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Historia de la violencia

[Crítica: 'Rojo']

Victor Esquirol

Un día soleado, una casa de dos pisos con jardín y un plano fijo para capturarlo todo. Tanto el guion artístico como, sobre todo, el técnico, invitan a lo inamovible, a lo luminoso... a todo aquello que nos da tranquilidad. Pero justo cuando empezamos a instalarnos en este confort, se dispara la acción. La puerta delantera se abre y de ahí sale un hombre. Se cierra. Se vuelve abrir y ahora sale un mujer. Se cierra. Se vuelve abrir y ahora sale una anciana. Se cierra. A los pocos segundos, un señor que pasaba por ahí, llama al timbre y pregunta, a grito pelado, si hay alguien en el hogar. Silencio. Parece que no. Antes de todo esto, por cierto, han aparecido en la pantalla unos títulos explicativos que nos han situado, de aquella manera, en el espacio y el en tiempo. '1975, en una provincia Argentina', rezan unas letras de color rojo. Es importante. Mucho.

Así empieza el nuevo trabajo de Benjamín Naishtat, a quien algunos descubrimos en 2014, en el Festival de Cine de Berlín. El certamen alemán se la jugó buscando un hueco a un, por aquel entonces, debutante. En la competición por el Oso de Oro apareció, como de la nada, una película titulada 'Historia del miedo'. Una producción argentina... pero con alma griega. En aquel momento, recordemos, aún nos estábamos recuperando del descubrimiento (o del boom) de Yorgos Lanthimos, y claro, los grandes certámenes iban en desesperada búsqueda de réplicas de aquel nuevo enfant terrible. Total, que el hombre fue víctima de las siempre odiosas comparaciones. Yo estaba ahí, en serio, y el pobre fue pasto de los –viejos– leones de la crítica. Fue una injusticia, por cierto, porque para ser aquello una ópera prima (conviene no olvidarlo) ya venía cargada de un poder perturbador que ya quisieran muchos para su cine.

La fuerza de Naishtat aumentó en 'El movimiento', su segundo largo, el cual cabría emparentar con títulos tan potentes de la cinematografía argentina como 'Jauja', de Lisandro Alonso o 'Zama', de Lucrecia Martel. Y así llegó el hombre se plantó en la 66ª edición de Zinemaldia con su tercer largo, el que, lo digo ya, debería servirle para consagrarle y, aún más importante, para que las comparativas cambiaran de sentido. A partir de 'Rojo', la referencia debería ser él. Apuntemos, mientras, el título de otra firme candidata a la Concha de Oro. Una película que nos sitúa, recordemos, en la Argentina de 1975, en un pueblo de provincias cuyo aislamiento geográfico para nada va a salvarle las convulsiones que están a punto de vivirse por todo el país.

La dictadura de Jorge Rafael Videla ya aporreaba la puerta, y las casas estaban a punto de ser desocupadas. Lo literal se convirtió en escalofriante metáfora. Con aire extrañado y filia malévola por la desnaturalización de las relaciones humanas, Naishtat firma un historia de crimen sin castigo a la vista; un notable ejercicio de intriga marciana... e inquietante en todos los sentidos. Lo raro, como en aquellas películas griegas, se explota no por filia, sino por coherencia con un objeto de estudio sin lugar a dudas extraño. En este planeta llamado Argentina brilla, una vez más, un vecino, el siempre inmenso Alfredo Castro, y la violencia late en cada gesto, en cada mirada y en cada frase. Una última comparativa, pero solo para poner a este director a la altura de un maestro (no es para menos). Hablemos de Michael Haneke y de sus estudios catedralicios sobre las tensiones como eje vertebrador de nuestra sociedad. Hablemos, por ejemplo de aquellos '71 fragmentos de una cronología al azar', pero sobre todo de 'La cinta blanca', una película que rompía la cáscara del huevo de la serpiente, y que se negaba a aceptar al nazismo como una anomalía histórica. Al contrario, lo planteaba como el resultado lógico (uf...) de una comunidad enferma de violencia.

Pues por lo visto, Benjamín Naishtat opina lo mismo. Su corta pero de momento intensa filmografía va claramente encaminada hacia ahí. Hacia ese miedo que lo tiñe todo de rojo, y que nos convierte en animales. Haneke optaba por la frialdad quirúrgica del realismo; Naishtat por un artificio (a ratos virtuoso) que incide en el sentimiento de alienación... y en el terrible absurdo resultante. Se abre la puerta, sale gente de una casa y el hogar, claro queda vacío. Sus ocupantes han desaparecido. Una vez más: la imagen como alegoría incontestable. Sirve como revisión de una Historia bañada en sangre y ahogada en el fondo del mar... Pero sobre todo, sirve como aterradora mirada a nuestro yo más salvaje. Al más violento.