Laurent Perpigna
Periodista / Kazetaria

Los equipos de rescate, bajo el fuego israelí en Líbano

En las últimas semanas, al menos 40 rescatistas libaneses han muerto en bombardeos israelíes. En algunas ocasiones víctimas colaterales, en otras, objetivo deliberado, estos hombres y mujeres tienen la firme intención de continuar su misión, incluso si ello implica poner en riesgo sus vidas.

El centro médico de Burj Qalaouiyah, a una decena de kilómetros de la frontera, fue pulverizado por un ataque israelí.
El centro médico de Burj Qalaouiyah, a una decena de kilómetros de la frontera, fue pulverizado por un ataque israelí. (Laurent PERPIGNA IBAN)

Del centro médico de Burj Qalaouiyah no queda nada. El recinto, situado en el corazón de las colinas del sur de Líbano, a una decena de kilómetros de la frontera, fue pulverizado por un ataque israelí. Ocurrió la noche del pasado 13 de marzo: doce rescatistas, médicos y enfermeras perdieron la vida en estas circunstancias atroces, muertos directamente por el bombardeo o por el incendio que le siguió.

Cuarenta y ocho horas después, las ruinas siguen humeantes. En el centro del edificio, un cráter de varios metros se hunde en el suelo; alrededor emergen, en medio de un océano de hormigón destrozado, cientos de documentos administrativos y medicamentos.

Hassan, un treintañero originario de un pueblo vecino, solía venir aquí de niño para ser atendido. Ha acudido a prestar apoyo a los supervivientes, todavía en estado de shock. El ruido de los ataques aéreos rompen el silencio de forma continuada.

Con los ojos desencajados, uno de ellos explica: «Sabíamos que podíamos ser objetivo, pero imaginar que nuestro centro médico sería blanco de un misil era impensable. Aquí no había armas, estamos para ayudar a la población, todo el mundo lo sabe».

El joven se encontraba con otros compañeros a apenas un centenar de metros cuando escuchó una violenta explosión. «Comprendimos que nuestro centro había sido alcanzado, así que corrimos hacia allí. Los cuerpos de nuestros amigos estaban ardiendo», continúa otro.

«Solo somos rescatistas, estamos aquí para curar, nunca ha habido armas aquí, solo médicos con un gran corazón», repite incansablemente.

Todos son miembros de la Sociedad Islámica de la Salud, una organización civil que, como es sabido, está vinculada a Hizbulah. Una situación que, sin embargo, no tiene nada de particular en Líbano, donde las afiliaciones de las estructuras médicas a grupos políticos o comunitarios son numerosas. Ese es en concreto el caso en el sur del país, donde suplen la falta de medios –e incluso la ausencia– del Estado libanés.

El derecho internacional humanitario es claro a este respecto: los trabajadores sanitarios, independientemente de sus vínculos políticos, son considerados civiles y gozan de un estatus protegido. Y el relato israelí, que los acusa de transportar o esconder armas, nunca se ha documentado.

Desde esa fecha, viven en apartamentos muy cercanos entre sí, pero separados unos de otros. Como muestra de la toma de conciencia del personal de los equipos de rescate sobre el peligro que pesa sobre ellos en el sur del país, intentan no permanecer en grupo para no ser alcanzados todos, y mantienen las ambulancias estacionadas a varias decenas de metros de distancia entre sí para evitar que sean destruidas todas en un solo ataque.

Un patrón de ataques que se inscribe en un contexto mas amplio, en un momento en el que Israel trata de vaciar el sur del Líbano, destruyendo puentes y ordenando a los habitantes evacuar la zona, con el objetivo de tener vía libre para llevar a cabo una invasión a gran escala. «La destrucción del sistema sanitario para expulsar a la población es un elemento central de la estrategia militar israelí», advertía hace unos meses el doctor Ghassan Abou Sitta, que ha trabajado en la Franja de Gaza y que se encuentra ahora en Beirut.

Una realidad palpable en el sur del Líbano: en los últimos días, los equipos de emergencias se han convertido en objetivos prioritarios. En el momento de escribir estas líneas, cuarenta habían muerto ya bajo bombardeos israelíes desde el inicio de esta nueva fase del conflicto –además de 107 heridos–, lo que eleva la cifra a más de 200 desde el 7 de octubre de 2023. «Su lógica es simple: ¿quién se quedaría en una zona de guerra sin un hospital o médicos cerca? Quieren vaciar el sur del Líbano para apoderarse mas fácilmente de él», afirma Ali, un conductor de ambulancia de Nabatiyeh.

Varios de sus compañeros han muerto en operación, «algunos tras un doble bombardeo», según él. Una estrategia que consiste en bombardear de nuevo un lugar previamente atacado unos minutos antes, y que se convierte en una trampa mortal para los equipos de rescate.

«Somos conscientes de que podemos morir»

Beirut. En el noroeste de la capital, media docena de ambulancias están estacionadas de forma desordenada en una calle. Todas pertenecen a la «Defensa Civil de la Comunidad» –una ONG de rescatistas voluntarios–. Datan del siglo pasado y presentan las huellas de conflictos anteriores, entre chapas abolladas e impactos de bala, «salvo ésta de aquí, cuyos daños son muy recientes, de hace unos días, tras un ataque israelí contra un edificio cercano», indica en un francés impecable Samer Knio, de 38 años, jefe de brigada.

«Nuestra misión es estar preparados para los desastres y ayudar al Estado libanés, con nuestro saber hacer y, por desgracia, con medios materiales muy limitados. Actuamos desde hace varias décadas y no nos ha faltado trabajo, dado que las catástrofes se han multiplicado en Líbano».

El hombre evoca «mini guerras civiles, bombas, atentados, asesinatos», pero también y sobre todo, la guerra de 33 días en 2006. «Recuerdo un bombardeo en Chiyah, en el extrarradio sur de Beirut; sacamos de los escombros los cuerpos destrozados de una familia. Tardé diez años en olvidar esa escena».

Sin embargo, a pesar de esta acumulación de traumas, continúa con su misión, coordinando las intervenciones de sus decenas de voluntarios con los bomberos, el municipio y otras organizaciones, y entrenando a sus equipos a diario. Continúa el legado de su tío, que trabajó antes que él, y cuyos valores comparte: los de un Líbano unido.

«Nuestros miembros proceden de todas las confesiones, durante mucho tiempo también tuvimos palestinos con nosotros. Salvamos a todo el mundo, somos una organización humanitaria, pero también humana.»

Antes de continuar: «Sabemos que los hospitales del sur están en el punto de mira israelí; a veces tenemos que trasladar pacientes a centros en Beirut. La probabilidad de que nuestras ambulancias sean deliberadamente atacadas existe.»
Además, la estrategia de los bombardeos dobles llevada a cabo por el ejército israelí genera una inevitable inquietud entre estos hombres y mujeres: «Debemos intervenir lo más rápido posible. Evidentemente, el riesgo que corremos es importante», explica al-Masri, otro rescatista que lleva ocho años en servicio.

A pocos metros, las tímidas sonrisas de Brahim y Aya, dos gemelos que acaban de alcanzar la mayoría de edad, contrastan con la gravedad del momento. Se han unido a la Defensa Civil hace unas semanas y aún están en formación: «La última guerra de 2024 para nosotros fue decisiva, ya no podíamos quedarnos sin hacer nada. Nos preparamos para todos los escenarios, con aprensión, por supuesto, pero también con muchas ganas», explica él.

Algo paradójico: mientras muchos jóvenes han abandonado Líbano en los últimos años, agotados por una situación insoportable, ellos han decidido lanzarse al corazón del drama.

«Sabemos que la escalada va a continuar», afirma Aya. «No sé si es valentía o pasión por esta profesión, pero lo llevo dentro. Me define. Nuestros padres están orgullosos de nosotros, aunque tengan miedo.»

A su lado, Samer no oculta su admiración por estos jóvenes: «No podemos quedarnos en casa. Todos somos conscientes de que asumimos el riesgo de morir al intervenir. Pero nada ni nadie nos lo impedirá.»