Imanol  Intziarte
Redactor de actualidad, con experiencia en información deportiva y especializado en rugby

Polvos y lodos en la estación de autobuses de Donostia

Las quejas de los usuarios han obligado a reconocer que la estación de autobuses de Donostia es un proyecto fallido a los diez años de su inauguración. La posible solución pasa ahora por una ampliación de la misma, mientras duerme en el limbo aquella propuesta para construirla en Riberas de Loiola.

El alcalde de Donostia, Jon Insausti, el domingo en la estación de autobuses.
El alcalde de Donostia, Jon Insausti, el domingo en la estación de autobuses. (Gorka RUBIO | FOKU)

Nos desayunábamos el sábado con un reportaje en el rotativo de referencia en Donostia que en portada titulaba «La estación se ha quedado incómoda y pequeña», en relación al décimo aniversario de la inauguración de la terminal de autobuses ubicada junto a la estación central de Renfe. «Obsoleta diez años después», rezaba un demoledor editorial que sonaba a enmienda a la totalidad. Autoenmienda, más bien.

Nos almorzábamos ese mismo sábado con una inesperada convocatoria del alcalde para el día siguiente. ¿Dónde? En la estación de autobuses. Habitualmente los festivos no hay comparecencias públicas para anunciar ningún tipo de proyecto. Los políticos bien acuden a algún evento –deportivo, cultural, festivo…–, bien reaccionan ante algún suceso o alguna emergencia. Uno, que ya peina canas, se acordó del nombre de un grupo con muchos kilómetros a sus espaldas: Orchestral Manoeuvres in the Dark (OMD). Lo que traducido al castellano es Maniobras Orquestales en la Oscuridad.   

Así que el domingo Jon Insausti anunciaba un proyecto de ampliación, para lo cual necesitará en principio ‘arañarle’ un pedazo a la estación soterrada que está construyendo Adif para la llegada del Tren de Alta Velocidad. Bien está todo lo que suponga mejorar el servicio de transporte público a la ciudadanía, pero no está de más echar la mirada atrás para recordar los polvos de los que nacieron estos lodos.

De Pío XII a Atotxa, pasando por Riberas

Durante décadas, Donostia tuvo una estación de autobuses indigna en la plaza de Pío XII, en Amara. Tras muchos dimes y diretes, todo apuntaba a que el lugar elegido para la nueva estación iba a ser Riberas de Loiola, en un punto en el que se cruzan los trayectos de Renfe y Euskotren, a priori perfecto para combinar los tres sistemas gracias al intercambiador del que se lleva años hablando pero que de momento sigue en algún cajón lleno de telarañas.

En un momento determinado, el Gobierno municipal de Odón Elorza cambió de opinión y apostó por Atotxa. Se aseguró que fue porque se confirmó que el TAV entraría hasta el corazón de la ciudad, no llegaría solo hasta Astigarraga para desde ahí tomar dirección Irun. También se defendió que una estación de autobuses tenía que estar lo más céntrica posible.

No fueron pocas las voces que advirtieron que se perdía la conexión con el Topo –había que ir hasta la plaza Easo–, que el lugar no era propicio –pequeño, encajonado junto al Urumea–, y que el paseo de Bizkaia y el del Árbol de Gernika iban a colapsar al meter por ahí todos los autobuses. Se zanjó con el manido «ya están los del no». 

Una fotografía imposible

Elorza adjudicó las obras poco antes de perder la Alcaldía. Llegó EH Bildu, con Juan Karlos Izagirre, y en vez de asumir lo firmado volvió a poner sobre la mesa la opción de Riberas, al entender que era mejor. Con el PSE enrocado en su proyecto inicial y el PNV dejando que la coalición, en minoría en el Pleno, se cociera en su propia salsa, la pelota estaba en el tejado de un PP que de primeras estaba de acuerdo en que Riberas era la mejor opción, sobre todo si se lograba que el TAV parara en ese punto y se completaba la pasante de Euskotren. Pero alguien entendió que esa fotografía no se podía producir y comenzaron las presiones, hasta que toda la oposición terminó juntando sus votos para arrancar el proyecto de Atotxa.

Ahora que el error queda en evidencia –aunque no se reconocerá ni bajo ordalía– se carga la culpa en el retraso de la obra del TAV, asegurando que de estar ya en marcha hubiera reducido enormemente el tránsito de vehículos y pasajeros en la estación de autobuses. Un argumento que se está soltando sin ningún tipo de sustento, ya veremos las cifras cuando se ponga en marcha, si lo hace.

De momento nos quedamos con varias lecciones. Una, que el TAV lleva dos décadas siendo un lastre, tanto directo como indirecto, mientras que sus hipotéticos beneficios están por comprobar. Dos, que «los del no» a veces se equivocan pero a veces tienen razón –como todos–, y que ‘hacer, hacer’ y ‘correr, correr’ no siempre es sinónimo de progreso. Y tres, que la política basada en el rechazo al ‘quién propone’ antes que en el análisis del ‘qué ’, el ‘dónde’ , el ‘cómo’ o el ‘por qué’ termina cobrándose unas facturas que siempre pagan (pagamos) los usuarios de a pie. 

Aunque esto no vaya a cambiar, no está de más recordarlo de vez en cuando.

La estación de autobuses de Donostia, en una imagen de archivo. (Juan Carlos RUIZ/FOKU)