La memoria del cura Carlos Mugica sigue «pateando» las villas argentinas
Sobreviviente del atentado contra el cura villero Carlos Mugica, Ricardo Capelli explora en su libro «Antes y después del asesinato de mi amigo, el padre Mugica» los años compartidos con uno de los mayores emblemas del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo, muerto por la Triple A en 1974.

Vivir para contarla, memorial autobiográfico de Gabriel García Márquez –una de las plumas más reconocidas del boom latinoamericano de mediados de siglo pasado–, acaso sirva para ilustrar la historia de alguien que ha transitado tanto, que en su vida pueden caber muchas vidas.
Es el caso de Ricardo Capelli (89 años). Amigo y confidente de uno de los rostros más emblemáticos del grupo de religiosos que irrumpió en los años 60 y 70 en un escenario social que bullía, el autor de “Antes y después del asesinato de mi amigo, el padre Mugica” (Grupo Editorial Sur, 2024) es, ante todo, un sobreviviente. Tras más de veinte años de compañerismo y militancia, Ricardo Capelli fue acribillado junto al cura villero el 11 de mayo de 1974.
Sobrevivió a un traslado clandestino y a 14 operaciones. El testimonio de Capelli fue clave para identificar al autor del atentado, (Eduardo Almirón Serna, integrante de la organización parapolicial Alianza Anticomunista Argentina, Triple A), que fue descubierto en 2006 por un medio español en una casa del barrio de Xellinet, en la localidad de Torrent, a diez kilómetros de Valencia.
«Fueron veinte años los que pasé con Carlos –Mugica–. La gente me decía que tenía que escribir un libro. Me lo repetían una y otra vez. En gran medida me ayudó la pandemia y el hecho de que nos quedásemos encerrados en casa. Empecé a tirar de los hilos de una memoria que no tenía idea que estaba ahí y salió esto, lo que pude hacer. Fui armando todo y quedó lo que viene siendo una historia no tan conocida de un confidente de Mugica, uno no creyente», señala quien se reconoce ateo y racionalista; enfatizando que ni siquiera las diferencias de credo mellaron el vínculo entre ambos.
De cuna aristocrática y antiperonista, Carlos Francisco Sergio Mugica nació el 7 de octubre de 1930 en una Argentina convulsionada y bajo estado de sitio. A diferencia de sus hermanos, «Carlitos» no tuvo formación religiosa pero a los trece fue elegido delegado del grupo de aspirantes a la Acción Católica.
Ricardo Capelli lo conoció por casualidad cuando se coló en un cumpleaños de su hermana Marta. Se hicieron amigos y pasaron a ser compañeros inseparables. Desde el Vaticano soplaban vientos de cambio y 1950 fue un año decisivo para Mugica, que, ante el llamado del papa Pío XII a promover la justicia social a favor de los desposeídos, viajó a Europa y participó en una multitudinaria bendición en la plaza de San Pedro. Allí supo que sería cura.

En 1952 ingresó en el Seminario arquidiocesano de Villa Devoto en un contexto de disputa entre el Gobierno peronista y la Iglesia. «En 1955 fuimos a la plaza a festejar la caída de Perón. Estábamos eufóricos, convencidos, con el pañuelo en alto, gritando ‘libertad, libertad’ mientras en el Gobierno estaban (el presidente de facto de «la Libertadora» Eduardo) Lonardi y el almirante (Isaac) Rojas. Pero visitamos los conventillos cercanos a la iglesia Santa Rosa de Lima, siempre íbamos, a mí me gustaba acompañarlo. Y notamos tristeza en la gente: estaban desolados. En una pared, leímos: ‘Sin Perón no hay Patria ni Dios. Abajo los cuervos’. A Carlos le impactó leer eso. Los cuervos eran los curas. ¿Cómo podíamos estar alejados del pueblo? Dijimos, acá alguien está equivocado, o lo estamos nosotros o lo están ellos. Y nos dimos cuenta de que habíamos estado errados. A partir de ahí empezamos a trabajar con los vecinos de las barriadas olvidadas. Fueron tiempos de grandes conversiones para Carlos», rememora Capelli respecto al antiperonismo inicial del cura.
Nucleado en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), contracara de la Iglesia que pregonaba la «justa violencia de los oprimidos» y fundador del movimiento de Curas Villeros, en los 70 Mugica ofició como capellán en la iglesia San Francisco Solano al tiempo que daba clases en la Universidad del Salvador, reconociendo la actividad de la guerrilla y proyectando el Movimiento Villero.
El problema del acceso a la vivienda desvelaba a Mugica, y merced a su lineamiento con el peronismo, aceptó un puesto ad honorem en el Ministerio de Bienestar Social a cargo del «Brujo», José López Rega, cuyos planes en absoluto coincidirían con los del carismático sacerdote.
«Antes de que aceptara, hicimos varias reuniones. Era difícil definir si había que hacerlo o no, pues sabíamos quién era López Rega. Era como ir a trabajar con el enemigo. Por mi parte, sugerí aceptar; era tal vez, una posibilidad de conseguir cosas necesarias para la gente del barrio y de otras villas. (…) Era un trabajo realmente angustiante pues ahí nos enterábamos de cómo estaba la pobreza y la exclusión diseminada en muchos rincones de nuestra tierra. Pasábamos pedidos a las oficinas, algunos con carácter de muy urgentes y no recibíamos ninguna contestación. Carlos nos dijo: ‘no vayan más, se acabó’, y renunció en desacuerdo con la política desarrollada en el área, que terminó impulsando la erradicación de la villa. Por medio de revistas y publicaciones, denunció que en el Ministerio de Bienestar Social estaban estafando al pueblo», recuerda Capelli en el capítulo que desarrolla el enfrentamiento con el siniestro ministro, antesala del atentado sufrido.
En un contexto marcado por el viraje hacia la derecha y con la Triple A infundiendo el terror en las calles, la respuesta desde el poder fue denunciar un supuesto desvío de fondos del sacerdote de los pobres. Mugica, en tanto, arremetió contra la maniobra de López Rega desde cuanto púlpito tuvo a su alcance, uno de ellos, las homilías del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), espiadas por la organización paraestatal.
Recuerdos de la muerte
El 11 de mayo de 1974 la Triple A mató a Carlos Mugica, emblema del MSTM a la salida de la iglesia de San Francisco Solano (provincia de Buenos Aires) donde había oficiado misa. Allí lo esperaba su amigo y colaborador. Iban a ir a un cumpleaños en la villa 31. Aquella noche, ninguno intuyó que los cercaría la muerte. Ricardo Capelli recibió cuatro balazos y reconoció al autor del ataque cuando cayó por el impacto de la balacera: era Eduardo Almirón Serna, custodio de José López Rega en Bienestar Social y cabeza visible de la Triple A.
Gravemente heridos, ambos fueron trasladados al hoy inexistente hospital Juan F. Salaberry. Antes de entrar en quirófano, Mugica pidió que atendieran primero a su compañero. «A mí una bala me atravesó una arteria. La idea era que me dejaran morir, yo no era nadie. Pero cuando el cirujano le habló, Carlos insistió en que debían atenderme a mí; ‘primero hay que salvar a Ricardo’, dijo. Eso lo supe mucho después. Apareció un médico amigo y preguntó en la guardia cómo estaba Carlos. Le dijeron que no era nada y se dio cuenta de que nos dejarían morir. Gracias a él, a las pocas horas me sacaron del Salaberry y me llevaron al hospital Rawson, así como estaba. Me sacaron clandestinamente, con los tubos, con el oxígeno, con todo. En dos días me operaron catorce veces. Sólo seis con anestesia. Mi anestesia era morder un trapo», rememora.
Cuarenta años después del atentado, en 2014, Capelli mantuvo un encuentro inesperado con el cirujano Marcelo Larcade, el médico que los atendió cuando fueron llevados al hospital Salaberry. La cita se desarrolló en la redacción del diario “Tiempo Argentino” y en esa charla, Capelli supo detalles que desconocía hasta ese momento.
Larcade le contó que los recibió en la guardia. Que ambos estaban despiertos y lúcidos. Que el quirófano estaba lleno de matones de civil, que esperaban la certificación de la muerte del cura. Que, cuando iba a trasladarlo para atenderlo, Mugica le dijo: «No. Opérale a él». Que le explicó que sus heridas eran más importantes pero insistió: «No quiero que me operes a mí antes que a él». Entonces, como lo suyo era más rápido, le hizo caso. Que operó a Mugica durante dos horas. Que, cuando anunció su muerte, habiendo peleado con un cuerpo con catorce orificios de bala, el quirófano quedó vacío.
Secuestrado y torturado
En 1978, ya bajo dictadura cívico eclesiástica militar, Capelli fue secuestrado y torturado durante tres meses. Tras ser liberado, y bajo un silencio forzado de años, volvió a la villa en uno de los aniversarios del fatídico ataque.
«Estuve amenazado muchos años, me llamaban todos los días para decirme que iba a morir. Así fue hasta 1983-84. Dejé mi trabajo de operador en la bolsa de cereales. Declaré en la causa ante el juez Oyarbide. Y reaparecí en la villa en 1999, el 11 de mayo. Festejé algunos cumpleaños allí y siempre estoy», manifiesta.
A través de un decreto de urgencia, por el que María Estela Martínez de Perón nombró a López Rega «embajador plenipotenciario en Europa», el funcionario huyó a España en 1975 acompañado de su custodio Almirón Serna, quien frecuentó grupos de ultraderecha europeos hasta ser extraditado.
En 1983 trascendió que trabajaba como jefe de la custodia del dirigente del PP Manuel Fraga Iribarne. En 2008 fue trasladado al penal de Marcos Paz, acusado de al menos una docena de crímenes, pero no llegó a ser condenado: sufrió una embolia cerebral que obligó a retrasar el proceso. Murió impune en junio de 2003, hospitalizado, a los 73 años.
El padre Mugica fue declarado de Interés para la Comunicación Social y la Defensa de los Derechos Humanos por la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires en agosto de 2025. La memoria de Mugica desmitificada del santo de la estampita a través de los ojos de su amigo, sigue pateando las villas y cada subsuelo vulnerado de la Argentina profunda.

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