Cruzada de Trump en Irán: sin «casus belli», pero con la «bendición de Dios»
En una guerra sin narrativa coherente que la justifique ni objetivo claro ni apoyo público real, la reticencia a gastar vidas y recursos puede contrarrestarse. Cuando un conflicto se presenta como destino religioso, las leyes de la guerra desaparecen. La diplomacia es pecado y la muerte, martirio.

La guerra contra Irán para el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, es una «lucha necesaria entre el bien y el mal»; y para Donald Trump, su ilegalidad es irrelevante. Sin embargo, se libra con el espíritu y la crueldad de las cruzadas, alimentada por el fervor religioso y animada por una capacidad de infligir destrucción que se celebra.
Lo que este enfoque religioso oculta es la realidad de que esta es, en gran medida, la guerra de Netanyahu, que ha preparado durante mucho tiempo al presentar a Irán en términos apocalípticos. Pero hay algo aún más inquietante en juego: en manos de Trump, la guerra se desvincula de toda lógica política o moral coherente. La fusión de violencia desatada, espectáculo y fanatismo religioso no es solo floritura retórica. Señala una transformación más profunda.
Esta retórica no invoca la justicia o la defensa, abraza la venganza. Con el enemigo no se negocia, no se le contiene, se le aniquila. La guerra se convierte así en un espectáculo de furia justiciera, un teatro en el que la violencia se santifica, y el sufrimiento y la muerte se abrazan como prueba de fuerza. Es una forma de poder organizada en torno a la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir.
Lo alarmante es que la guerra se enmarca cada vez más en el marco del sionismo cristiano: las imágenes y la retórica de las cruzadas han resurgido públicamente, acompañadas por la afirmación de que Trump ha sido elegido por Dios para dirigirla.
Esta guerra se presenta como una prueba de fuerza, los iraníes son despojados de su humanidad y la destrucción de poblaciones enteras es el precio necesario para restaurar la grandeza. En este orden necropolítico, la legitimidad no se obtiene de la protección de la vida, sino demostrando la capacidad para destruirla.
Guerra como profecía bíblica
Pocas figuras ilustran esta visión con tanta crudeza como Pete Hegseth, el autoproclamado secretario estadounidense de Guerra. Sus discursos en el Pentágono exaltan la violencia desenfrenada e ignoran los límites que antes regían los conflictos militares modernos. Ya no se considera la guerra como una trágica necesidad, sino como una forma de purificación, un escenario donde convergen la brutalidad imperial y el destino religioso.
El cada vez más poderoso sionismo cristiano habla de la guerra en términos bíblicos, relacionándola con profecías del fin de los tiempos. En un sermón del 1 de marzo, por ejemplo, John Hagee, fundador de Cristianos Unidos por Israel, la describió como parte de un plan divino. «Proféticamente, estamos en el momento justo», afirmó. Y rezó para que «Dios Todopoderoso intervenga en el campo de batalla y los enemigos de Sión y los enemigos de EEUU sean destruidos ante nuestros ojos».
Este tipo de pensamiento apocalíptico hunde sus raíces en el siglo XIX, cuando muchos predicadores se inclinaron por una interpretación más literal de la Biblia que enfatizaba el relato de Dios prometiendo la Tierra Santa a Abraham y sus descendientes. Hoy esta mentalidad ha calado en las altas esferas del Gobierno y las fuerzas armadas.
El dispensacionalismo (sistema de teología que reconoce periodos establecidos por Dios para poner en orden los asuntos del mundo) es una idea protestante que divide la historia humana en diferentes eras, en las que se desarrolla el plan divino para el mundo. Las iglesias que lo adoptan, generalmente evangélicas, creen que la dispensación actual está llegando a su fin. Sin embargo, consideran que este tiempo solo puede comenzar con un gran sufrimiento, un período conocido como las tribulaciones de Jacob. Creen que estas tribulaciones comenzarán en Israel y culminarán con la segunda venida de Jesús.
En EEUU, la manifestación más poderosa del pensamiento dispensacionalista y apocalíptico es el sionismo cristiano que deposita su esperanza en el cumplimiento de un escenario muy específico: que el Gobierno de Israel reconstruya el antiguo Templo de Jerusalén (donde actualmente se encuentran la Mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca), preparando así el terreno para el fin de los tiempos. Con el regreso de Jesús se cumpliría la misión histórica del pueblo judío. Y esto cambia el mapa mítico, y en una parte del mundo donde los mitos siempre han distorsionado la realidad.
Otra señal de la gran influencia del sionismo cristiano fue el nombramiento en 2025 del exgobernador de Arkansas Mike Huckabee como embajador en Israel. Huckabee, pastor bautista y uno de los sionistas cristianos más relevantes le dijo al activista cristiano Charlie Kirk, muerto a tiros en septiembre de 2025, que «creo en la Escritura, Génesis 12: Los que bendigan a Israel serán bendecidos y los que maldigan a Israel serán malditos».
Esta retórica también se escucha en los mensajes militares oficiales. En una sesión informativa del Pentágono, Hegseth concluyó su intervención citando las Sagradas Escrituras. Y cuando se recurre a ellas y los líderes enmarcan un conflicto geopolítico en términos bíblicos, la línea entre estrategia y misión religiosa se desdibuja. La guerra ya no es una cuestión de seguridad nacional, sino parte de una lucha teológica más amplia. Y se santifica. Y el Estado comienza a adoptar la postura moral de una cruzada.
Celebrar la carnicería
Hegseth, un expresentador de Fox News que habla con un tono arrogante y belicoso, no parece un estadista serio, ni pretende serlo. Alardea en el Pentágono de una «muerte y destrucción que cae desde el cielo». Y en tono grandilocuente dice sobre los líderes iraníes: «Están acabados y lo saben. O al menos pronto lo sabrán. EEUU está ganando, de forma decisiva, devastadora y sin piedad», mientras en redes sociales intercala fragmentos de éxitos de taquilla de Hollywood como “Braveheart”, “Gladiator” y “Top Gun” con sus imágenes y con grabaciones reales de los ataques en Irán.
Este sionista cristiano tiene a su disposición el arsenal del Gobierno de EEUU y la autorización del presidente para sembrar el caos donde quiera y contra quien quiera. Durante años cultivó una estética hipermasculina de «tipo duro y hombre musculoso» diseñada para complacer a Trump y al ecosistema mediático de ultraderecha. Pero ahora, ante una crisis geopolítica que exige sutileza y visión estratégica, suena como un matón. Para él, la moderación es debilidad y el derecho, una molestia burocrática. La justicia debe ceder ante el poder bruto y la única medida de éxito es la victoria.
La guerra no es el último recurso trágico, sino la prueba de vitalidad del país. Es la medida del patriotismo, una fuerza purificadora que restaura la grandeza. Y esta glorificación se manifiesta de forma más evidente en el lenguaje religioso. En ese sentido, Irán no solo es un adversario geopolítico, sino un enemigo espiritual dentro de una lucha más amplia entre el bien y el mal.
La guerra con Irán certifica las narrativas bíblicas sobre el Armagedón y el regreso de Cristo. Pero cuando el militarismo se fusiona con la religión apocalíptica, poca broma.
La historia ofrece advertencias aleccionadoras sobre adónde pueden conducir estas derivas. El peligro reside precisamente en esas señales de alerta. Cuando los líderes se burlan del derecho internacional, celebran la violencia sin ley y santifican la guerra mediante el lenguaje del destino religioso, normalizan una cultura en la que la brutalidad se vuelve común y la crueldad se presenta como virtud.
En esas condiciones, el lenguaje del fascismo se afianza, despoja a los principios éticos de su significado y transforma la verdad y el noble concepto de humanidad compartida en una burla despectiva.

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