
El calentamiento global y la crisis climática ligada al mismo están provocando cambios medioambientales abruptos, desde el colapso de capas de hielo que se creía perpetuo y el derretimiento del permafrost, a la extinción masiva de arrecifes de coral y la degradación de bosques y selvas, pasando por la alteración de la circulación oceánica del Atlántico Norte (AMOC), cambios en algunos casos ya irreversibles que atañen también a la situación hídrica en el planeta.
Así lo advierte el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-Inweh) en un informe publicado hace unos días donde se pide «un replanteamiento fundamental de la agenda mundial del agua, ya que los daños irreversibles han llevado a muchas cuencas a un punto sin retorno».
Kaveh Madani, director de ese Instituto, conocido como «el think tank de las Naciones Unidas sobre el agua», indicó en la presentación que este trabajo «revela una verdad incómoda: muchas regiones están viviendo por encima de sus posibilidades hidrológicas y muchos sistemas hídricos críticos ya están en quiebra».
Explicado en términos financieros, el informe afirma que muchas sociedades no solo han gastado en exceso sus «ingresos» anuales renovables de agua procedentes de ríos, suelos y capas de nieve, sino que también han agotado sus «ahorros» a largo plazo en acuíferos, glaciares, humedales y otros depósitos naturales.
Esto ha dado lugar a una lista cada vez mayor de acuíferos compactados, terrenos hundidos en deltas y ciudades costeras, lagos y humedales desaparecidos y a una pérdida irreversible de biodiversidad.
SISTEMAS INTERCONECTADOS
El informe de la UNU se basa en un artículo revisado por pares en el que se define formalmente la quiebra hídrica como «la sobreexplotación persistente de las aguas superficiales y subterráneas en relación con los caudales renovables y los niveles seguros de agotamiento, y la consiguiente pérdida irreversible o prohibitivamente costosa del capital natural relacionado con el agua».
Iría por tanto más allá de términos como «estrés hídrico», que hace referencia a una alta presión que sigue siendo reversible, y «crisis hídrica», que describe perturbaciones agudas que pueden superarse.
Aunque no todas las cuencas y países se encuentran en una situación tan extrema, Madani destacó que «un número suficiente de sistemas críticos en todo el mundo han superado estos umbrales», y recordó que estos sistemas «están interconectados a través del comercio, la migración, las retroalimentaciones climáticas y las dependencias geopolíticas, por lo que el panorama de riesgo global se ha alterado de forma fundamental».
Y es que, al igual que sucede con el cambio climático o las pandemias, una declaración de bancarrota hídrica global no implica un impacto uniforme en todas partes del planeta, sino que suficientes sistemas en todas las regiones y niveles de ingresos se han vuelto insolventes y han cruzado umbrales irreversibles para constituir un problema a escala global. Asimismo, una región puede sufrir inundaciones un año y seguir estando en bancarrota hídrica si las extracciones a largo plazo superan la reposición. En ese sentido, los autores indican que la quiebra hídrica no tiene que ver con lo húmedo o seco que parezca un lugar, sino con el equilibrio y la sostenibilidad.
«La bancarrota hídrica también es global porque sus consecuencias se propagan», insistió Madani, y señaló que «la agricultura representa la mayor parte del consumo de agua dulce y los sistemas alimentarios están estrechamente conectados», así que «cuando la escasez de agua socava la agricultura en una región, los efectos se propagan por los mercados mundiales, la estabilidad política y la seguridad alimentaria en otros lugares. Esto hace que la quiebra hídrica no sea una serie de crisis locales, sino un riesgo compartido».
Compartido y muy extendido, ya que «millones de agricultores están intentando cultivar más alimentos con fuentes de agua cada vez más escasas, contaminadas o en vías de desaparición». Por ello, el director del UNU-Inweh alertó de que «si no se produce una rápida transición hacia una agricultura eficiente en el uso del agua, la escasez de agua se extenderá rápidamente».
IMPLICACIONES SOCIALES
En los lugares más directamente afectados, gestionar la quiebra hídrica requiere, a juicio de los autores, que las autoridades se centren en las siguientes prioridades: prevenir daños irreversibles adicionales, como la pérdida de humedales, el agotamiento destructivo de las aguas subterráneas y la contaminación descontrolada; reequilibrar los derechos, las reivindicaciones y las expectativas para adaptarlos a la capacidad de carga degradada; apoyar transiciones justas para las comunidades cuyos medios de vida deben cambiar; transformar los sectores que consumen mucha agua, como la agricultura y la industria, mediante cambios en los cultivos, reformas en el riego y sistemas urbanos más eficientes; y crear instituciones que faciliten la adaptación continua.
El informe subraya también que la quiebra hídrica no es solo un problema hidrológico, sino «una cuestión de justicia con profundas implicaciones sociales y políticas que requiere la atención de los más altos niveles del Gobierno y la cooperación multilateral». Y lamenta que las consecuencias recaen «de manera desproporcionada sobre los pequeños agricultores, los pueblos indígenas, los residentes urbanos de bajos ingresos, las mujeres y los jóvenes», mientras que los beneficios del uso excesivo del agua «suelen recaer en los actores más poderosos».
«La bancarrota hídrica se está convirtiendo en un factor de fragilidad, desplazamiento y conflicto», lamentó durante la presentación del trabajo el subsecretario general de las Naciones Unidas, Tshilidzi Marwala, que es rector de la UNU. Añadió que «gestionarla de forma justa, garantizando la protección de las comunidades vulnerables y el reparto equitativo de las pérdidas inevitables, es fundamental para mantener la paz, la estabilidad y la cohesión social».
Madani añadió que «la gestión de la quiebra hídrica requiere honestidad, valentía y voluntad política». «No podemos -admitió- reconstruir los glaciares desaparecidos ni rellenar los acuíferos gravemente compactados; pero podemos evitar una mayor pérdida de nuestro capital natural restante y rediseñar las instituciones para vivir dentro de los nuevos límites hidrológicos».
Según dijo, «a pesar de sus advertencias, el informe no es una declaración de desesperanza», sino «un llamamiento a la honestidad, el realismo y la transformación». «Declararse en bancarrota no significa rendirse, sino empezar de cero. Al asumir la realidad de la quiebra hídrica, finalmente podemos tomar las decisiones difíciles que protegerán a las personas, las economías y los ecosistemas. Cuanto más tardemos, más profundo será el déficit», concluyó el director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la UNU.
A este respecto, consideró que los próximos hitos internacionales -las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026 y 2028, el final de la Década de Acción para el Agua en 2028 y la fecha límite de los Objetivos de Desarrollo Sostenible en 2030- «ofrecen oportunidades cruciales para implementar este cambio».
En manos de la humanidad está aprovecharlas o insistir en el error hasta hacer de este planeta un páramo baldío.
Apuntes para un retrato desolador
Basándose en datos globales y pruebas científicas recientes, el informe de la UNU presenta un panorama «desolador» de las tendencias hídricas globales, causadas en su gran mayoría por los seres humanos. Estas son algunas de las cifras más llamativas y alarmantes del documento:
- El 50% de los grandes lagos han perdido agua desde principios de la década de 1990, con un 25% de la humanidad dependiendo directamente de ellos.
- El 50% del agua doméstica mundial se obtiene ya de las aguas subterráneas.
- El 70% de los acuíferos importantes muestran un descenso a largo plazo.
- En las últimas cinco décadas han desaparecido 410 millones de hectáreas de humedales naturales -casi igual al tamaño de toda la Unión Europea-.
- Desde 1970, más del 30% de masa glaciar se ha perdido y se prevé que todas las cordilleras de latitudes bajas y medias pierdan por completo sus glaciares funcionales en unas décadas.
- 170 millones de hectáreas de cultivo de regadío están sometidas a un estrés hídrico alto o muy alto, lo que equivale a la superficie conjunta de los Estados español y francés, Alemania e Italia.
- El coste global anual de la sequía es de 307.000 millones de dólares y el valor anual de los servicios ecosistémicos de los humedales perdidos es de 5,1 billones.
- 3.000 millones de personas viven en zonas donde el almacenamiento total de agua está disminuyendo o es inestable, y es donde se produce más del 50% de los alimentos mundiales.

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