
El sol ha sido un infierno. No hay Dios que pare por mucho que se riegue por dentro y por fuera. Esta tarde corrían los cebadas en pos del capote, lo que siempre atrae a algún aficionado más que se cuela entre los fieles del pimple y la merendola. Por una vez y sin crear precedente, alguno se hubiera superado el lógico repelús y habría caminado hasta un asiento en Sombra.
Aprieta tanto el sol que a la que se entraba en la plaza ofrecían las entradas a diez euros. Es habitual recibir ofertas de reventas de camino a la plaza, y más pasado ya el fin de semana. Pero los golpes de Lorenzo tiraban las papeletas a la baja.
Los fieles del Sol (del Tendido, se sobreentiende) empiezan a peinar cada vez más canas o ya no peinan nada. Y alguno de los de abono empezaba a sudar viendo la que se le viene encima. Van a ser cuatro días de tueste y se va a hacer duro.
Había que armarse, pues, para soportar la tórrida corrida. La gente ha optado por la pistola (de agua, claro) para emprenderla con sus vecinos. El abanico no le va a la zaga como producto estrella. Lo de los gorros de todo tipo ya viene de serie. Es sabido que lo de las pamelas en las carreras de Ascot lo importaron de aquí.
Tras dos primeros toros con la gente como lagartijas, superada absolutamente por el calor, la muchedumbre y el txarangueo se ha venido arriba a ritmo de clásicos. Que si ‘No hay tregua’, que si ‘Sigo siendo el Rey’, que si la ‘Chica yeyé’. Una vez más, han revivido.
Y, en estas que han ido pasando los toros y los toreros. Una oreja han cortado al último.

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