Markel de Bilbao Catediano
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Hezbollah, fuera del frágil acuerdo entre Líbano e Israel

La tregua nace rodeada de ambigüedad, con objetivos divergentes y un actor clave fuera de la mesa. Mientras Washington intenta apuntalar el pacto, su aplicación sobre el terreno y la reacción de Hezbollah anticipan un escenario frágil, condicionado por dinámicas regionales.

Un niño entre los escombros de un edificio destruido, junto a un retrato del anterior líder supremo iraní, el ayatollah Ali Jamenei
Un niño entre los escombros de un edificio destruido, junto a un retrato del anterior líder supremo iraní, el ayatollah Ali Jamenei (IBRAHIM AMRO | AFP)

Auspiciados por EEUU, el Gobierno de Líbano e Israel han llegado a un acuerdo de alto el fuego durante la pasada madrugada. Supeditado al cese total de los ataques del partido milicia chií libanés Hezbollah y a la evacuación de todos sus miembros del sector sur del río Litani, el acuerdo no ha incluido la participación de Hezbollah en ningún momento. El presidente libanés, Joseph Aoun, ha llegado incluso a declarar que el acuerdo representa una «última oportunidad» y advirtió de que, de lo contrario, cada parte asumiría sus propias responsabilidades. Según sus firmantes, esta primera fase de las negociaciones pretende ser el primer paso para alcanzar un acuerdo «integral» durante la semana del 22 de junio. Pero su eficacia y legitimidad penden de un hilo.

El acuerdo parece ser percibido de manera diferente por cada una de las partes. En el caso israelí, sus exigencias se centran en el desarme, desplazamiento y desmovilización de la milicia-partido, mientras que en la parte libanesa parecen estar más centrados en el respeto de las fronteras y el cese de los bombardeos. Así, el embajador de Israel en EEUU, Yechiel Leiter, ha querido hacer ver que este alto el fuego «depende totalmente» del «cese total de los ataques contra Israel y del desmantelamiento completo de Hezbollah y su infraestructura terrorista». Por su parte, la delegación libanesa ha reivindicado la necesidad del «respeto mutuo de las fronteras reconocidas internacionalmente», así como la «urgencia» de «aplicar plenamente el cese de hostilidades» conforme a los principios de integridad territorial y plena soberanía estatal. Dos interpretaciones que está por ver si son compatibles.

Para ello, el acuerdo prevé la creación de «zonas piloto» en las que las Fuerzas Armadas libanesas «asumirán el control exclusivo del territorio, excluyendo a todos los actores no estatales», es decir, Hezbollah. La debilidad y falta de legitimidad del Ejército libanés tratarán de ser paliadas mediante el compromiso de EEUU de «reforzar» su capacidad con el fin de «ejercer un control efectivo en todo el país». Ha de tenerse en cuenta que el apoyo popular y la base social de la que Hezbollah goza superan en muchas zonas del país a la del propio Gobierno libanés.

Ni voz ni voto

Las declaraciones de Naim Qassem, líder de Hezbollah, no han augurado mucha estabilidad a lo pactado. Más allá de calificar como «vergonzosas» las negociaciones del Gobierno libanés con Israel, Qassem ha declarado que el acuerdo de tregua equivale a «una rendición y una derrota», al considerarlo una «hoja de ruta para aniquilar a parte del pueblo libanés». En su comunicado, el líder ha querido remarcar que «las zonas israelíes al otro lado de la frontera seguirán estando amenazadas mientras el pueblo y las aldeas libanesas sigan siendo objeto de ataques por parte del Ejército israelí». Asimismo, rechazó los intentos de vincular el redespliegue del grupo a acuerdos políticos más amplios, afirmando que este se niega a establecer cualquier vínculo entre la presencia de Hezbollah y un alto el fuego o la retirada de Israel.

Por ello, y en línea con lo expresado por Qassem, la no inclusión de la milicia-partido en las negociaciones ha levantado dudas entre analistas sobre la viabilidad de lo acordado.

Déjà vu y continuidad

Por el momento, dado que el alto el fuego no entrará en vigor hasta 24 horas después de su firma, los ataques en el sur de Líbano han proseguido sin alteración alguna, tanto los dirigidos al Ejército israelí como aquellos dirigidos a poblaciones y localizaciones controladas por Hezbollah.

La continuidad de las operaciones en el sur, que el Ejército israelí ha afirmado que continuarán a pesar del acuerdo de alto el fuego, trae a la memoria el ejemplo de Gaza y cómo Israel interpretó a su gusto allí la «línea amarilla». Aunque hay un alto el fuego en Gaza, Israel sigue actuando contra cualquiera que se acerque a esa «línea amarilla». Según el periódico israelí Maariv, el Ejército israelí seguirá operando en el sur del Líbano, aunque con restricciones en cuanto a los ataques que puede llevar a cabo en Beirut.

Por si fuera poco, este alto el fuego podría incluso beneficiar a Israel, ya que le permite permanecer en el sur del Líbano, impide que la población regrese y le da la posibilidad de seguir llevando a cabo ataques en la zona. Como en intentos fallidos anteriores, este acuerdo no solo dependerá de lo establecido sobre el papel: el devenir de las negociaciones entre Washington y Teherán influirá sobremanera.

Alcanzado, según la delegación libanesa, bajo grandes dificultades y sin incluir en la mesa de negociación al actor determinante del propio acuerdo, el alto el fuego entre Israel y Líbano parece ser una mera rebaja, no eliminación, de intercambios militares que está lejos de encontrar un encaje definitivo.