El guardían de los tratados cuenta un cuento sobre la UE y sus maravillas
La sexta sesión de los diálogos europeos celebrada en el museo de San Telmo de Donostia, en medio de un fuerte dispositivo de seguridad, protestas en la calle y poco público, contó con la participación de Duraro Barroso. Dejó un relato que sonó al de Alicia de Lewis Carroll: «Barroso en la UE de las maravillas».
Había más interés periodístico que entusiasmo ciudadano por escuchar al expresidente de la Comisión Europea en Donostia. Mucho ertzaina, intelectuales que le dieron las gracias y la bienvenida con pleitesía, una conferencia con una puesta en escena profesional, protestas en la calle acompañadas por la canción de “Grandola, Vila Morena” de la Revolución de los Claveles y un discurso que ayudó muy poco a comprender el sentido que ha tomado la UE.
Seguramente, la foto volverá a repetirse el próximo 29 de setiembre. Para ese día está programada la séptima sesión de los “Diálogos europeos”, que tratará sobre Europa y la geopolítica mundial con la presencia de otro «pata negra», el exsecretario general de la OTAN y excomandante en jefe de la Eufor, Javier Solana de Madariaga.
La jornada tuvo un espacio previo a las intervenciones, dirigido a medios de comunicación, para photo opportunity y una ronda de preguntas abiertas y declaraciones. Como era de esperar, con el «Grexit» a las puertas y el «Brexit» en la cola, Grecia se hizo muy presente. «Estoy muy preocupado, después de tanto sacrificio y de haber hecho lo imposible, hay demasiada distancia entre Grecia y los socios europeos».
Pero haciendo una pirueta, echó mano de citas de uno de los «padres fundadores» de la Unión Europea, Jean Monet, e hizo de la necesidad virtud: «Europa será la respuesta que ésta dé a las diferentes crisis». Recordó que cuando tomó posesión de su cargo había 15 estados y cuando lo dejó diez años después eran 28. Lo cual lo interpretó como un ejemplo de fortaleza, de proyección de un poder emergente. Y si los británicos amenazan con el «Brexit», para Barroso es un síntoma de que «vamos bien», de que esa es una reacción a una progresión imparable.
Barroso nunca ha sido un líder carismático. Nunca lo eligió la ciudadanía y siempre dio la impresión de que el suyo fue un cargo por los servicios prestados en otras temas, seguramente por su apoyo a la guerra de Irak. En Donostia hizo de vigilante de los tratados fundacionales, apología del experimento, de su capacidad de buscar soluciones «ex novo» y «ex nihilo», pero no mostró mucha empatía sobre el enorme sufrimiento social que han generado las políticas de austeridad y recortes; no pareció en ningún momento que estábamos ante un guardián de los ciudadanos.
Quizá por ello se dio la paradoja de que, restando a los muchísimos ertzainas de paisano, las personas que trabajan en labores de protocolo y los «intelectuales» que lo arroparon, hubiera más gente protestando en el exterior que escuchando su relato. A pesar de que hubo algunos manifestantes que no pudieron sortear los cordones de seguridad, hubo también quienes consiguieron entrar a la iglesia y con silbatos y gritos hicieron llegar a Barroso que «no es bienvenido» en Donostia. Porque como declararon los donostiarras que protestaron de la plaza San Telmo «en contra de su presencia y de que Donostia lo convierta en referente», siempre le perseguirá la sombra de ser «un criminal de guerra» y «responsable de una catástrofe social» causada por las políticas de austeridad llevadas al límite que ha abanderado.
Resiliencia europea
La iglesia de San Telmo conserva todo su carácter y grandiosidad y es un escenario espectacular para una conferencia pública. Y cuando a ésta le acompañan dibujantes que ilustran al momento la intervención en una pantalla, blogueros que comparten sus reflexiones o preguntas preparadas para la ocasión por parte de estudiantes de la Universidad de Deusto, se debe reconocer la profesionalidad exhibida y la exquisita puesta en escena, aunque por momentos el audio y la iluminación fallasen.
Durão Barroso se esforzó en poner en valor la resiliencia de la UE, su capacidad de sobreponerse a situaciones límites, a períodos de dolor y situaciones adversas. Seguramente no podía ser de otra manera; entra dentro del papel del personaje.
Pero las anécdotas con las que ilustró su posición no fueron las más acertadas. Recordó cómo en 2013, en sus reuniones periódicas con los economistas jefes de los principales bancos europeos, les preguntó si iba a haber una salida de Grecia de la Eurozona. Todos menos uno dijeron que sí, incluso más de la mitad auguró un colapso del euro porque era la «divisa más peligrosa del mundo». Estando Grecia como está y después de tanto sufrimiento social pasado y actual, el «error de cálculo» de los economistas jefes no parece un motivo para sacar pecho y reivindicar las bondades de la UE.
Finalmente, dijo que el día más feliz de su vida fue cuando recibió el Premio Nobel de la Paz 2012 otorgado a la Unión Europea. La construcción de una Europa unida tras las dos guerras mundiales que asolaron el continente puede considerarse un hecho heroico. Pero que el impulsor de la guerra de Irak recoja el premio Nobel de la Paz no deja de ser una triste y cruel ironía. Entonces y siempre.