«No considero una heroicidad combatir los incendios forestales»
Ángel Malanda (Madrid, 1980) es bombero forestal. Durante días ha estado apagando el fuego que ha carbonizado miles de hectáreas en el centro de la península ibérica. Defiende el monte y una manera de cuidarlo que nada se parece a la que hoy se aplica, más definida por intereses privados.

Lleva días trabajando en primera línea de los devastadores incendios que han asolado el centro de la península ibérica. ¿A qué se han enfrentado en esta ocasión?
A algo a lo que no estamos habituados. Todos hemos oído hablar de incendios de sexta generación. Algunos incluso hemos podido estar en medio de fuegos medianamente parecidos, pero nada igual a lo que nos hemos enfrentado en esta ocasión. Hubo noches con vientos que condicionaban el trabajo hasta el punto de que no había forma de meter mano a los incendios por ningún flanco. Esto nos dejaba la sensación de que todo ardía. Y cuando digo que todo ardía me refiero a cualquier tipo de masa susceptible de convertirse en combustible. Allí donde mirara había fuegos tremendos. En estos escenarios es muy difícil establecer una estrategia y decir a tus compañeros: ‘Bueno tíos, aquí podemos hacer algo’. Imagina a un herido que se está desangrando y tú le pones tiritas, pero es inútil porque la hemorragia es demasiado grande y masiva. Así han sido estos fuegos.
Las autoridades dicen haber tomado nota de la capacidad destructiva de estos nuevos incendios, pero cada verano se repiten incluso con mayor virulencia, como ha ocurrido ahora en Ávila, Madrid o en la Gironde francesa. ¿Qué está fallando?
Fallan muchas cosas. Lo más importante es que, como sociedad, hemos cambiado nuestros hábitos y, en muchos casos, hemos dado la espalda al mundo rural. El monte no se gestiona o se gestiona mal. Dejamos que se acumulen en las montañas depósitos de matorral, de arbolado y pastos cargados con muchísima energía. El caso que mejor conozco es la zona de Ávila y alrededores. Allí casi no hay ganado caprino y ovino. Y a nivel más global, nadie puede poner en duda el impacto que tiene el cambio climático. Las olas de calor se han vuelto recurrentes. Los días con calor tórrido se han adelantado a abril o mayo, las noches tropicales se multiplican, casi no se registran precipitaciones durante cuatro o cinco meses. Todo esto juega a favor de la aparición de fuegos devastadores que encuentran en ese combustible acumulado los ingredientes ideales para su propagación y su magnitud.
«He dejado que aflore el impulso de decir bien alto y claro que hemos hecho todo lo que hemos podido por apagarlos, y que nadie tiene derecho a pedirnos más»
Usted ha difundido una carta donde describe la frustración que le produce este tipo de incendios. ¿Por qué decidió contar sus emociones?
Por pura necesidad, por desahogo y por salud mental. He pasado cuatro noches, a cada cual peor, donde solo he acumulado emociones negativas, miedo y una impotencia que debía sacar fuera. Y pensé que la mejor manera de hacerlo era plasmándola en un papel. Me he rebelado contra la injusticia que rodea a los fuegos forestales y he dejado que aflore el impulso de decir bien alto y claro que hemos hecho todo lo que hemos podido por apagarlos, y que nadie tiene derecho a pedirnos más.
¿Por qué dice eso?
Porque hay gente que nos exige cosas totalmente irrealizables. No podemos parar monstruos como esos y menos aún si algunos no han hecho bien su parte del trabajo durante el resto del año. Me refiero a ciertos propietarios de parcelas, cotos, etc. que no limpian el monte. ¿Cómo quieren que vayamos a jugarnos la vida por apagar primero su chalet y todo lo que rodea a su chalet? Si a esa gente le sirven de algo mis palabras. Pues fantástico, y si no, pues allá ellos. Prefiero los mensajes de apoyo, solidaridad y comprensión que hemos recibido estos días todos y todas los que hemos peleado contra el fuego.
¿Considera que sigue faltando sensibilidad ética hacia la naturaleza, que se continúa viendo el entorno natural como un recurso a explotar, bien por turismo o bien por nuevas infraestructuras urbanísticas?
Estamos muy desconectados de la naturaleza. Hay mucha gente que se ha ido a vivir al campo o a zonas de montaña y no sabe las responsabilidades que conlleva su decisión. Solo piensan en lo estupendo que es estar rodeado de árboles y que le despierten los pajaritos, pero no se plantean que limpiar el entorno es indispensable. O que plantar un seto con determinadas especies de plantas es una auténtica locura porque propagan el fuego. Ellos lo justifican con la privacidad, pero yo les digo que nadie va al monte a ver cómo se bañan en su piscina privada. Cuando veo esas cosas, me estalla la cabeza, así que les sugiero que, por favor, eliminen esas plantas decorativas que tanto les gustan, las arizónicas, porque son un peligro. Ayer estuve repasando un manual de jardinería publicado por la Diputación de Girona y la Generalitat de Catalunya, y es una maravilla porque ilustra la cantidad de cosas que se hacen mal. Por eso creo que más que falta de ética, lo que define a esa gente es la inconsciencia. Viven una relación disruptiva con la naturaleza.
«Los héroes de verdad son aquellos que cruzan el Estrecho en busca de una nueva vida y están trabajando debajo de unos plásticos»
Usted ha dicho que no se considera ningún héroe por apagar incendios forestales, sino un trabajador como cualquier otro.
Yo tengo un sentimiento bastante acusado de clase obrera y entiendo que no hay heroicidad en que cada uno haga su trabajo, y en que lo haga bien. No es falsa modestia. Los héroes de verdad son aquellos que cruzan el Estrecho en busca de una nueva vida y están trabajando debajo de unos plásticos. No somos más importantes que una camarera de piso, que provee de comodidades a los turistas, pero tampoco menos que la cirujana que le salvó la vida a mi padre no sé cuántas veces. Yo soy bombero vocacional y amo mi trabajo. No hay proeza en mi labor pese a que, en ocasiones, tengamos que hacerlo en condiciones muy chungas.
¿Qué siente un bombero forestal al ver que se consume un castañar centenario?
En primer lugar, soy un ecologista recalcitrante y he luchado contra la construcción de megaproyectos urbanísticos en zonas protegidas que eran verdaderamente aberrantes y que han sido declarados ilegales en los tribunales europeos. Considero que agredir a la naturaleza es atacar nuestro porvenir porque la descompensamos y se vuelve loca. Ahora estamos viendo con terror estos tremendos incendios. Para mí, ha sido un tremendo varapalo este fuego. Yo me crié en un pueblito de la Sierra Oeste de Madrid que se ha carbonizado. Mi memoria está ligada al fuego que ha arrasado la zona en 1980 y en 1991. Por eso no me ha quedado otra opción que abstraerme, porque si pensaba dónde estaba trabajando, en la gente desalojada o en los árboles que se estaban consumiendo, que era donde jugaba cuando era niño, me hubiera venido abajo.
Cada vez que hay un incendio forestal surge el debate sobre la falta de inversión o la escasa atención que se presta en invierno. ¿Qué opina?
Todos sabemos que las competencias están delegadas en las comunidades autónomas. Por lo tanto, ellas son las responsables de poner medios, de las inversiones y de la planificación anual, aunque luego intenten eximirse de culpas cuando se desata la tragedia. También hay un grupo de bomberos forestales de élite dedicado a la extinción. Es fantástico, pero solo hay diez de todo el Estado. Yo, y la unidad a la que pertenezco, trabajamos para una empresa privada de capital público que se llama Tragsa, que es la que a mí me paga. Y las empresas, al fin y al cabo, buscan un beneficio industrial, un tanto por ciento, haciendo de intermediarios. Hacen las nóminas, compran algo de material y se llevan un porcentaje de dinero que recibiríamos los trabajadores si la gestión fuera pública. Su aportación a la lucha contra los incendios forestales es nula. Yo deseo que desaparezcan estas empresas porque creo firmemente en los servicios públicos de calidad, que garanticen mayor seguridad a las personas y trabajadores, exactamente igual que ocurre con los y las bomberas de una ciudad.
Se habla de la necesidad de llegar a un pacto contra el cambio climático. ¿Serviría de algo sin una modificación de los principios económicos?
En un sistema como el actual, donde la naturaleza es valorada prácticamente como una mercancía, está claro que no funcionaría. Además, hay que añadir que dentro de este capitalismo salvaje en el que nos encontramos han surgido partidos negacionistas con aspiraciones de gobierno, lo que convierte el pacto en una utopía. En todo caso, no sé si a estas alturas creo en los pactos de Estado, la verdad. Me fío más de la voluntad de la gente comprometida con la protección del medio ambiente. Yo hago trabajos silvícolas gratuitos en mi pueblo, por amor al arte y al entorno. Tenemos un modesto vivero donde criamos castaños, robles y encinas que luego plantamos en el monte, allí donde nadie ha plantado árboles autóctonos en los últimos 50 años. Es nuestra manera de contribuir a mejorar el entorno en el que vivimos y a cuidarlo para la próxima generación.
¿Quién es Ángel Malanda?
Es una buena pregunta. Creo que soy una persona sencilla y modesta en su forma de vida, pero con muchas inquietudes. Un enamorado de la naturaleza con unos principios muy firmes. También soy una persona vulnerable, que lloro ante lo que me supera y que no tengo madera de héroe ni lo pretendo -«y muy generoso», añade a su espalda su pareja-.

Preocupación por algunos episodios de agresiones y amenazas a veraneantes vascos en Laredo

Oihane Mateos EITBko kazetaria hil da

Etxebarria rectifica y pide perdón a Kerejazu tras criticar su discurso sobre el 3 de Marzo

La erupción del Etna suspende varios vuelos con destino a Sicilia
