
«¿Has visto las imágenes de Caracas? Es insólito. No pensé que alguna vez vería algo así, a esta altura. Me cuesta creerlo», comenta Pedro, un ingeniero chileno que reside en Madrid, mientras mira la pantalla de la CNN, con aviones de la Fuera Aérea estadounidense lanzando misiles mientras secuestraba y sacaba ilegalmente del país a Nicolás Maduro.
Pedro está atónito, como la mayoría de los sudamericanos. A diferencia de los europeos, que tienen en su lado oriental una guerra latente hace casi cuatro años y que vieron bombardeos brutales entre diferentes países en los Balcanes hace un cuarto de siglo (con genocidio incluido a manos de Milosevic), los habitantes de Sudamérica han vivido tan solo dos guerras convencionales en su continente en los últimos 160 años: la de las islas Malvinas (que además era contra un país lejano) y la del Cenepa en 1995 (unas breves hostilidades por un conflicto territorial entre Perú y Ecuador).
Pero Sudamérica (que tiene 31 veces el tamaño del Estado francés pero está dividido en 13 estados y 442 millones de habitantes) tiene una peculiaridad: registra mucha violencia urbana, narco o paramilitar en algunas zonas determinadas pero es mucho más libre de conflictos militares tradicionales que Europa, Asia o África.
De hecho, la última vez que una capital sudamericana había sido bombardeada desde el aire y recibido un ataque con aviones militares fue en 1973, cuando el general Augusto Pinochet decidió poner fin al gobierno democrático de Salvador Allende, con la complicidad explícita de Washington y el trabajo de la CIA en territorio, según comprobaron archivos desclasificados muchos años después.
Las imágenes de archivo de aquel trágico 11 de septiembre chileno muestran aviones en plena insurrección bombardeando el Palacio de La Moneda e inaugurando una larga noche de dictadura militar. Imágenes similares a las de Buenos Aires en 1955, cuando un sector de la Marina se insubordinó a Juan Perón y lanzó bombas en la Casa Rosada y la Plaza de Mayo.
Sí, ha habido en el último medio siglo muchas ciudades sudamericanas que han sufrido bombas estruendosas que masacraron civiles, incluso en capitales como Bogotá (a manos del grupo narcoterrorista de Pablo Escobar o de las FARC y ELN) o en Buenos Aires en 1992 y 1994, con trágicas detonaciones de la organización armada Hezbollah (según sentenciaron los tribunales argentinos) a sedes del colectivo judío local. La brasileña São Paulo, que no es capital pero es la gran megalópolis continental, ha sufrido sucesos similares con el grupo criminal PCC (Primeiro Comando da Capital).
Pero han tenido que pasar 52 años y medio para que un continente gigantesco vuelva a tener sobre una de sus capitales un ataque aéreo militar. Para más inri, ha sido de una enorme envergadura y de un país que no comparte fronteras: 150 aeronaves de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos que operaron mientras un grupo de la Delta Force secuestraba al presidente Nicolás Maduro y a su esposa para llevarlo fuera del país.
Donald Trump ha decidido así fulminar un récord de más de medio siglo que solo ostentaban Sudamérica y Oceanía (si contamos como un ataque aéreo los atentados terroristas a Nueva York y Washington el 11 de septiembre de 2001), y que además, lo hace no en acto de defensa propia sino en una ofensiva imperialista y que vulnera todo el derecho internacional.
El líder de la ultraderecha estadounidense y global retoma de una forma nítidamente bélica la directriz de política exterior conocida como ‘doctrina Monroe’, diseñada por el presidente homónimo que reclamaba en 1823 que América era para los estadounidenses, su ‘patio trasero’ de influencia en el que las potencias no debían inmiscuirse ni pensar en nuevas colonizaciones. Se han roto décadas sin ataques de fuerzas militares extranjeras en un continente cuya población está acostumbrada a muchas cosas, algunas terribles, pero no a ésta.
De hecho, la política exterior ‘Monroe’, que ha estado siempre vigente aunque con matices e intensidades distintas en estos dos siglos, lleva a otro hito: la invasión en 1989 a Panamá, impulsada por el entonces presidente George Bush (padre) para asegurarse el control del estratégico Canal de Panamá frente el inestable dictador Manuel Noriega, exasesor de la CIA que había liderado el golpe contra un gobierno democrático meses antes.
La ‘Operación Causa Justa’ fue la mayor ofensiva estadounidense desde Vietnam y el 19 de diciembre de 1989, una avalancha de cazas tomaban el cielo de la capital panameña por asalto y la bombardeaban, además de invadir el país entrando por sus playas y secuestrar a Noriega. Si no fuera por este hecho, se podría decir que el récord roto el sábado pasado en Caracas incluye a toda Latinoamérica. Otra mancha negra de autoría imperial en la región.

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