Karlos Zurutuza
Kazetaria / Periodista

«¿Volver a casa? ¡Mi ciudad está en ruinas!»

Suman millones por todo el país, pero comparten una historia común de dolor por lo vivido e incertidumbre ante lo que está por venir. Mientras tanto, el día a día es una lucha sin cuartel.

Zoia (izquierda) y Sandra (derecha) junto a otros dos desplazados en un refugio improvisado a las afueras de Uzhgorod.
Zoia (izquierda) y Sandra (derecha) junto a otros dos desplazados en un refugio improvisado a las afueras de Uzhgorod. (Karlos ZURUTUZA)

Basta sentarse en una de esas terrazas del centro de Uzhgorod y afinar el oído: si es ruso lo que uno escucha, lo más probable es que se trate de ucranianos llegados del este del país. Tras más de cuatro años de guerra en Ucrania, Uzhgorod ha pasado de ser un popular destino turístico a convertirse en una «ciudad puente» humanitaria de Ucrania. Hasta aquí llegan cientos de miles de desplazados internos y por aquí pasa la ayuda que entra por la frontera. Hungría está a 20 kilómetros y Eslovaquia a apenas cinco.
 
Natalia llegó aquí hace tres años desde Lugansk junto con su marido y ha perdido todo contacto con sus vecinos en su aldea natal. «Al principio pensamos que serían solo unos meses, pero hoy no creo que volvamos a ver nuestra casa nunca más. Solo sé que la ocupa una familia rusa. Espero que la cuiden bien», explica esta mujer de 68 años, desde un banco frente al río Uzh. Dice que tiene un hijo en Chequia y otro en el frente, además de tres nietos en Kiev. Son ellos los que la retienen en el país; no tiene planes de moverse a corto plazo.
 
«Lo peor es la impotencia. Cada día que pasa es eterno: no dejo de pensar en ellos, pero. ¿qué puedo hacer?», lamenta la desplazada.
 
ACNUR reporta que más de seis millones de ucranianos han abandonado el país desde que, en febrero de 2022, Rusia lanzó una ofensiva a gran escala para invadir Ucrania. Según la ONG, el número de desplazados internos (IDPs) como Natalia rozaría los cuatro millones. Probablemente sean muchos más. Si bien las cifras oficiales para la región de Transcarpacia (Uzhgorod es su capital) rondan los 130.000, fuentes de la Cruz Roja en la ciudad apuntan a que pueden ser más del doble. «Muchos de ellos no se registran por miedo a ser enviados al frente, pero sabemos que están aquí porque les identifica su teléfono», explican responsables de la oenegé desde su sede en la ciudad.
 
María, de 22 años, pertenece a ese grupo de los no registrados; no puede recibir ayuda en forma de alimentos, medicinas o ropa que ofrecen las oenegés desplegadas sobre el terreno. Llegó aquí con su novio hace dos años desde Donetsk, pero él no está exento del servicio, por lo que trabaja on line desde casa. «Mi hermano y mi padre están en el frente y mi madre sigue en Donetsk. Creo que ya es suficiente, no tengo ganas de añadir más drama a mi vida», dice la joven ucraniana, mientras intenta dar la merienda a un niño de carrito. Con su trabajo de canguro y lo que gana su novio apenas les llega para pagar un alquiler de casi 500 euros mensuales, pero no han encontrado nada mejor. Además, han descartado volver a su pueblo de forma definitiva. «Está completamente destruido. Si acaba la guerra nos mudaremos a Jarkiv», adelanta María.
 
La llegada de cientos de miles de desplazados internos a regiones occidentales alejadas de la zona de guerra como esta ha hecho explotar la demanda de vivienda, pero no la oferta. La ley obliga al Gobierno a ofrecer una solución de vivienda a los IDPs, llegándose a habilitar muchos campamentos de verano. El problema es que la mayoría están ya saturados y no ofrecen refugio frente al rigor del invierno ucraniano. Así, muchos desplazados dependen de un sector del alquiler privado en el que se han disparado los precios. Por supuesto, eso también afecta a la población local: si a la privativa oferta habitacional se le suma la falta de trabajo, las posibilidades de emanciparse e iniciar un proyecto de vida para un joven de la región son prácticamente nulas. Las mujeres pueden cruzar la frontera, no así los hombres mayores de 22 años, ni siquiera los exentos del servicio militar. No mientras dure la guerra.
 
Solución «temporal»

En Uzhgorod no hay terraza más codiciada que la de la última planta del edificio Pannonia. La carta más exclusiva de la ciudad y una vista panorámica sobre las cúpulas y campanarios de las iglesias de la ciudad, recortadas sobre la cordillera de los Cárpatos, hacen que sea imposible reservar una mesa para cenar en lo que queda de mes. También aquí habla ruso, y en dosis muy generosas. El personal confirma que muchos de ellos son desplazados del este del país.
 
Como en cualquier otro ámbito, los ricos suman un porcentaje anecdótico dentro de este colectivo. Fue la urgencia más apremiante la que hizo que se acondicionaran escuelas o edificios abandonados por todo el país para acoger a aquella marea humana. Un antiguo bloque de oficinas a las afueras de la ciudad es hoy lo más parecido a un hogar para 35 personas. Los baños y la cocina comunes siguen ahí, pero donde antes había despachos y ordenadores hoy hay camas y ropa colgando de armarios improvisados.
 
Como el resto, Alina también pensó que sería una solución temporal, pero son ya cuatro años desde que esta mujer de 33 abandonó Sloviansk con sus dos hijos. De hecho, celebraron el primer cumpleaños del pequeño aquí. Tiene ya cinco. Estar registrada como IDP le otorga prestaciones como una guardería gratis para el pequeño o un bono para las comidas en la escuela del mayor (tiene 14). Prefiere no mirar atrás porque, dice, solo ve el infierno. «Era apocalíptico. Los bombardeos eran constantes y había drones allí donde miraras, como si fueran pájaros o moscas», recuerda desde una sala común. «¿Volver a casa? ¡Mi ciudad está en ruinas! Lo que más me preocupa ahora es sacar de allí a mis padres. No sé cómo hacerlo».
 
No es el caso de Ludmila. Tiene 64 años, es de Kiev y aún podría volver a casa si quisiera. De hecho, su hija y su nieta permanecen en la capital y, cuando la situación y sus fuerzas se lo permiten, se sube a un tren y les hace una visita. Siempre es muy corta porque, cuando empezó todo, Ludmila pasó semanas durmiendo sobre un colchón en el metro y sin salir a la superficie. Pagó aquello con su salud, tanto física como mental. Rompe a temblar mientras explica que sigue sufriendo ataques de pánico. Luego se disculpa por no poder contarlo todo «como es debido». Realmente no puede.
 
Están todos aquí gracias a la labor de voluntarios como Victoria Räcz, una mujer de Uzhgorod de 47 años que también ha facilitado este encuentro. Es una de las fundadoras de Western Unity, una oenegé local que surgió hace dos años impulsada por la emergencia humanitaria. «Sé de otros siete lugares como este en la región, pero probablemente sean muchos más. Había que hacer algo, no podíamos dar la espalda a toda esta gente», dice Räcz. Uno de los grandes desafíos cuando acabe la guerra, añade, será «convivir con todos los demenciados, tanto los que vuelvan del frente como los que perdieron la cabeza en casa». 
 
Alguien sugiere acercarse al invernadero que la comunidad gestiona en el exterior del edificio. Además de aprovisionar de hortalizas a la comunidad, es lo más parecido a una oferta de ocio en esta coyuntura. De camino, Zoia, de 76 años, añade que ella es la que se encarga de hacer pan para todos; por algo fue panadera durante 40 años. Pero eso fue en otra vida, antes de huir de su Pervomayskoye natal hace ya tres años. «Me subí a un autobús, luego a un tren y vuelta a un autobús, siempre sin saber a dónde iba... Al menos tuve la suerte de encontrar este sitio gracias a voluntarios que esperaban en las estaciones».
 
Es un calco de la historia de Sandra, una anciana de 80 años de Severodonetsk. Tiene una hija en Canadá, pero a ella le da miedo un viaje tan largo a su edad. Hace tiempo que descartó volver a casa algún día, e incluso abandonar siquiera el bloque de oficinas. Dice que se quedará aquí. Matará el tiempo que le queda estudiando inglés en Duolingo y escribiendo en un cuaderno de facturas que encontró en una estantería.