INFO

Y el tiempo se paró en el BEC

Madrugones, colas, olas, rimas, carreras, quinielas, pero también risas, piel de gallina, alguna que otra lágrima... También tuppers, bocadillos, botellas de sidra… Son muchas horas sí, pero el saco de emociones y sentimientos recopilados bien merece algún que otro sacrificio.


Saliendo de casa, todavía de noche, consciente de que miles de personas a esa hora también hacían lo propio en numerosos lugares de Euskal Herria. La radio en el coche informaba sobre la inmediatez de la final. El parking en el que me había citado se convertía en una zona de carga y descarga de aficionados que se dirigían al BEC. Final, bertsos, Barakaldo... El día se presentaba monotemático.

Incluso los más madrugadores y previsores se encontraron con colas para acceder al recinto principal. «¿Pero esta gente a qué hora ha salido de casa?», se preguntaba una mujer resignada mientra se ponía en la cola. Hubo incluso carreras en el pasillo principal para acceder cuanto antes. Todavía casi vacío, el pabellón se veía grande, enorme, y poco a poco fue llenándose, empequeñeciéndose y calentándose al mismo tiempo.

Algunos aprovecharon los minutos previos para desayunar. Sin miramientos, algunos se metieron un buen bocadillo entre pecho y espalda. ¡Para qué esperar! «Si tenemos otros dos...», le comentaba un joven a otro mientras sacaba de la mochila uno de ellos. Además de llenar el estómago y coger fuerzas, los espectadores se afanaron también en que el comienzo de la final les pillara con la vejiga vacía. Tras la sesión mañanera, tocaba reponer fuerzas y el olor a comida inundó los pasillos, las escaleras... El oñatiarra Xalba Urizar esperaba nervioso la llegada de sus acompañantes mientras guardaba el sitio. «He salido corriendo mientras aplaudía el último bertso», comentaba, sin quitar ojo a la puerta de entrada. Ni bocadillo ni sandwich, el grupo se había esmerado preparando los tuppers y ahora tocaba darse un homenaje.

Como cuando éramos niños

Buscando un rincón en el que sentarse y comerse el segundo bocadillo del día se encontraba el vecino de Itziar Carlos Larrañaga. «Ahora nos toca el de filete», explicaba mientras se acomodaba en el suelo. La organización había dispuesto largas mesas y cientos de sillas para comer, pero todas ellas se llenaron en un santiamén. Las zarauztarras Josune Escobar y Mila Askasibar prefirieron evitar aglomeraciones y se sentaron en las escalinatas de salida para comer y comentar entre bocado y bocado los mejores bertsos de la mañana. La imagen sin duda les retrotraía a todos y todas a las excursiones escolares en las que parques y frontones se convertían en improvisados comedores.

El receso del mediodía sirvió para calentar aún más los motores y llegaron, cómo no, las “olas”. Y entre ola y ola y ovación y ovación fue transcurriendo la tarde y llegó la noche… y todas las personas allí reunidas regresaron al parking, y mientras oían las crónicas de la final en la radio regresaron a sus casas, sabedoras de que en ese mismo momento también hacían lo propio otras miles y miles. Y el mundo, que parecía que se había parado, comenzaba a rodar otra vez.