
La historia de la Banda della Uno Bianca es todavía uno de los secretos más oscuros de la historia reciente en Italia. Fue algo que aterrorizó a la ciudad de Bolonia, sobre todo, y en realidad a todo el país durante casi una década.
Un grupito que empezó como simples criminales se convertiría de hecho en un puñado de terroristas, encabezados por unos policías. Todos han sido condenados a cadena perpetua. Y sus revelaciones a lo largo del tiempo han dado mucho que hablar.
La última, durante un programa de la televisión pública, la RAI, ha llegado de boca del jefe de la banda, Roberto Savi, que ha dejado caer cómo la banda había tenido «superiores» más arriba. Es decir, cerebros ocultos. Y pocos días después de esta revelación otro miembro del grupo, el expolicía Pietro Gugliotta, se ha suicidado.
Hay que remontarse a las décadas de los 80 y 90 para revivir lo que fueron todos los hechos.
Personas violentas
Hubo un tiempo en que en Bolonia y sus alrededores se palpaba el terror, por algunos episodios criminales especialmente sangrientos. Robar bancos no era algo nuevo, pero matar al director de uno de esas instituciones de crédito por haber rechazado colaborar, o ejecutar a un posible testigo con un disparo a bocajarro... eso parecía más propio del gangsterismo del Bronx.
Los inicios de este grupo de a Uno Bianca (el nombre viene del coche que utilizaban, un Fiat Uno blanco) fueron más discretos. Algún atraco de madrugada a las cabinas de los peajes en la autopista entre Bolonia y Rimini: cientos de millones de liras y luego a desayunar a la playa, como unos auténticos vitelloni, los ‘inútiles’ de Federico Fellini, nacido en aquella zona.
«Como usted sabrá, señor juez, mi marido trabajaba en la Policía, y el sueldo de los agentes no era muy alto. Por esa razón decidió empezar con sus dos hermanos una segunda actividad, un segundo trabajo: los atracos». Estas serían las palabras de la mujer de Roberto Savi, el líder del grupo, cuando testificó en el juicio.
La mujer del líder del grupo alegaría en el juicio que «el sueldo de policía no era muy alto y por eso Roberto empezó un segundo trabajo: los atracos»
Roberto, el mayor, policía. Alberto, el menor, también policía. Y entre los dos, Fabio, camionero, que no estaba en el cuerpo pero tenía pasión por las armas, heredada de su padre, Giuliano, un fanático fascista. De hecho, la zona de las operaciones de los atracos estaba en la zona de Cesena y Forlí, donde Mussolini había nacido, en Predappio, y donde había mucho nostálgico.
Roberto Savi había entrado en la Polizia italiana como miembro de las patrullas de Bolonia, la capital de la región. Odiaba a los extracomunitarios y a los drogadictos: un día había rapado el pelo de un chaval al que encontró una modesta cantidad de marihuana, y por esa razón lo quitaron de los coches patrulla para ubicarlo en la Sala Operativa de la central más importante de la ciudad. En pocas palabras, ahí tenía todo bajo control.
La matanza del barrio Pilastro
Con los hermanos, y luego con otros agentes interesados en entrar en este nuevo negocio, el mayor de los Savi empezó a ‘diferenciar’ sus actividades. Ya no era solamente atracar peajes, sino ir a por grandes cantidades de dinero, para financiarse.
Un método terrorista, acompañado de explosiones exageradas de violencia: muertos indiscriminados, víctimas de tiroteos callejeros, o bien voluntariamente atacadas, como cuando los Savi ejecutaron a dos hombres, en dos momentos distintos, solamente porque estaban apuntando el número de la matrícula del coche desde el que los criminales acababan de salir.

Una bala en la cabeza y se acabó. Primo Zecchi, por ejemplo, fue uno de estos muertos; su mujer se convertiría en presidenta de la Asociación de Víctimas de la Uno Bianca. En Bolonia, ciudad de gran tradición cooperativista y solidaria, si ocurre un crimen que afecta a la comunidad la gente simplemente denuncia, sin pensar en que por ello vaya a ser ejecutada como un perro.
El hecho más grave ocurrió el 4 de enero de 1991, cuando durante una noche de niebla y hielo tres jóvenes agentes fueron acribillados en su propio coche en las calles del barrio Pilastro, uno de los más problemáticos de Bolonia. Uno de esos tres acababa de llegar aquella misma tarde a la ciudad emiliana para empezar su carrera en la Policía.
Parte de la actividad de Roberto Savi en el centro de operaciones policiales consistía en investigar sobre sí mismo, obviamente despistando
Algo no cuadraba en aquella matanza. Por ejemplo, que al coche de la Polizia le faltaba el Ordine di Servizio, es decir el documento que normalmente los agentes rellenaban apuntando los hechos sospechosos de cada salida de reconocimiento. Un papel que se encontraba desaparecido y que había que buscar con precisión quirúrgica. Quien lo hubiese cogido, sabría qué había pasado.
Las investigaciones se enfocaron de inmediato hacia un supuesto arreglo de cuentas entre unas personas que malvivían en la ciudad y la Policía, descartando otras opciones. Un error judicial que se resolvería con el descubrimiento de los verdaderos culpables, años después: los Savi y la Uno Bianca.
¿Qué había ocurrido? Los tres agentes estaban de patrulla cuando habían notado maniobras raras del coche blanco. Se había producido una serie de adelantamientos mutuos hasta llegar a un enfrentamiento con armas, muy poderosas las de los Savi, rifles modificados para resultar más eficaces, más letales. Un ataque digno de profesionales de los atentados, sin dejar ninguna vía de fuga a los tres policías.
Investigándose a sí mismo
Los Savi se encontraban en el barrio Pilastro porque querían disparar a alguien, y mejor si era negro o gitano. Ya habían testado ese tipo de ataques, matando a dos personas. Estaban ya en la fase de los crímenes ‘gratuitos’, sin necesidad de robar dinero como en el pasado.
El objetivo era simplemente crear tensión, desestabilizar una zona de Italia en que en cuanto a criminalidad nunca había existido nada realmente relevante. Por esa razón los investigadores no sabían literalmente qué hacer.
Ajena a las actividades de la mafia o de la camorra, la zona entre Bolonia y la Romagna vivía de repente en pánico y cuando aparecía un Fiat Uno blanco, que la banda utilizaba también porque era muy sencillo de robar, todo el mundo lo señalaba con temor.

Y eso que la banda había dejado varios indicios. Durante un atraco a un banco, la cámara de seguridad había grabado, por ejemplo, el rostro de Fabio Savi, ‘El alto’, con cabellera postiza y gafas de sol. Y unos cuantos testigos habían dejado detalles suficientes para dibujar un retrato robot que se encontraba en todas las comisarías emilianas, incluida la de Bolonia donde trabajaba... Roberto Savi. Parte de su actividad consistía en investigar sobre sí mismo, obviamente despistando.
Cuando la banda mató a un hombre y una mujer en una armería en el pleno centro de Bolonia, solamente para robar un par de pistolas, en las imágenes de los informativos se ve al líder de la Uno Bianca vestido de policía controlando la zona, algo realmente surrealista.
¿Quién quiso fomentar el terror en una zona tan tranquila como Bolonia y sus alrededores? ¿Quizás porque era la más claramente de izquierdas, la ‘rossa’?
En 1994, después de unos cuantos intentos y con un poco de suerte, las autoridades consiguieron encontrar la clave del todo: lo lograron ‘portándose como la banda’, es decir poniendo el foco en objetivos que podían ser compatibles con anteriores atracos, por ejemplo bancos.
Fue así como un día una patrulla vio un coche dando varias vueltas en torno a una oficina de crédito, con la matrícula parcialmente borrada. Los agentes lo persiguieron y llegaron a un pueblito de los Appennini, de la provincia de Rimini: Torriana. Bastó comprobar quién vivía allí para encontrar a Fabio Savi, y de ahí se pasó a investigar a su familia, a sus hermanos que casualmente durante los hechos criminales no estaban nunca de servicio.
Cuando Roberto Savi fue arrestado, tenía dos rifles y estaba trabajando en la comisaría central de Bolonia: «Hubiera podido haceros estallar a todos si hubiera querido», fueron sus primeras palabras.
Los ‘Asesinos del Brabante’
¿Cómo había podido pasar desapercibido todo eso durante siete años, con 24 muertos, 113 heridos y 103 acciones criminales? Muchos de estos, los últimos, reivindicados por un muy peculiar grupo llamado Falange Armata, sobre el cual no se encontraba ninguna conclusión a nivel de investigación. Gente que llamaba a la Policía y hablaba con un rarísimo, casi torpe, acento tirolés: otra manera de despistar.
¿Quién quiso fomentar el terror en una zona tan tranquila como Bolonia y sus alrededores? ¿Quizás porque era la más claramente de izquierdas, la rossa, la roja, por su cercanía histórica con el Partido Comunista? En la recta final de la Guerra Fría, ¿había alguien interesado en agitar la violencia en la reconocida capital progresista?
La Uno Bianca tuvo mucho en común con los llamados Asesinos del Brabante, una banda paramilitar que entre 1982 y 1985 había hecho la misma cosa en Bélgica, concentrada sobre todo en atracos a supermercados. Allí también había, según los testigos, un ‘tío alto’, como Fabio Savi, pero no se halló ningún culpable.
Los tres hermanos y los otros cómplices acabarían en la cárcel, con cadena perpetua. Durante el juicio destacaron por su frialdad, sobre todo Roberto, que no contestaba a las preguntas con sí o no, sino con «positivo» o «negativo», como si estuviese actuando en una comisaría o en un órgano militar.
El mismo Roberto que recientemente ha admitido en un programa de televisión, ahora que tiene el pelo blanco y el peso de tres décadas en prisión, que «los servicios secretos nos protegían, teníamos que hacer el trabajo sucio». Algo que ya había apuntado en 1994 la pareja, rumana, de Fabio Savi: Eva Mikula.
El suicidio de Gugliotta ha sido un ingrediente más para pensar mal. ¿Realmente había algo más turbio aún en aquellos atracos y aquellas muertes ‘gratuitas’? En un país como Italia, donde el terrorismo de Estado ha golpeado fuerte, con los servicios secretos ligados con grupitos post-fascistas desde la Matanza de Piazza Fontana en 1969, todo esto resulta casi normal.

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