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Escombros bajo el cielo de Qandil

Atrapados en la escalada de la violencia entre Ankara y los kurdos, los lugareños en el bastión de la guerrilla soportan impotentes los ataques constantes de la aviación turca.


Están esas galletas turcas de chocolate y naranja y también hay palas para abrirse camino entre la nieve. Por supuesto, no faltan los populares relojes con el rostro de Ocalan. Desde su pequeña tienda en la aldea de Zergele, Rinaz Rojelat sigue vendiendo prácticamente todo lo que al lugareño de Qandil no le da la tierra. Pero corren tiempos difíciles, y Rojelat ha perdido muchos clientes últimamente. Se refiere a los que se han ido y, sobre todo, a los ocho vecinos asesinados el 1 de agosto por la aviación turca. La pancarta desplegada junto a su tienda los recuerda. También los escombros de sus casas, a escasos 100 metros.

«La explosión me despertó de madrugada. En aquel primer ataque murió una mujer; el resto, tras un segundo impacto, cuando muchos intentábamos ayudar a los heridos», recuerda. A diferencia de Rojelat, muchos han preferido abandonar estas indómitas montañas para bajar al valle, hasta Zangezur, o incluso a Suleimania o Erbil. Sabah Mohamed optó por atender sus cultivos y animales en Zergely, pero dormir en casa de unos familiares en Bagirke, a 15 minutos en coche. «Tras el ataque pensé en irme y no volver jamás pero, ¿de qué iba a vivir en Erbil? Soy campesino, mis tierras y mis animales están aquí», explica este kurdo de 28 años desde una huerta llena de pepinillos anexa a los cascotes. Tres de sus familiares resultaron heridos en agosto, y ya había perdido a un hermano en un ataque similar en 1997. Que nadie piense que los bombardeos en Qandil son el resultado de la reciente coyuntura bélica en Kurdistán.

En cualquier caso, es indudable que se han intensificado desde julio, cuando un proceso de paz con los kurdos por el que Ankara nunca apostó desembocó en una espiral de violencia cuyo episodio más dramático se vivió el pasado 9 de octubre en Ankara. Precisamente, el último acercamiento entre Turquía y los kurdos arrancó oficialmente aquí, en Qandil. Fue durante las celebraciones del Newroz en 2013 cuando se hizo público el comunicado de Ocalan, que anunciaba el último alto el fuego unilateral de la guerrilla kurda. A falta de hoteles en la zona, este periodista fue entonces acomodado en una de las casas destruidas en Zergely. Eran campesinos, como todos aquí.

Impotencia

Diez kilómetros al sur, la aldea de Bokriskan alberga el único hospital de Qandil. Se trata de un modesto edificio levantado por la guerrilla tras la destrucción del anterior, en Leuza, en 2008. Al igual que aquel, el de Bokriskan lo gestiona Media, una enfermera alemana que decidió continuar su labor en esta parte del mundo hace más de 20 años. Puede que solo se trate de un centro médico pero los lugareños son conscientes de que su sola presencia puede provocar que el cielo caiga sobre sus cabezas con puños de plomo. No sería la primera vez.

Maryam Hussein dormía en su casa a escasos metros del hospital cuando las bombas cayeron en Zergely. Aquella madrugada fue la última vez que vio a su marido: tras la explosión, Abdul Kadir Abu Baker no vaciló en conducir hacia la aldea vecina para socorrer a los heridos. Murió en el segundo ataque. Su viuda dice que no ha vuelto a pisar ni Bokriskan ni Zergely desde entonces.

«Me he ido a vivir con mis padres, pero sigo teniendo miedo porque aquí no hay lugar seguro», asegura Maryam Hussein desde su aldea natal de Nawchelekan. A su lado, su hermano Dalyan asiente. ¿Sería la vida distinta en Qandil sin la presencia del PKK?

«Turquía no hace distinciones entre civiles y guerrilleros. Además, sus bases están muy lejos de nuestros pueblos», acota Dalyan, de quien sabemos por terceros que recogió los restos de su cuñado en un saco.

Desde el recrudecimiento de las hostilidades, el Estado turco asegura haber acabado con la vida de más de 2.000 combatientes del PKK. La guerrilla aduce que sus pérdidas no alcanzan el centenar. «Llevamos muchos años soportando estos ataques y sabemos de sobra cómo protegernos», explica Hiwa Zagros, el enlace de prensa del PKK en Qandil.

Es imposible hacer una estimación de bajas reales, pero lo que resulta fácilmente comprobable es el malestar político que las llamadas «operaciones transfronterizas» de Ankara provocan a este lado de la frontera. En conversación telefónica con GARA, Arez Abdula, parlamentario por la Unión Patriótica de Kurdistán en la cámara de Bagdad, acusaba a Turquía de cometer «flagrantes violaciones del Derecho Internacional» a la vez que lamentaba que dichos bombardeos se hayan convertido «en rutina desde hace años» ante la impotencia tanto de Erbil como de Bagdad. «Los iraquíes no sólo tenemos que soportar dichas agresiones sino también que localidades como Mosul hayan caído en manos del Estado Islámico gracias al apoyo que recibe de Turquía», explicaba el diputado. La delicada situación tanto política como económica que atraviesa el país, añadía, hace inviable una respuesta contundente a Ankara.

Por el momento, el único tendero de Zergely asegura no tener miedo a los bombardeos y dice que no se irá, «ni siquiera aunque desaparezcan los clientes». Como hoy. Sin duda, su negocio ha conocido mejores tiempos, como aquel multitudinario Newroz de 2013. «Ninguno de nosotros teníamos demasiadas esperanzas en aquel proceso de paz. Pero tampoco esperábamos esto dos años después», confiesa el comerciante, justo antes de bajar la persiana.