¿Quién puso ese estrecho ahí?
Del «Periplo Eritreo» del siglo I al estrepitoso fracaso de Trump dos mil años más tarde, la geografía ha moldeado a través del estrecho de Ormuz la historia y la economía de Eurasia. Muchas cosas han cambiado en veinte siglos, pero en tiempos de IA, los mapas siguen imponiendo su ley.

Hay que mirar los mapas para entender el mundo. El de hoy y el de ayer, que quizá no sean tan diferentes. El pliegue caprichoso que forma el estrecho de Ormuz en el mapamundi ha pasado desapercibido durante las últimas décadas, hasta que Irán ha decidido cerrarlo para explicarle a Donald Trump que eso de ir bombardeando países y matando o encarcelando a sus dirigentes no está bien. Pero la importancia del enclave la tenían clara ya griegos y egipcios hace veinte siglos.
Volvamos al mapa. Entre los actuales Emiratos Árabes Unidos y Omán, la península arábiga dibuja una flecha arbitraria hacia el continente, una punzada a la altura de la actual Irán. Es una agresión geológica caprichosa e injustificada que moldea la historia y la actualidad. El continente asiático mete la barriga para esquivar la cornada arábiga y la evita por los pelos. Concretamente, por poco más de 30 kilómetros. Por ese corredor creado por la finta persa se cuela el mar de Arabia, formando el estrecho de Ormuz.
Si el océano tuviese 30 kilómetros menos el golfo pérsico sería un lago y esta sería una historia bastante diferente, pero ese sifón invertido que conecta las aguas a ambos lados del estrecho tiene al mundo en vilo.
De caballos y especias a petróleo y gas
Hoy son sobre todo los grandes petroleros y los buques llenos de gas natural licuado los que surcan las aguas del estrecho. El 20% del crudo consumido en todo el mundo, según hemos memorizado estas últimas semanas, aunque en realidad, es el 40% de todo el que se mueve por mar. De ahí el mayor impacto. Pero cuando el petróleo apenas se usaba para encender lumbres y calafatear barcos, Ormuz también era importante. Hace cinco siglos ya era un punto crucial del comercio en Asia.
Caballos árabes y persas, terciopelos y alfombras, perlas de Bahréin, papel y dátiles salían del Golfo rumbo a la India y China. Canela, clavo, azúcar y porcelanas hacían el viaje en dirección contraria. «El mundo es un anillo y Ormuz su piedra preciosa», decían.
Los portugueses, más listos que los españoles, conquistaron la isla de Ormuz, situada en pleno estrecho, en 1515. No les importaba el control territorial de la zona, sino el peaje que desde ese punto estratégico podían cobrar a todo el que quisiera cruzar el estrecho en una dirección u otra. ¿Les suena la historia?
Se estima que en ese peñasco de sal sin agua potable llegaron a vivir en el siglo XVI y XVII hasta 50.000 personas. Árabes, persas, turcos, judíos, cristianos armenios, y mercaderes venecianos e hindúes habitaban la isla, junto a una bien nutrida guarnición de soldados portugueses. También había franceses, flamencos y griegos. Un paisano nuestro, Francisco Javier, pasó por allí rumbo a Japón y la describió como «la cuna de la más vil sensualidad», un lugar de perdición en el que «la avaricia se había convertido en una ciencia».
Los españoles perdieron Ormuz
Los españoles, menos sofisticados que los portugueses, minusvaloraron las posesiones asiáticas de sus vecinos cuando asumieron el mando de la unión ibérica. Así, los persas, con ayuda de los ingleses, se hicieron con la isla y el comercio de Ormuz en 1622. Los portugueses entendieron que con los españoles su futuro era una ruina y, afortunados, recuperaron su independencia pocos años después.
El estrecho siguió siendo clave en el comercio entre árabes, persas, chinos e indios, y sobre él fue echando sus redes el imperio inglés. La apertura del canal de Suez redujo su peso estratégico, pero no durante mucho tiempo. Las enormes reservas de petróleo y gas descubiertas no mucho más tarde en la región volvieron a situar el enclave en el mapa. Durante la segunda guerra mundial, fue crucial para los aliados mantener el control de la zona, tanto que en 1941, ingleses y soviéticos invadieron Irán para asegurarse el corredor entre el golfo pérsico y el Caspio, por donde llegaba la ayuda aliada a Moscú. Por el mismo precio, impidieron a los nazis el acceso al petróleo iraní.
Puede escribirse una historia de Eurasia mirando a Ormuz, con un último capítulo para este 2026, en el que Trump está descubriendo la maldición de la geografía.
Los mapas siguen mandando
Sin ánimo alguno de romantizar la guerra, tiene algo de reconfortante que en pleno siglo XXI, en una guerra asimétrica y desigual, los caprichos de la geología sigan imponiendo su ley. Washington puede permitirse el lujo de matar al líder iraní, Alí Jamenei, en el primer día de guerra, pero eso no le asegura la victoria, porque a Irán le basta con bloquear el estrecho de Ormuz para poner el mundo patas arriba. Ojo, eso no se hace con arcos y flechas, hacen falta medios para hacerlo. Pero conocer y controlar el territorio equilibra la balanza bélica y contrarresta el poderío militar, tecnológico y económico de EEUU e Israel. En tiempos de inteligencia artificial, la geografía sigue saliendo tan airosa como hace veinte siglos.
Y no hay que perder de vista que en un esquema en el que todo lo que no sea ganar de forma rotunda supone para Estados Unidos perder, la ecuación funciona exactamente a la inversa para Irán: todo lo que no sea perder de forma humillante, supone ganar. Y triunfar sobre la tozuda geografía, francamente, sigue estando complicado.

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