Larralde, la escritora Marie Cosnay, la vicepresidenta de CDDHPB Anne-Marie Michaud, los exalcaldes Battit Sallaberry (Hendaia) y Paul Badiola (Donibane Lohizune), la consejera regional Alice Leiziagezahar, el expresidente de Emmaus-France Franz Valli, el expresidente de los hosteleros de Baiona Xina Dulong y el sindicalista de ELB Panpi Sainte-Marie.

Sirva como modelo el relato que de su experiencia hicieron en “Gara” Anne Duhour y Dominique Duhalde, «que residen en dos localidades labortanas bastante cercanas. La primera en Hazparne, donde vive desde que hace unos años se instalara proveniente de Lille, y el segundo en Lekuine, municipio del que fue concejal. Los dos coincidieron ayer en la iniciativa de desarme de ETA organizada por los artesanos de la paz. Concretamente a ellos les ‘tocó’ ir a Maslacq, un pequeño pueblo bearnés, a pocos kilómetros de Orthez. ‘En nuestro grupo hemos participado en total unas veinte personas. Una de ellas tenía fotos precisas del lugar que había que balizar, con piquetes y cinta de plástico rojo y blanco alrededor. Y luego con pintura fosforescente se ha marcado la ubicación de barriles o cisternas. Todo estaba bien organizado y el trabajo ha sido muy fácil’, contaron».

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La diputada socialista Sylvian Alaux, una de las voluntarias, relata su experiencia: «Para mí fue un compromiso muy meditado y no palabras en el aire. No sabíamos exactamente cómo iba a desarrollarse pero constaté que estaba organizado al milímetro. Unas personas me recogieron muy temprano el sábado por la mañana. Cuando llegué al sitio del desarme, en Senpere, ¡había que ver las caras de sorpresa que pusieron los que ya estaban allí! Cuando llegó la Policía y nos pidió identificarnos, algunos jóvenes no querían hacerlo. Me preguntaron si yo iba a identificarme y contesté que por supuesto, estaba allí y no me iba a esconder. Temíamos que hubiera detenciones porque momentos antes yo había oído a los policías decir que si alguien se negaba a identificarse se lo llevaban. Les dije a los que estaban a mi lado que, si empezaban a hacerlo, nos agarraríamos todos de la mano y que nos llevaran a todos. Cuando el policía me pidió mis datos y mi profesión y le dije que era diputada, ¡la cara que puso!».

Jakes Bortayrou, veterano militante abertzale y representante de Euskal Herria Bai, escribió en “Enbata” sobre una experiencia que resultó muy paradójica: «A decir verdad, en pocas ocasiones se viven momentos de tantos retos políticos y tantas emociones contradictorias. Por ejemplo, la relación tan curiosa que han tenido con la Policía las personas que han observado los zulos, nada habitual. Durante décadas, numerosos ciudadanos vascos han sufrido la arrogancia, las amenazas, el desprecio y las actitudes violentas en operaciones policiales por parte de agentes armados hasta los dientes y con los rostros cubiertos. El día 8 hubo momentos surrealistas: con la arrogancia guardada en los bolsillos, con disposición o sin ella, los policías tienen que mostrar respeto, trato digno, conversación normal, responder a las preguntas de los militantes, describir cada bidón descubierto y explicar las operaciones de desactivación de explosivos. ¿Un pequeño momento de humillación para ellos? ¡Para los militantes, seguro que un pequeño momento de placer!».

No hubo incidentes y la jornada se desarrolló con una normalidad impresionante. Algún medio habló de milagro, pero no lo fue tanto. En la trasera de toda esa puesta en escena se había trabajado hasta el último detalle. La jornada técnica la fueron completando los artificieros de la Policía francesa que fueron explotando en cada lugar los explosivos guardados. Con posterioridad enviarían un vídeo de las explosiones a los artesanos.

A las tres de la tarde, en medio de un calor que a veces se hizo insoportable, frente a 20.000 personas llegadas de todos los rincones de Euskal Herria y también desde otros puntos, daba comienzo al acto de la sociedad civil. ETA ya era una organización desarmada, pero en ese 8 de abril se había visualizado de una manera original: 3,5 toneladas de armamento, la mayoría sellado e inventariado en los años anteriores, había dejado de tener valor operativo. Susan George en inglés, Estitxu Eizagirre en euskara, Louis Joinet en francés y Fernando Armendariz en castellano leyeron el que sería histórico Manifiesto de Baiona, la aventura vasca hacia la paz.

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