Mikel Insausti
Crítico cinematográfico

La niñez y la adolescencia silenciadas

TORI Y LOKITA
Bélgica-Estado francés. 2022. 88’ Tit. Orig.: ‘Tori et Lokita’. Dtor. y guion: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne.  Prod.: Jean-Pierre Dardenne, Luc Dardenne, Delphine Thomson y Denis Freyd. Int.: Pablo Schils, Joely Mbundu, Alban Ukaj, Charlotte De Bruyne, Marc Zinga.

Luc Dardenne, Pablo Schils, Joely Mbundu y Jean-Pierre Dardenne.
Luc Dardenne, Pablo Schils, Joely Mbundu y Jean-Pierre Dardenne. (NAIZ)

Cuando los hermanos Dardenne acuden al festival de Cannes, están acostumbrados a ir acompañados de actores y actrices que nadie conoce, porque no suelen ser profesionales. Y así en la foto les vemos acompañados de Pablo Schils y Joely Mbundu, que protagonizan su doceavo largometraje de ficción, por el que recibieron allí el Premio del 75 aniversario.

En sus vitrinas ya tenían dos Palmas de Oro por ‘Rosetta’ (1999) y ‘El niño’ (2005), películas directamente emparentadas con ‘Tori y Lokita’ (2022), gracias a la honestidad con que Jean-Pierre y Luc tratan a sus personajes, sacados siempre de la realidad más deprimida. El termino ‘visibilizar’, que tan en boga está, lo inventaron de alguna manera ellos, porque en su nuevo largometraje vuelven a hablar de gentes silenciadas e ignoradas, que permanecen escondidas a los ojos de la sociedad.

Tori es un niño de once años y Lokita una adolescente de dieciseis, que entraron juntos en Bélgica desde sus respectivos países africanos. Para protegerse y evitar la deportación se hacen pasar por hermanos, pero les será muy difícil cuidarse el uno del otro en medio de los ataques constantes que reciben en ese territorio hostil tanto por parte de la administración como de las mafias que explotan a los ilegales. El pequeño va camino de convertirse en un aprendiz de traficante, a pesar de los esfuerzos de su amiga, que trata de capacitarse para el servicio doméstico y poder disponer de un trabajo que les permita a ambos mantenerse.

Sin embargo, Lokita es engañada por un mafioso que quiere abusar de ella, sometiéndola a chantajes que conllevan el pago con sexo. A todo ello se suman las deudas y los interrogatorios en los servicios de extranjería, puea la burocracia duda de la verdadera identidad de la chica. Apenas una mirada o una canción les procuran consuelo, y el grito final sirve de alegato.