Iker Bizkarguenaga
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad
Entrevista
Khem Rogaly
Investigador, miembro de Common Wealth y Transition Security Project

«A los políticos les es cada vez más difícil justificar la alianza con EEUU»

De la mano del sindicato LAB, Khem Rogaly, investigador especializado en la industria militar, ha visitado Euskal Herria. En entrevista con NAIZ, desnuda la narrativa oficial y pone de relieve que el aumento del gasto en este ámbito responde a intereses geopolíticos y empresariales.

(Marisol RAMÍREZ | FOKU)
El gasto militar está en los niveles más altos de la historia y va a seguir creciendo. Usted ha analizado esa tendencia global y sus implicaciones, ¿en qué se centra su trabajo?

He fundado un centro de investigación con sede en EEUU y en el Reino Unido llamado Transition Security Project, una colaboración entre Common Wealth y Climate and Community Institute. Analizamos el militarismo y el impacto que tiene en la economía, en el clima y en la geopolítica. Porque en todas estas áreas es perjudicial. Si nos fijamos en el gasto militar, la idea general es que debemos aumentarlo por razones de seguridad, porque nos enfrentamos a cierto tipo de amenazas y tenemos que mantenernos a salvo. Esta es la narrativa dominante. Pero la forma en que se aplica esa política es irracional, porque los objetivos se fijan como porcentaje del PIB, se trata simplemente de la cantidad de la renta que un país quiere destinar a su ejército. No se basa en lo que se necesita para defender ese país, si es que realmente quieren defenderlo.

En el caso de EEUU y el Reino Unido, estamos ante potencias militares globales; EEUU tiene unas 800 bases repartidas por el mundo, el Reino Unido, unas 150. Así que su gasto militar no tiene que ver con la defensa, sino con la geopolítica. Se trata de presentarse como potencias mundiales. Lo que hacemos es explicar qué hay detrás de ese gasto y abordamos las repercusiones.

Ha dicho que no se trata de defensa, sino de geopolítica, ¿quién se beneficia de ello?

Ahora mismo, EEUU. En Europa, los países que forman parte de la OTAN –todos excepto el Estado español– han acordado cumplir los nuevos objetivos de la Alianza: destinar el 3,5% del PIB al gasto militar básico y un 1,5% adicional a seguridad nacional, lo que suma un 5%. Eso significa que algunos países duplicarán su gasto militar, y otros lo triplicarán. Y es importante entender que ese objetivo no se define en función de ningún tipo de plan u objetivo, se debe a que el gasto de EEUU ronda el 3,5% del PIB. Copiaron la proporción y la trasladaron a Europa. Solo en Europa Central y Occidental se concentra una quinta parte del gasto militar global. De modo que la narrativa habitual es que nuestro gasto es bajo, pero en términos reales es, de hecho, muy alto.

Las importaciones procedentes de EEUU también están aumentando; los miembros europeos de la OTAN han duplicado sus importaciones de armas desde 2014 y ahora dos tercios de esas importaciones proceden de EEUU. En el Reino Unido, más del 80% de nuestras importaciones de armas proceden de EEUU. Hablan de autonomía estratégica, pero la realidad es que están aumentando sus presupuestos militares, y manteniéndose en asociación con EEUU, lo cual es muy bueno para las empresas militares estadounidenses.

Hay quien defiende ese gasto por los puestos de trabajo que genera la industria militar. ¿Es un argumento válido?

No, es un argumento muy débil. Si nos fijamos en el Reino Unido, desde 1980 el gasto militar ha aumentado ligeramente, pero los puestos de trabajo se han reducido a más de la mitad. En EEUU, el presupuesto del Pentágono ronda actualmente los 900.000 millones de dólares, ha aumentado desde la época de Ronald Reagan y el programa Guerra de las Galaxias. Es más alto incluso que en la Guerra Fría, pero los puestos de trabajo en la industria militar han bajado de más de 3 millones a poco más de un millón ahora. Mientras el presupuesto aumenta se han perdido más de dos millones de puestos de trabajo. Y esto se debe a que la relación entre el gasto y el empleo se ha roto.

Así que no es una forma eficaz de crear empleo. Esto se debe básicamente a que es un sector muy intensivo en capital. Se trata de una industria de alta tecnología en la que no se necesitan muchos trabajadores. Si lo comparamos con otras formas de gasto público, como en sanidad, educación, energía verde, protección del medio ambiente y muchas otras con mucho mayor valor económico, estas generan más empleo por euro gastado. Por eso es importante entender que aunque digan que esto podría ser necesario para el empleo, es una forma ineficaz de crear puestos de trabajo.

La industria militar está creciendo y la industria civil está en declive. ¿Existe alguna relación entre ambos hechos?

Todavía no tanto, pero podría ir estrechándose cada vez más. El declive de la industria civil en Europa es debido a la falta de planificación e inversión pública y a una estrategia industrial poco acertada. El asunto es que el gasto militar está aumentando, por lo que se ve como una solución. Aunque no lo sea, y no vaya a funcionar a largo plazo, es algo que las empresas podrían percibir como algo que deben hacer. Podría suponer un riesgo.

Por otra parte, se necesitan trabajadores similares en ambas industrias. Por ejemplo, tanto en la construcción naval como en la fabricación de aerogeneradores hay trabajadores de soldadura y del acero. Se necesitan habilidades similares. Si la industria militar crece de forma significativa, se producirá una fuerte competencia por la mano de obra.

Otro ámbito donde hay competencia es el de los minerales y las materias primas. Muchos de los minerales necesarios para la transición energética también se utilizan en la industria militar. El Ejército estadounidense está empezando a acumular minerales con fines militares. Por tanto, podría haber una mayor competencia entre ambos sectores.

Ha hablado con trabajadores del sector militar. ¿Están dispuestos a pasar al sector civil?

Diría que sí; así lo indican mis entrevistas y los estudios que se han realizado al respecto. Diría que en términos generales los trabajadores no dicen que quieran desesperadamente una transición, pero tampoco se oponen a ella. Se trata más bien de una ambivalencia: si tuvieran seguridad laboral, claro que estarían abiertos a hacer otra cosa. La clave es tener seguridad laboral.

Desde las instituciones, ¿qué política industrial haría falta?

En el pasado ha habido muchos casos de este tipo de transiciones. En el Reino Unido, tras la Primera Guerra Mundial, se produjo una transición de la industria militar a la civil. En EEUU, tras la guerra de Vietnam hubo muchos ejemplos. Y lo que se observa es que cuando una empresa lleva a cabo una transición sin mucho respaldo de la política industrial, resulta difícil. Para que tenga éxito, es necesario garantizar que exista una política pública que lo supervise.

Se utiliza dinero público para apoyar a la industria militar, pues se trata de contratos públicos, y se puede hacer lo mismo en el ámbito civil. En el Reino Unido contamos con empresas públicas. Lo que defendemos es que el gasto en contratación pública que proviene del ámbito militar, al menos una parte, puede destinarse a consolidar la base industrial civil del Reino Unido.

¿Y qué papel desempeñan los sindicatos y otros interlocutores sociales en este ámbito?

Son fundamentales. En mi opinión, la principal función de los sindicatos en Europa en este momento es oponerse a la transición de lo civil a lo militar, la reconversión que se está haciendo en la dirección equivocada. En Alemania hay una fábrica de Volkswagen en Osnabrück donde la empresa israelí de armamento Rafael está negociando con Volkswagen su reconversión para fabricar productos del sistema Iron Dome, lo que es terrible. Creo que el primer paso que deben dar los sindicatos es impedir este tipo de reconversión, porque incluso la dirección de Volkswagen ha dicho que no puede llevarla a cabo sin apoyo de los trabajadores.

En una visión más a largo plazo, también tienen un papel que desempeñar en una transición económica positiva, los sindicatos deberían participar en la elaboración de la política industrial. Las empresas públicas deberían contar con representación de los trabajadores, ya que en última instancia son quienes mejor conocen las competencias y capacidades de los centros de trabajo, así como lo que pueden aportar en una transición.

La mayoría de los gobiernos defienden aumentar el gasto militar y también gran parte de los medios. Es una tarea difícil defender lo contrario. ¿Cree que hay alguna posibilidad de cambiar la situación?

Sí, porque lo que tenemos ante nosotros es un poder estadounidense violento y en declive. Y a los políticos les resulta más difícil justificar esta alianza con Estados Unidos, dado que este país libra guerras ilegales y propaga la violencia por todo el mundo.

Al mismo tiempo, los políticos que apoyan el aumento del gasto militar están imponiendo a sus poblaciones los objetivos estadounidenses y los objetivos de gasto de la OTAN, y al hacerlo están quitando dinero a los servicios públicos, a las prestaciones sociales, a las pensiones... Y esto muestra a la gente que ese gasto militar no se está acometiendo por su bien. La gente verá que no se crean muchos puestos de trabajo, verá que estas empresas privadas van a ganar mucho dinero gracias al gasto público. Los intereses que hay detrás de lo que está pasando se irán haciendo más evidentes con el tiempo, y eso abrirá una oportunidad para darle la vuelta a la situación.

¿Cree que en la sociedad se cree en el argumento de la defensa como explicación del aumento del gasto militar?

Las encuestas muestran que la gente piensa que hay cierta relación. Si los políticos hablan mucho de defensa, a veces les puede salir bien, porque la gente oye hablar de defensa y piensa: ‘Oh, quizá sí la necesitamos’. Pero se han realizado estudios al respecto en el Reino Unido, y si se pregunta a la gente qué entiende por seguridad hablan del coste de la vida, de poder conservar su hogar. A veces también hablan del clima. Básicamente, hablan de poder satisfacer sus necesidades básicas. Así que, aunque la defensa pueda asociarse a veces con el ejército, la seguridad en realidad no tiene por qué estarlo. Un estudio muy interesante realizado recientemente en el Reino Unido muestra que cuestiones como las amenazas de Rusia o China, al igual que las de otros estados, ocupan un lugar muy, muy secundario en lo que la gente considera una amenaza para la seguridad. Mucho más importantes son las cuestiones relacionadas con la economía y la seguridad cotidiana de las personas y de sus comunidades. Así que, insisto, creo que existe la oportunidad de demostrar que la agenda convencional que se está impulsando en realidad no es cierta.