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Operación Ogro, la acción que sacó de su letargo al franquismo

Los cables del departamento de Estado de EEUU muestran que el atentado contra Carrero Blanco pilló desprevenido tanto al Estado español como a la propia embajada en Madrid, situada a pocos metros de la explosión. Aparentemente, nadie veía a ETA capaz de ejecutar semejante operación.

Instantáneas posteriores al atentado contra Carrero Blanco. (Enciclopedia Txalaparta)

Este año se cumplen 40 años del atentado que acabó con la vida del presidente del Gobierno español, Luis Carrero Blanco; una acción que, inevitablemente, también recogen los cables de Kissinger –mensajes diplomáticos de los EEUU entre los años 1973 y 1976 publicados recientemente por Wikileaks–. Como ya informó ‘Público’ recientemente, nada parece indicar que la embajada de EEUU –situada al lado del lugar del atentado– estuviese al corriente de la capacidad de ETA de asestar semejante golpe al régimen franquista. De hecho, no se advierte de ninguna amenaza hasta el mismo 20 de diciembre de 1973, cuando un cable escueto, digno de un telégrafo, se limita a informar de la muerte del almirante –y de que el personal de la embajada escuchó la explosión–. Y eso que en los días previos el entonces secretario de Estado de EEUU, Henry Kissinger, estuvo en Madrid, con un gran despliegue de seguridad.

Aunque es destacable que el embajador estadounidense, Horacio Rivera, habló desde el primer momento de un atentado –las primeras versiones hablaban de una explosión de gas–, la primera valoración algo extensa no se produce hasta seis días después, cuando envía un cable al Departamento de Estado asegurando que «la reacción española dominante ante el asesinato de Carrero Blanco ha sido la de una brusca toma de conciencia de que la violencia puede golpear España a alto nivel, a pesar de la seguridad y la estabilidad de las que los Gobiernos de Franco se han enorgullecido de mantener durante largo tiempo».

Pese a asegurar que la situación es de calma y que Carrero Blanco «no era una figura popular ni carismática», advierte de que «hay algunas llamadas emocionales a la venganza», anticipando la reactivación de los elementos más ultras del régimen, que en los meses siguientes se visualizaría con el estado de excepción en Gipuzkoa y Bizkaia, las agresiones y atentados parapoliciales, la aprobación de una nueva ley antiterrorista y la condena a muerte de Txiki, Otaegi y los tres militantes del FRAP. Una reactivación que también quedaría de manifiesto en la campaña del sector más ultra contra el sucesor de Carrero Blanco, Carlos Arias Navarro, y su cuestionable programa de apertura.

Por cierto, un Arias Navarro del que la embajada estadounidense ni siquiera habla cuando aborda a los posibles sucesores del almirante, echando por tierra la supuesta omnisciencia de la diplomacia estadounidense, cultivada durante tantos años por la industria cinematográfica. Otro elemento que muestra las fallas de la observación estadounidense es el empeño de Rivero, en al menos dos de los cables, en relacionar la Operación Ogro con el proceso 1001 contra la dirección de las Comisiones Obreras, también conocido como el ‘juicio a los 10 de Carabanchel’.

Dudas sobre la «inteligencia española» y apoyo al régimen

El cable antes citado –el más extenso de cuantos hablan de la Operación Ogro– también informa de la identificación de seis vascos que «buscan refugio en Francia» como supuestos responsables del atentado. El embajador, sin embargo, no duda en coger con pinzas esta información: «La celeridad en la identificación de los asesinos ha hecho que algunas fuentes se cuestionen la autenticidad de esta identificación, sugiriendo que las autoridades, bajo presión para demostrar progresos en la investigación, habrían sacado los archivos de extremistas vascos previamente identificados».

Otro elemento significativo en torno a la muerte de Carrero Blanco fue su funeral, al que Franco anunció que no acudiría por una gripe. Sin embargo, en un cable enviado el día 21, el embajador Rivero explica que el caudillo «fue capaz de recibir en el Pardo al vicepresidente Ford y al primer ministro portugués Caetano». «Las posibles explicaciones de la ausencia de Franco en el funeral de su colaborador más cercano son que Franco esté tan profundamente conmovido por la pérdida que quiera evitar cualquier muestra de emoción en público; o por un motivo de seguridad, para evitar que Franco coincida con la multitud en el funeral», añade.

De lo que no vuelve a quedar ni un ápice de duda es de la complicidad de EEUU con la dictadura franquista, dada la presencia del vicepresidente Gerald Ford en el funeral. Un hecho del que el embajador Rivero no duda en vanagloriarse en otro cable: «La presencia del vicepresidente Ford ha generado comentarios muy positivos y oficiales españoles han trasladado a la embajada el agradecimiento del Gobierno español; todos los periódicos dan un tratamiento de primera línea a su presencia».