La iniciativa militar se negocia, pero solo una vez
En espera de que se conozca el verdadero alcance de la derrota y/o rendición ucraniana en el eje estratégico de Debaltsevo y de que se depuren las eventuales responsabilidades políticas en Kiev, hemos asistido estos días a un juego, macabro pero juego, en el que los rebeldes del Donbass y su aliada Rusia tenían la sartén por el mango.
Estos últimos no han olvidado que Ucrania y sus próceres occidentales aprovecharon la primera edición de los acuerdos de Minsk en setiembre para obligar a los rebeldes a frenar una ofensiva militar que les llevaba en volandas.
Esta vez no. Como quedó en evidencia al observar los rostros de preocupación de la canciller alemana, Angela Merkel, y del presidente ucraniano, Petro Poroshenko, los líderes de los enclaves prorrusos de Donetsk y Lugansk estaban dispuestos a firmarlo todo, animados por el inquilino del Kremlin, pero ya habían tomado la decisión de proseguir con la ofensiva para expulsar al Ejército ucraniano de Debaltsevo y unir así el territorio de ambas repúblicas irredentas.
No se explica de otra manera que, aprovechando el alto el fuego más o menos observado en buena parte del territorio en disputa, los rebeldes decidieran concentrar tropas y artillería en torno a este nudo ferroviario, mientras el sitiado Ejército ucraniano se cocía en su propia salsa.
Así, les han bastado unos días desde la firma de Minsk 2 -unos días y la inestimable colaboración militar rusa (hay rumores que apuntan a que el sitio final de Debaltsevo habría sido dirigido por un general ruso)- para propinar a Kiev una de sus más sonoras y dolorosas derrotas militares.
El tiempo dirá si los rebeldes de Nueva Rusia deciden mantener su actual iniciativa militar y optan por seguir su ofensiva hacia el oeste. Nada apunta a que, en ese caso, el Ejército ucraniano pudiera frenarles, tanto si decidieran proseguir hacia el norte (Lugansk) como si optaran por lanzar el ataque final sobre Mariupol. Ni siquiera si EEUU hiciera efectiva su amenaza de ofrecer armamento letal a Kiev. A este paso, ese armamento no caería ya en manos de los voluntarios de extrema derecha ucranianos sino de los propios rebeldes. O de Moscú.
La UE deberá fiarlo todo a la voluntad del presidente ruso, Vladimir Putin, quien ayer tenía previsto hablar por teléfono con Angela Merkel y con el presidente francés, François Hollande, quienes hace dos días decidían, «oportunos», incrementar las sanciones contra Rusia. El inquilino del Kremlin sonríe.