Mikel Zubimendi
Aktualitateko erredaktorea / redactor de actualidad

El diésel dispara el pánico, que podría alcanzar surtidores y urnas

Donald Trump presionaba a Berlín y París: o reducen sus reservas de emergencia o restringirá las exportaciones de diésel de EEUU. Esta semana ha anunciado que Europa aceptaba liberar una «cantidad masiva» de reserva. 

Trabajador repostando en una gasolinera de Roma. Los precios del diésel en Italia están en máximos históricos. A la izquierda, pantalla con los precios en Bruselas, de récord también.
Trabajador repostando en una gasolinera de Roma. Los precios del diésel en Italia están en máximos históricos. A la izquierda, pantalla con los precios en Bruselas, de récord también. (Andreas SOLARO, Nicolas TUCAT | AFP)

La crisis golpea con fuerza. Y podría descontrolarse hasta llegar a las colas despavoridas en las gasolineras y un castigo sin paliativos a los gobernantes en las urnas. Los elementos se están alineando y la mezcla podría desparramarse. Poca broma: el 20% de las gasolineras francesas enfrentan problemas de abastecimiento de diésel por las dificultades para recibir nuevos cargamentos. El suministro global sufre interrupciones, el tráfico por el estrecho de Ormuz está prácticamente cortado, la paralización del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí, las restricciones a las exportaciones rusas tras los ataques a sus refinerías, y el horizonte de una derrota de los aliados de Donald Trump en las elecciones de mitad de mandato que se celebrarán en un mes.

Ciertamente, el precio del diésel ha entrado en un territorio desconocido. Y en la medida que aumenta, también lo hace la presión a los gobiernos y el enfado popular. Y es que el perjuicio no es solo para los conductores al repostar, sino para cualquiera que compre bienes o servicios que dependan de camiones y furgonetas diésel. Sí o sí, los consumidores van a pagar. Supermercados, industria, construcción, agricultura, comercio electrónico e innumerables sectores que dependen del transporte de mercancías por carretera. Así es el mundo en el que vivimos: un acontecimiento geopolítico o una decisión política tomada a miles de kilómetros de distancia pueden propagarse rápi-do hasta nuestra bolsa de la compra. Desde la refinería hasta el buque cisterna, pasando por la empresa de transporte, el centro de distribución y la estantería del supermercado, el coste lo acabará pagando el consumidor, la gente trabajadora.

El viernes, Trump anunció que Europa aceptaba liberar una «cantidad masiva» de reservas, y el G7 se sumó al liberar coordinadamente 100 millones de barriles de diésel para intentar estabilizar los mercados energéticos, según la oficina del presidente francés, Emmanuel Macron.

Trump amaga, Europa se tensiona

Queda apenas un mes para las elecciones de medio mandato en EEUU y los republicanos están pasando de la poca fe al pánico puro y duro. El clima político no les favorece y tienen altas posibilidades de perder, no solo la Cámara de Representantes, sino incluso el Senado, según las encuestas y la prensa. Y en las últimas semanas, el panorama electoral para los republicanos ha empeorado drásticamente. Los precios de la gasolina están por las nubes, el diésel marca un nuevo récord casi a diario, y Trump acaba de declarar que la guerra con Irán no terminará hasta «después de las elecciones de medio mandato».

Y con ese panorama, y una geopolítica que sigue tensionándose, Trump estaba considerando «muy seriamente» una prohibición de exportación de 90 días para ofrecer un alivio temporal a los hogares estadounidenses frente a los elevados precios en las gasolineras. Según datos de S&P Global Energy, EEUU consumió 4,1 millones y exportó 1,5 millones de barriles de diésel por día durante este año. La semana pasada, el precio alcanzó los 6,52 dólares por galón, equivalentes a 1,72 por litro. Se trata de un incremento del 73% frente a los 3,77 por galón, o 99 centavos por litro, registrados poco antes del inicio de la guerra contra Irán.

La Casa Blanca cuestiona especialmente a Francia y Alemania por considerar que no cumplieron con compromisos anteriores para liberar reservas de emergencia de petróleo y productos derivados. Otras fuentes indican que Washington pedía a la UE liberar 120 millones de barriles de diésel durante los próximos seis meses. La UE ha reaccionado con «preocupación» ante la eventualidad de que el diésel estadounidense no llegue al mercado global. Para Europa, podría resultar muy grave. Las exportaciones de diésel estadounidense han representado un tercio de las importaciones este año, debido al desplome del suministro procedente de refinerías afectadas por la guerra en Oriente Medio y Rusia. El pasado mes de agosto, EEUU abasteció cerca de la mitad de las importaciones de diésel de Europa.

Los precios en las gasolineras ya han alcanzado máximos históricos en varios estados de Europa. Es poco probable que las estaciones de servicio de toda Europa se queden sin combustible, ya que produce en sus propias refinerías cerca del 70% del diésel que consume y, además, cuenta con reservas almacenadas. No obstante, los expertos temen que la competencia por adquirir cargamentos en el mercado mundial provoque un aumento de los precios. Perder los cargamentos de EEUU obligaría a los compradores europeos a competir con los asiáticos por los escasos cargamentos disponibles procedentes de Oriente Medio e India, en un mercado mundial que ya es altamente competitivo.

El pánico como factor

A veces basta con un foto de una gasolinera con un cartelito de «sin diésel» para que en la conversación pública se hable de desabastecimiento. Ya se sabe que el pánico corre más rápido que los datos, aunque luego la realidad sea siempre más matizada, pero no menos grave. No es que vamos de cabeza a un escenario de escasez generalizada, pero tampoco tendremos tranquilidad completa. Basta con llenar el depósito del coche o de ver cuál es el precio de la bolsa de la compra para ver que la inflación pura ha llegado a los surtidores, y que eso no es un cuento histérico de internet. Siendo conscientes de que el cartelito «sin diésel» pone nerviosos a los conductores y que muchos acuden en masa a esas gasolineras, lo que provoca un aumento en el volumen de ventas, y la estación no tiene tiempo para reabastecerse, lo que genera pánico.

Carlos López lo explica bien en su “Blog del Euribor” cuando describe esa guerra que nadie quería y el estrecho que todos necesitan. El origen del problema tiene nombre y apellido: la guerra de EEUU e Israel contra Irán, que desde finales de febrero ha convertido el estrecho de Ormuz en un cuello de botella crítico. Por ahí pasaba, en condiciones normales, una quinta parte del petróleo que el planeta consume y, ahora, hay días en los que cruzan tres buques. Cuando el tráfico de una arteria energética global cae así de rápido, el mercado lo nota antes que cualquier gasolinera.

Y no solo Ormuz. Rusia, con sus refinerías bajo ataque constante de drones ucranianos y restringiendo voluntariamente las exportaciones para proteger su mercado interno, ha retirado del circuito otro tanto de producto. Entre ambos frentes, se calcula que el mercado global ha perdido cerca de 1,6 millones de barriles diarios de exportaciones de diésel desde febrero.

Y ahora Washington amaga con cerrar el grifo. Otra vez, una vez más, la tentación y la vieja paradoja del proteccionismo energético: cerrar la puerta de salida no siempre abarata lo que se queda dentro, y casi siempre tiene efectos boomerang.

Y no es solo un problema americano. El diésel es un mercado global, no compartimentos estancos por estados. Cuando EEUU compite más agresivamente por cargamentos -y cuando la oferta rusa y la de Oriente Medio siguen mermadas- el precio sube para todos. La cadena de transmisión es conocida: el transporte y todo lo que llega a las estanterías más caro, más presión inflacionista, más motivos para que el Banco Central Europeo se lo piense dos veces antes de seguir bajando tipos.

Lección de fondo

No, las cosas no pintan nada bien, aunque la noticia de que Europa liberará 100 millones de barriles de sus reservas pueda parar la subida de los precios. Se acerca el invierno y Europa está en una crisis energética que pocos hubieran imaginado y que ha precipitado aquella advertencia de que «la era del petróleo llega a su fin», pero no porque la demanda caiga, sino porque la oferta ya es escasa.

Lo más interesante aquí no es si las gasolineras se quedan o no sin diésel un día cualquiera. Es la fragilidad que revela: un foco de conflicto en Oriente Medio, sumado a una campaña de bombardeos contra refinerías rusas, ha bastado para tensionar el mercado energético mundial hasta niveles que no se veían en décadas. La energía sigue siendo, pese a todo el discurso sobre transición y diversificación, el talón de Aquiles de la economía global. Y cuando ese talón se resiente en el Golfo Pérsico, el eco se escucha -con más o menos retraso- en cualquier gasolinera de Europa.