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Monjas cistercienses

Diez de la mañana. La monja que nos abre la puerta del convento de Santa Ana, en Lazkao, lleva ya tres horas levantada, y todo este tiempo -excepto una breve interrupción para el desayuno- lo ha pasado rezando: laudes, misa, lectio divina… Y ahora, a trabajar, sea bordando, encuadernando libros, lavando ropa, atendiendo la hospedería o limpiando este hermoso monasterio. No en vano, ‘Ora et labora’ es la máxima que rige la vida de las monjas cistercienses en todo el mundo.

En el convento de Lazkao hay actualmente 16 monjas. (Gotzon ARANBURU)

«Sí, ‘ora et labora’, en ese orden, porque ante todo está Dios, la oración. Y luego el trabajo, claro, pues el pan se gana con el sudor de la frente» nos dice Kandida Saratxaga, la abadesa, una vivaz vizcaina, que a lo largo de la mañana va a contarnos con su verbo fácil y plagado de anécdotas cómo es la vida de las monjas, qué las motiva a llevar una vida prácticamente de clausura y cómo ven ellas el mundo exterior.

Primera sorpresa, descomunal, sus gustos musicales: le gusta Fito, «el de los Fitipaldis, sí. Eso que canta de los ojos del color de la Coca Cola, a mí me parece muy bonito. Siempre tengo ese cedé puesto. Y también me gusta Juan Luis Guerra». Vaya, vaya. Y uno que esperaba toparse con una extraterrestre…

Nada más cruzar el umbral del monasterio, otra sorpresa. Este zaguán está lleno de herramientas, carretillas y cajas de cebollas. Un nutrido grupo de hombres, nativos e inmigrantes, están trabajando codo con codo en la huerta del convento y recogiendo los frutos de la tierra; hoy cebollas y pronto patatas y lechugas. Nos los presenta Kandida. Algunos son goierritarras de toda la vida y otros goierritarras de adopción y origen pakistaní, que justo acaban de comenzar el Ramadán y a los que las monjas no ofrecen estos días el habitual desayuno, «para no tentarles».

La explicación de esta escena nos la dan Juan Manuel Barandiaran y Joxe Goikoetxea en un descanso de la azada. Resulta que las monjas, ya avanzadas en edad, asumieron hace algunos años que no podían seguir trabajando la tierra, y al mismo tiempo recibieron la petición de Cáritas de ceder la huerta para que la cultivaran inmigrantes en situación de precariedad, mayoritariamente pakistaníes y latinoamericanos, ayudados por voluntarios locales, caso de Juan Manuel y Joxe. El acuerdo fue inmediato y la tierra ha vuelto a dar sus frutos, que van a parar a la mesa de los inmigrantes. También las monjas reciben un parte –pequeña pero suficiente para cubrir sus necesidades– de lo producido en la huerta y el gallinero.

300 años

El entorno es monumental. Fue María de Lazcano, esposa del almirante Antonio de Oquendo, la que a mediados del sigo XVII hizo levantar un trío de edificios, todos de estilo barroco, que dan esplendor a Lazkao: el palacio de Lazcano, el convento de Santa Teresa (que ahora acoge a los frailes benedictinos) y este monasterio de Santa Ana que estamos conociendo por dentro. Su construcción se inició en 1650, pero no fue hasta 1716 cuando se concluyó la iglesia y se instalaron aquí las monjas cistercienses. Hace, por tanto, justo 300 años que se inició entre estos muros el ‘ora et labora’ de las «bernardas», a las que se conoce con este nombre por ser seguidoras de San Bernardo, el monje que impulsó la orden y que probablemente haría buenas migas con el actual Papa, a juzgar por estas palabras que escribió en 1124, en plena polémica con la Orden de Cluny: «La iglesia relumbra por todas partes, pero los pobres tienen hambre. Los muros de la iglesia están cubiertos de oro, pero los hijos de la iglesia siguen desnudos. Por Dios, ya que no os avergonzáis de tantas estupideces, lamentad al menos tantos gastos».



Kandida Etxegarai no rehúye la discusión sobre religión o sobre el Papa. Profundamente cristiana y católica, como no podía ser de otra manera, comprende sin embargo otras creencias, caso de la musulmana, que observa desde muy cerca, pues no en vano muchos de los trabajadores de su huerta practican esa religión. «Mire, yo he conocido a Jesús de Nazareth y le sigo. Ellos no le han conocido y siguen a Mahoma. Pero yo reconozco que el musulmán cree en Dios, en su Dios, en la forma que él le ha conocido. Ya lo afirmó el Concilio Vaticano II: si un musulmán lleva una vida recta de acuerdo con su religión, está salvado. Todos somos hijos de Dios».

Admite Kandida, que además de abadesa de Lazkao es actualmente presidenta de la Congregación de Castilla de las cistercienses, que el papa Francisco y el anterior, Benedicto XVI, son de estilos distintos, pero no ve contradicción, sino complementariedad. «Benedicto era un gran, gran teólogo, que enfocaba su mirada sobre todo en la perfección de Jesús. Francisco viene de un país en el que la pobreza es palpable, y lógicamente su mirada es distinta, dirige más su mirada hacia los marginados. No hay contradicción, sino distintos enfoques, porque cada uno viene de donde viene». Y añade: «¿Sabe? Igual conocemos muy bien la patrística, a Casiano y Gregorio VII, y no conocemos a nuestra portera». No parece ser su caso: un día puede estar en Roma, asistiendo a un congreso, y al día siguiente vuelve a barrer las escaleras del monasterio, de madera bruñida y reluciente, por cierto.

16 monjas

La comunidad de Lazkao comprende en la actualidad 16 monjas, a las que se añadieron hace unos años las que habitaban el monasterio de Oion, que al ver reducido su número a cinco decidieron adherirse a la comunidad lazkaotarra. En Tulebras, en el extremo sur de Nafarroa, otra veintena de monjas cistercienses –en este caso trapenses– habitan el convento de Santa María de la Caridad. «La edad es nuestro problema. Nos vamos haciendo mayores, pero todavía aguantamos» indica con una sonrisa la abadesa.

La vida en el monasterio de Lazkao se basa en dos principios fundamentales: la oración y el trabajo, ‘ora et labora’. A las siete de la mañana comienzan en el coro los rezos en comunidad, seguidos de la misa y la ‘Lectio divina’, de forma que la jornada de trabajo propiamente dicha se inicia a las diez, tras el desayuno. Tras la comida, acompañada siempre de una lectura a cargo de una de las hermanas –hoy toca la revista ‘Ecclesia’– disponen de un tiempo de recreo, tras el cual comienza la jornada de trabajo vespertina, que se prolonga hasta las 18.15, cuando de nuevo la comunidad se reúne para comentar durante tres cuartos de hora las incidencias del día, las visitas recibidas… De nuevo toca rezar, hasta la hora de la cena, a la que siguen más oraciones, hasta que a las 22.00 se retiran a dormir.

Encuadernación de libros y bordado

Las monjas más jóvenes se encargan de la encuadernación de libros y de trabajos de bordado, actividades que redundan en ingresos para la comunidad, al igual que la hospedería, que gestiona la hermana Enkarna Arratibel. En realidad, poco rendimiento económico para el monasterio supondrá el hospedaje, pues Enkarna solo cobra 15 euros por el alojamiento en estas magníficas habitaciones, y si tenemos en cuenta el gasto en electricidad, agua, calefacción…

La tradición monacal obliga a dar cobijo a quien llegare al convento y ese es el espíritu que anima esta hospedería. Otras hermanas se encargan de lavar la ropa de los frailes benedictinos, vecinos al otro lado de la calle. Y finalmente hay que cuidar esta casa, cuyos suelos y paredes muestran una extrema limpieza. Una monja de 86 años se encarga de planchar las servilletas; cuando la abadesa le ha insinuado que quizás debería relevarla ya de este labor, el mensaje, en forma de mirada, ha sido claro: ni se le ocurra, madre.

Su responsabilidad al frente de la Congregación de Castilla obliga a Kandida a frecuentes viajes, bien sea a los conventos de su jurisdicción o bien sea a Roma. Cuando viaja al Vaticano toma los vuelos más baratos, lo que la obliga a frecuentes trasbordos y esperas en los aeropuertos, que aprovecha para rezar, leer y observar la fauna humana.

«Veo agobio, prisas, insatisfacción. Hay quien piensa que la vida en un monasterio es un sacrificio, pero le aseguro que cuando contemplo la vida exterior no me da ninguna envidia. ¿Trabajar once meses para disfrutar de uno de vacaciones, intentar exprimir la vida en un mes? No lo entiendo y desde luego no lo pretendo. Ya le he dicho que me gusta mucho leer. Pues bien, me dicen que ya no merece la pena publicar libros de más de 120 páginas, pues a la gente le resultan largos. ¡Dios mío, con lo que disfrutaba yo leyendo a los clásicos rusos, Dostoievsky y estos, con sus novelas de 800 páginas! Ahora bien, le reconozco que las prisas y la acumulación de trabajo amenazan a veces con colarse tras estos muros. En esos casos, yo me planto y dejo claro que no abriré un nuevo frente hasta cerrar el que tengo entre manos. La prioridad es Dios, lo demás puede esperar».

Esta mujer es una caja de sorpresas. El deporte, por ejemplo, no le es ajeno. De hecho, jugaba al balonmano, y lo hizo hasta el mismo día en que ingresó en el convento. Jugó con su equipo la final de la Copa de Bizkaia por la mañana y a la tarde ya había cambiado la equipación deportiva por el hábito blanco y negro. Tampoco es sumisa: cuando llegó a Lazkao quisieron destinarla a la confección de ropa, pero declinó trabajar en cadena y optó por la huerta. Ha trabajado durante años con la azada y no se corta a la hora de defender el producto vasco: «No compares. La humedad de aquí le da otro sabor, muchísimo mejor. No tiene nada que ver un tomate de aquí con uno de Almería».

Aunque no les sobra el dinero, la comunidad aporta una cantidad a ACNUR, y quisiera hacerlo a Médicos Sin Fronteras, pero no lo hace porque «no nos han mandado ningún folleto. ACNUR lo hizo, nos reunimos las hermanas y decidimos apuntarnos» sentencia.

Visitamos la sala de encuadernación, pero la entrevista se ha prolongado más de lo previsto y las encuadernadoras ya han terminado la jornada matinal. También los trabajadores de la huerta han marchado a comer. El silencio se vuelve a adueñar progresivamente del monasterio. La abadesa es consciente de las dificultades futuras, pero próximas, para mantener vivo el monasterio, pero a día de hoy se confiesa feliz, simplemente. «Yo estoy contenta, muy contenta, de ser monja, y espero morir igual de contenta».