Alessandro Ruta

Se retira Andy Murray, el escocés que salvó la corona del tenis inglés

Después de una larga carrera culminada con la última participación en los Juegos de París en la prueba de dobles, el tenista se ha retirado con 37 años. Ha sido el símbolo inevitable de una nación en busca de un héroe.

Murray se despide en su último partido, en París, exhausto tras una carrera dura.
Murray se despide en su último partido, en París, exhausto tras una carrera dura. (Carl de Souza | AFP)

«I played tennis», esto es lo que se puede leer ahora en los perfiles de las redes sociales de Andy Murray: «Jugué a ténis». A partir de este viernes, el hombre de Glasgow es oficialmente un ex: atleta, tenista, y de alguna manera embajador deportivo del Reino Unido.

La sensación de alivio en la cara de Murray, después de haber perdido en los cuartos de final del torneo de doble masculino junto con Dan Evans contra los estadounidenses Paul y Fritz, resultó evidentísima: era el punto final de una carrera excelente que ha acabado con un via crucis de lesiones y operaciones, un calvario que ha acercado mucho al escocés al público neutral.

Por encima de ello Andy ha sido el símbolo de una era no solamente del tenis, sino también política y social.

Murray, oro olímpico «en casa»

La obsesión de los ingleses por el tenis se acerca a la que mantienen hacia el fútbol: creen haber inventado o perfeccionado ambos deportes, pero luego los trofeos obtenidos han sido escasos. Con la raqueta en la mano ha sido difícil encontrar alguien que pudiese ganar no ya grandes campeonatos, sino sobre todo Wimbledon, ‘El Torneo’, ‘The Championship’. Decepcionada con el pobre Tim Henman, cuatro veces semifinalista sobre la hierba de Londres desde los 90, Inglaterra no encontraba la solución.

Murray no perdía ocasión de apuntar que no apoyaba a la selección inglesa de fútbol, pero el público de Londres lo vio de otra forma con el punto de inflexión de los Juegos de 2012; pasó a ídolo inmediatamente

 

Hasta que apareció Andy Murray, en torno a 2005. Con un pequeño problema respecto a Henman; este era 100% inglés, pero Murray es escocés. Nada grave en su perspectiva, pero al mismo tiempo un detalle imposible de ocultar. Y otro problema: Andy era bueno, peleón, un poco irregular quizás, pero tuvo que caer justo en la época de los dos que estaban marcando el post-2000 en el tenis: Roger Federer y Rafa Nadal.

Murray no perdía la ocasión de lanzar alguna frase que hacía dudar de su compromiso con el Reino Unido, por ejemplo al afirmar que no apoyaba a la selección inglesa en las competiciones futbolísticas. Tapar estos pequeños conflictos diplomáticos fue en un momento dado más importante para Londres que alabar resultados, buenos pero no sobresalientes, de Andy. Pero el tema tuvo su punto de inflexión en el evento más británico organizado en las últimas décadas: los Juegos Olímpicos de Londres en 2012.

Allí, bajo la mayor presión del mundo, Murray ganó el torneo derrotando en la final ni más ni menos que a Roger Federer, en los campos de Wimbledon. Oro en casa, bajo la bandera del Reino Unido, e ídolo de inmediato para el público inglés.

Una mujer como entrenador

Con aquella victoria Andy se descorchó a sí mismo. Logró enseguida el título en el Abierto de Estados Unidos en setiembre de 2012 y en 2013 finalmente ganó Wimbledon. Fue más que una victoria en la pista porque un tenista británico no ganaba en Londres desde 1936 cuando Fred Perry (el de las polo como René Lacoste) levantó el trofeo. Un Perry que, por supuesto, era 100% inglés.

Cuando se gana, de golpe y porrazo los detalles molestos desaparecen. Murray, jugador muy sólido y completo, con su gorra blanca por encima del pelo rizado, se ganó las simpatías de muchos. Y más aún más tarde al elegir, un caso único en la historia del tenis masculino, a una mujer como entrenador: Amélie Mauresmo, francesa ganadora de Wimbledon, símbolo de elegancia, una de las últimas portadoras de la antorcha en París.

Con ella en el banquillo Murray cambió su estilo y logró su segundo Wimbledon en 2016, además de otra medalla de oro en los Juegos Olímpicos, en Río de Janeiro. Murray tenía por aquel entonces 29 años solamente, pero el cuerpo empezó a resentirse y sus resultados fueron de capa caída. Sobre todo las caderas, la parte más estimulada en general para un tenista, empezó a atormentar al escocés, que ya con el movimiento del servicio replegaba mucho esa zona.

Cuando había llegado al ‘Big 4’ con Djokovic, Nadal y Federer empezó el calvario con la cadera. Murray ha acabado exhausto, no podía más

 

Se puede decir tranquilamente que la carrera de Andy en su nivel más alto, cuando integraba el club de los ‘Big 4’ con Novak Djokovic –se habían añadido a Federer y Nadal– acabó en 2016. A partir de ahí, sufrimientos atroces para volver, nuevas caídas, una imagen pública que daba la impresión tangible del dolor cuando jugaba...
Una larguísima agonía que ha terminado en estos Juegos de París, donde ha tenido que retirarse del torneo del singular para conformarse con el doble. Ni tan mal, pero es que con 37 años Andy Murray simplemente no podía más.

Ha sido, de todas formas, un tenista importantísimo de las últimas generaciones por su manera de vivir este deporte cada vez más agotador, con los problemas físicos convertidos en el auténtico día a día. Revolucionario no, alternativo sí, capaz de «salvar la corona» inglesa del tenis a pesar de ser escocés. «Al final no me gustaba mucho jugar», ha sido su último mensaje sobre su deporte, una obsesión, como lo es para los británicos en general.