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Buena respuesta al festival Musika-Música

Con casi 100 propuestas entre conciertos, charlas y talleres, durante el fin de semana el Musika-Música de Bilbo volvió a congregar a cerca de 30.000 personas en el Euskalduna de Bilbo, para escuchar música vinculada a dos ciudades: Londres y Nueva York.


El Musika-Música es un festival instalado en el éxito casi desde sus inicios. Tras su nacimiento en 2002, importando el modelo de La Folle Journée de Nantes, la cita se popularizó rápido y, tras independizarse de su ascendiente francés, fue desarrollando una personalidad propia a la que los bilbaínos, y los muchos visitantes de fuera de la ciudad, reaccionaron con fidelidad. Así, recién finalizada su decimoctava edición, se ha comprobado que la cita sigue conservando su tirón a pesar de que la propuesta esta vez era más arriesgada. Han sido aproximadamente 30.000 entradas vendidas durante los tres días y medio del festival, lo que lo sitúa en parámetros similiares al de anteriores ediciones.  

Una fórmula como la del Musika-Música tiene sus pros y sus contras. Es un festival accesible, un tanto frenético, en el que se respira un ambiente de amor por la música clásica en cada rincón del Euskalduna. Pero, entre los aspectos negativos, el más evidente es el de la simultaneidad de los espectáculos. Tanto el Musika-Música como la Quincena Musical programan un número similar de eventos, alrededor de 70, pero si el festival donostiarra dura un mes y es posible ver casi todo lo que a uno le atraiga, la cita bilbaína, concentrada en un maratoniano fin de semana, obliga necesariamente a perderse muchas cosas. El sábado a las 18.30, por ejemplo, actuaban a la vez la Orquesta Filármonica de la BBC, la Orpheus Chamber Orchestra, el legendario contratenor Michael Chance y la pianista donostiarra Judith Jáuregui. Cuando la oferta raya tal altura, tener que escoger es casi doloroso. Por otra parte, semejante explosión de oferta musical –hay que añadir 29 conciertos más, gratuitos, en las zonas públicas del Euskalduna– permite trazar itinerarios personalizados muy satisfactorios. Uno puede empezar por la mañana con un cuarteto de cuerdas, pasar luego a un recital de canto y terminar al mediodía con una orquesta. A primera hora de la tarde, con las pilas recargadas, puede optar por músicas más exigentes o desconocidas, cambiar luego de tercio con un íntimo recital de piano y, para terminar la jornada, dejarse arrastrar por la expansividad de bandas sonoras de cine. Este, claro está, es solo uno de los infinitos itinerarios que pueden trazarse en el seno del Musika-Música, y es esta vivencia tan personalizable, este buffet libre musical, lo que lo hace una evento único en el ámbito de la música clásica.

 

Londres y Nueva York

El Musika-Música escoge cada año un tema para vertebrar su programación y, en el pasado, se ha centrado sobre todo en los grandes compositores de Barroco, Clasicismo o Romanticismo. Pero son ya dos las ediciones consecutivas en las que la organización apuesta por la música del siglo XX, repertorio que suele conllevar cierto riesgo a la hora de atraer al público. El año pasado, el período escogido fue el de entreguerras (1918-1939) y, en el plano artístico, fue una de las mejores ediciones que se recuerdan. Este año la directora Josune Ariztondo proponía dejar de lado los marcos cronológicos para centrarse en ciudades, y se escogieron dos con una historia musical propia y peculiar: Londres y Nueva York, urbes cuya producción de música clásica, en realidad, no cuenta con gran tirón en el ámbito europeo fuera del Reino Unido. Se han podido escucha la célebre “Rhapsody in Blue” de Gershwin, “Los Planetas” de Holst, fragmentos de “West Side Story” de Bernstein, las “Variaciones Enigma” de Elgar y hasta fragmentos de “Jurassic Park” y “Star Wars” en un concierto dedicado a las bandas sonoras de John Williams, metido con calzador. Pero la gran mayoría de conciertos incidían en obras raramente programadas por aquí de autores como Ralph Vaughan-Williams, William Walton, Benjamin Britten, Samuel Barber, Aaron Copland, Charles Ives, Michael Nyman, Philip Glass y tantos otros. Aunque la selección era amplia y permitía constantes descubrimientos, no siempre quedaron muy claros los criterios de elección de autores y la presencia de nombres como Granados o Bartók parecía algo forzada. Más extraño fue la ausencia absoluta de música de Frederick Delius, quizá el compositor nacional inglés a principios del siglo XX.

Para presentar estas músicas con el mayor atractivo posible, el festival ha acudido a numerosos conjuntos británicos, alguno americano y unas cuantas formaciones y artistas que regresan al Musika-Música con asiduidad. La Orquesta de Cámara de Múnich, por ejemplo, se enfrentó el sábado por la tarde al “Cuarteto de cuerda nº 2” de Philip Glass con un resultado desigual, pero también firmó una estupenda versión de la “Serenata” de Elgar, en la que los músicos alemanes mostraron los profundos lazos que unen al compositor inglés con Brahms. Un poco más tarde actuó Michael Chance, uno de los contratenores más importantes de los años 80, cuando el que los hombres cantasen en falsetto aún era una rareza. Chance defendió un buen número de composiciones contemporáneas escritas para esta tipología de cantante, y aunque su voz acusó ciertos achaques de la edad, en sus opciones expresivas y belleza del fraseo demostró por qué es toda una referencia entre los contratenores. También el sábado, una habitual del festival, la Orquesta del Principado de Asturias, se adentró en un ambicioso programa con obras de Samuel Barber y la difícil “Sinfonía nº 1, Jeremías” de Leonard Bernstein, con resultados muy notables en manos de su director Rossen Milanov.

El domingo por la mañana deparó una cita de lujo con la Britten Sinfonia, una de las mejores agrupaciones del Reino Unido, que abordó la hermosa “Les Illuminations” del compositor que da nombre al grupo, Benjamin Britten, con la participación del tenor Nicholas Mulroy. Más tarde, el Schumann Quartett defendió con fiereza el “Cuarteto de cuerdas nº 2” de Charles Ives, una obra avanzada a su tiempo y raramente interpretada. La mañana la coronó la BBC Philharmonic Orchestra, que dirigida por Juanjo Mena defendió obras de Elgar y Walton. Por la tarde, se celebró –por desgracia, con poco público presente– uno de los grandes conciertos del festival, que incluyó la obra maestra del minimalismo “Shaker Loops” de John Adams, en manos de la Orpheus Chamber Orchestra, para algunos la mejor orquesta de cámara del mundo. El concierto de clausura del festival, ya rozando la noche, lo protagonizaron con brillantez la Orquesta Sinfónica de Euskadi y el Coro de Mujeres Easo, con la siempre espectacular “Los Planetas” de Holst. 

 

Destino París

En una rueda de prensa celebrada por la tarde, Josune Ariztondo realizó un balance de la edición, que calificó como «muy satisfactoria» y con una buena asistencia de público. Reveló también el tema de la siguiente edición, la de 2020, que se centrará de nuevo en una ciudad, en este caso París. Ariztondo señaló cuatro líneas de la programación: el último Barroco, su conversión en centro cultural europeo en torno a 1830, la Belle Époque  y los vascos en París.