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Abrir por abajo lo que quieren cerrar por arriba

Nada cambia nunca si nunca cambia nada. O qué larga se está haciendo la transición de la dictadura a la democracia, cómo clamaba una pancarta indignada durante el 15M en plaza Catalunya. O bien, que si no hay una vía democrática a la independencia habrá que construir una vía independentista a la democracia.


Nada cambia nunca si nunca cambia nada. O qué larga se está haciendo la transición de la dictadura a la democracia, cómo clamaba una pancarta indignada durante el 15M en plaza Catalunya. O bien, que si no hay una vía democrática a la independencia habrá que construir una vía independentista a la democracia. Se podría escribir de múltiples maneras. Pero la síntesis drástica del primero de octubre, otrora día del caudillo, es clara: democracia contra demofobia. Eso es lo que nos jugamos: la razón democrática de la libertad política catalana. Si nos gobernamos o si nos gobiernan. Si nos deciden las élites del 78 o decidimos colectivamente –pacífica, libre, democráticamente– nuestro futuro. Si nos minan o si nos autodeterminamos.

Caerán chuzos de punta, la fábrica de las mentiras ya opera a pleno rendimiento y la estrategia represiva del Estado media únicamente a través del miedo. Imponer por vías jurídico-autoritarias excepcionales lo que ya no pueden impedir en condiciones democráticas ordinarias. Esto no es Canadá ni el Reino Unido. Opera la doctrina del shock en Estado puro, amenizado con ruido de sables, tal vez los mismos que en 1978. Extraño golpe de Estado que en vez de secuestrar urnas, las pone y garantiza; que suscita el apoyo libre, en pocas horas, de 700 ayuntamientos y 26.000 voluntarios, y que llena las calles para vaciar las imposiciones. Contra ello, esta semana la mayoría parlamentaria ha aprobado la Ley del Referéndum de Autodeterminación. Crisis de Estado, en la mayor deslegitimación colectiva y desautorización social del régimen del 78 que, de nuevo, intentará cerrar por arriba lo que se quiere abrir por abajo.

Septiembre va a evidenciar todo un estado neurótico contra la mayoría tranquila de una sociedad –el 80%– que reclama la urnas de un referéndum democrático ante el muro del Estado. ¿El desenlace? Contingente todavía, cuando sólo gritan para ver si nos hacen callar. Cuándo la única piedra angular, el único vector posible de cambio, va a ser, hoy como ayer y con las calles desbordadas, el factor humano. La fertilidad humanista, pacífica y no violenta de la desobediencia y resistencia civil en el empeño por la libertad. La humilde decisión compartida de no retroceder. El viento y la palabra de Mandela: siempre es imposible, sí, hasta que deja de serlo. Hasta que hacemos que deje de serlo.