La piscifactoría de salmones Oronoz se anota una victoria frente al cambio climático
Cada vez menos salmones remontan el Bidasoa a causa del aumento en la temperatura. En 2025 se ha recogido el peor dato, con solo 64 ejemplares reproductores. Y, pese a todo, otra cifra mueve a la esperanza. La presencia de alevines de salmón triplica la media.

El salmón va a desaparecer del Bidasoa y también del Oria y del Urumea y del resto de ríos vascos por donde aún nada. Lo que no está escrito es cuándo sucederá esto. Al salmón lo está matando el cambio climático. El agua de los ríos se calienta y el salmón atlántico, como su pariente la trucha, es un pez de agua fría, muy fría.
Euskal Herria se encuentra en la franja más meridional donde se encuentra esta especie que también habita Noruega. Cuando los ríos se sobrecalientan, estos peces no disponen de oxígeno suficiente y se ahogan. Pero, contradiciendo este triste pronóstico, los datos de este año en Nafarroa han sido sorprendentemente buenos en cuanto a la presencia de alevines en el Bidasoa.
La clave está en Oronoz, el pueblo donde el Bidasoa deja de llamarse Bidasoa para llamarse Baztan, pues el cambio de nombre se produce en la confluencia del Baztan con el Ezpelurra y el Ezkurra; cosa que sucede en las cercanías de esa localidad que no llega a los 300 habitantes. Justo ahí está localizada una piscifactoría del Gobierno navarro dedicada a que la especie no se extinga. En ella trabajan cuatro personas.
No se trata de que el Gobierno críe sus propios salmones y llene falsamente el río con estos peces. Lo que ocurre es que cuando los ejemplares adultos remontan el río para desovar existe un punto concreto, entre Bera y Lesaka, que los salmones no pueden superar. Allí son recogidos por los guardas forestales, uno a uno, para ser estudiados y medidos y reintroducidos aguas arriba ya con el obstáculo superado. A algunos de ellos se les ponen distintos aparatos de radioseguimiento y a unos pocos machos y hembras se les selecciona para su traslado a Oronoz-Mugaire.
Gabriel Salaberri entró a trabajar a la piscifactoría con 16 años y, tras 48 años entre truchas y salmones, planea jubilarse el próximo año. Su labor es conseguir que el desove de los animales seleccionados (cuanto más diversos sean los ejemplares, mejor: unos más grandes, otros más pequeños, porque no se sabe cuáles tendrán más posibilidades de sobrevivir) se dé en las mejores condiciones, que no haya fallos en la fecundación y que la mortandad resulte la mínima.
Gracias a su trabajo, en 2025 se ha conseguido romper la tendencia a la baja de alevines en las aguas del Bidasoa. El año pasado se ha superado la cifra de 30 alevines de salmón (de entre 5 y 15 centímetros) en las aguas por cada cinco minutos de pesca eléctrica realizada por el guarderío.

La media de los tres años anteriores se encontraba por debajo de diez y el promedio desde 1999 ha estado en 13. Según los responsables de pesca, este dato «permite mantener expectativas fundadas de una mejora progresiva durante los próximos años».
El aumento responde también a la prohibición de la pesca otro año más, que ha permitido –según el Negociado de Pesca del Gobierno de Nafarroa– que todas las hembras remontantes hayan podido reproducirse a lo largo del río. Los guardas tienen cámaras que permiten captar a todos estos peces cuando nadan río arriba.
José Ardaiz, jefe del citado Negociado, confía en que en uno o dos años este aumento de los alevines se traduzca, cuando maduren y superen su etapa en el mar, en un aumento de las hembras y machos remontantes que saque al Bidasoa de su peor momento, porque solo 64 peces consiguieron subir hasta sus zonas de cría en 2025.
Esta especie, según indica el responsable, es muy variable en sus hábitos. Algunos de esos alevines nunca descenderán al mar; otros lo harán en el primer año de vida y un tercer grupo, a los dos años.

No es un capricho del animal, sino que para cambiar de un entorno dulce a otro salado, el pez ha de cambiar físicamente. Las escamas verdosas y moteadas que le camuflan en el río se tornan plateadas para adaptarse al entorno marino; metamorfosis esta que se produce en ejemplares de la misma puesta con un año de diferencia.
Ardaiz sostiene que esta variabilidad en la transformación y el momento en el que alcancen la madurez probablemente responda a un mecanismo evolutivo, pues así, en caso de que se desencadene un evento catastrófico en el momento crítico de la reproducción o en esas semanas en las que las crías son especialmente vulnerables, no se compromete su supervivencia.
Esto también lo logran permaneciendo más o menos tiempo en el mar, pues unos ejemplares sienten la necesidad de regresar al agua dulce un año después, mientras que otros no remontarán por primera vez las aguas del río donde nacieron hasta pasados dos o incluso tres.
El aumento de los alevines en 2026, por tanto, irá notándose en los siguientes años con diferente intensidad.
El trabajo en la piscifactoría
El primer trabajo de Salaberri, el veterano de la piscifactoría, es dormir a las hembras listas para el desove en una solución anestésica, como luego hará con los machos. En el momento de la elaboración de este reportaje, por pura suerte, una hembra se ha retrasado y está lista para el desove.
La salmona marca 4,65 kilos en el pesaje previo. Salaberri aprieta la parte inferior ayudado por un compañero para que derrame sus huevas naranjas sobre un pequeño barreño. Tras devolverla a la balanza, el animal baja a 3,22 kilos. Un 30% de su peso eran huevas.
Todo sucede en el marco de una visita oficial, donde el consejero José Mari Aierdi explica las últimas mejoras en la piscifactoría, donde se han acometido obras para mejorar las acometidas de agua.
Utiliza dos machos para fecundar los huevos que están en el balde, mientras explica que los tiempos son cruciales, que el proceso debe culminar en menos de diez minutos. Acto seguido, se lleva los embriones a la parte interior, por donde corre el agua más fresca. Allí los huevos endurecerán hasta que el pececillo los rompa desde el interior.
Salaberri destaca ahí que la última adquisición es una máquina que se usa, precisamente, para enfriar el agua que corre por el sistema de canales de la zona cubierta. La supervivencia es mayor si la temperatura queda en 9 grados que si se encuentra en 12.

El nivel de perfeccionamiento de su oficio les ha hecho conseguir tasas de supervivencia del 60% y el 70%, imposibles en libertad.
Los salmones crecen protegidos en la piscifactoría hasta que se han desarrollado lo suficiente como para sobrevivir en libertad. La mayor parte se devuelven al río a finales de primavera, con un tamaño de unos cinco centímetros, y los restantes, a lo largo del otoño, cuando ya han superado los 11 centímetros.
Soltarlos con esos tamaños los previene de sucesos que provocan gran mortalidad en estos peces, como son las riadas repentinas.
El cambio climático es doblemente dañino en este sentido para el salmón, pues no solo calienta el agua, sino que multiplica los episodios de lluvias torrenciales. Salaberri, de hecho, está convencido de que el gran número de alevines en el río se debe también a que en 2025 no se registraron crecidas repentinas.
«El cambio climático es doblemente dañino en este sentido para el salmón, pues no solo calienta el agua, sino que multiplica los episodios de lluvias torrenciales»
Antes de regresar a su entorno natural, los marcan cortando la aleta adiposa de la parte superior. Es esto lo que permite contrastar que la piscifactoría funciona.
Según los datos del Negociado de Pesca, un 38,4% de los salmones del Bidasoa tiene la adiposa cortada. Lo cual muestra la trascendencia de la piscifactoría, pero a su vez es una mala noticia, pues la clave pasa por conseguir que el río genere sus propios peces sin ayuda de nadie. Y eso se trabaja de otra manera.
La salud del río depende de la eliminación de presas y obstáculos
Los salmones se mueren en el tramo bajo del Bidasoa. Es ahí donde la temperatura del agua supera los umbrales que la especie soporta (en los últimos años se han batido récords de temperaturas por encima de los 23 o 25 grados durante días).
Río arriba hace mucho más frío, cinco o seis grados menos. El agua corre más rápido, el río es más estrecho y se dispersa por sus afluentes. Los árboles de las riberas protegen con su sombra del calor a sus cauces. Por eso la clave es que los salmones puedan llegar a esos refugios.

A lo largo del tramo navarro del Bidasoa hay 178 obstáculos que los humanos hemos construido para darles distintos usos, aunque la finalidad ya se perdió en la mayoría de los casos. Ardaiz los tiene catalogados en verde (los salmones son capaces de superarlos con cierta facilidad), naranja (existe un paso, pero les es difícil de superar) y rojo (una barrera infranqueable).
La política de eliminación progresiva de estas presas y construcciones ha conseguido, en los últimos 15 años, no solo que los ejemplares adultos escapen del calor, sino también que se detecten nuevas zonas de freza donde los salmones dejan sus huevas, lo cual es clave atendiendo a la experiencia de la piscifactoría, donde la temperatura del agua se ha comprobado que tiene una relación directa con la tasa de supervivencia.
El Negociado de Pesca, además, coloca aparatos de radioseguimiento a algunos de los ejemplares para luego monitorizar su posición en tiempo real. «Esto nos permite detectar cuando los peces se quedan bloqueados en puntos concretos. Nos pasó en Elizondo, donde vimos que una de las compuertas del paso estaba bloqueada, o en otras partes donde un tronco o cualquier cosa puede volver el punto insalvable», dice su responsable.
Muerte por agotamiento
Ardaiz compara estos puntos con los puertos de montaña de una etapa ciclista. Dice que, aunque los salmones sean capaces de superarlos, se van cansando más y más y no llegan hasta el agua más fresca por puro agotamiento. En esta especie, más del 90% de las hembras mueren de cansancio tras la puesta.
Es aquí donde, de nuevo, la piscifactoría es clave. También allí las hembras pierden el instinto de supervivencia tras desovar y dejan hasta de comer. Salaberri ha desarrollado una técnica propia para que eso no pase. Los primeros días les da de comer con la punta de una caña, llevándoles un trocito de txipirón hasta la boca. Ha aprendido los ritmos de digestión y, con paciencia, logra que recuperen el apetito.
«En estos años se me han resistido muy pocas», comenta mientras lanza trocitos de una mezcla de harina, pienso y verdeles triturados a un tanque donde enormes hembras de salmón salen disparadas a por ellas tras superar la fase de la caña. Tras lograr dos o tres puestas con cada una, las devolverá al río con la esperanza de que regresen el año próximo y completen otro ciclo reproductivo.

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