Pañuelico con mascarilla, kalimotxo con melancolía
A la hora del no-Riau Riau del no-6 de julio de los no-sanfermines, Alde Zaharra de Iruñea se conjura contra la negatividad. Las calles se han teñido de blanco y rojo, pero todo es un querer y no poder: la música encerrada tras los balcones, los abrazos inconvenientes, la fiesta ahogada en melancolía...
Para leer este artículo
regístrate gratis o suscríbete
¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión
Se te han agotado los clicks
Pocos sitios y horas habrá más divertidos en el planeta que la Plaza del Castillo de Iruñea a las 16.00 de un 6 de julio. Y sí, hoy también las terrazas están animadas, hay cientos de personas de blanco y rojo, se perciben ganas de pasar un buen día, y hasta una cuadrilla se pasea con su pancarta: ‘Peña Coronavino’, humor que no falte... Pero no lo es lo mismo. En realidad, ¿qué es lo mismo que un día de chupinazo sanferminero, que una tarde del 6 de julio que hoy se ha llevado un virus?
A la entrada a Estafeta por la Bajada de Javier o Espoz y Mina, barreras de forales con una valla preparada: «Aforo completo». Cordones de seguridad como si fueran las 7.00 de la mañana del no-encierro del no-7 de julio. Se puede acceder todavía, y tiene pinta de que tampoco después habrá problemas para hacerlo, pero eso sí, «con mascarilla, caballero», advierten al que llega. Pañuelico y mascarilla casan fatal, pero es lo que hay.
Bajamos hacia el Ayuntamiento, al no-Riau riau de hoy. El pañuelo gigante colocado por el Consistorio, con un lacónico «los viviremos» en euskara, inglés y francés, pone una nota grotesca en el emblemático edificio, pero nadie de los que pasan se resiste a posar, como si quisiera dejar fe de este 6 de julio maldito a las futuras generaciones. Por Alde Zaharra todo tiene el aire de un celebración comunitaria de duelo, de un gigantesco querer y no poder.
Hay media docena de irreductibles de La Única fuera del Iruñazarra, en Mercaderes, sin parar de cantar. Ahora toca ‘Pantaleón, Pantaleón’. La plazoleta está ambientada, desde los balcones aplauden, por un momento parece sanfermines, pero no es más que un sucedáneo pálido, un momentico-gatillazo.
Sorprende, o no, que muchos bares no tengan música puesta, como si con ello estuvieran apelando a la contención. Otros han preferido cerrar directamente en un ejercicio de responsabilidad impagable, que seguro se viralizará mucho menos que lo contrario. Y en cambio hay mucho txunda-txunda en los balcones: entramos en Estafeta con reggaetón, seguimos con el vals de Astrain y pasamos a Barricada. Cuadrillas y cuadrillas han optado por comer en casa; los hay de blanco, ¡impoluto un día 6!, los hay con ropa normal... y los hay que han preferido irse a Donostia, al Pirineo, al Mediterráneo. Seguramente en vano, porque puedes huir físicamente de este no-chupinazo, pero no mentalmente.
En Iruñea hay un prototipo sanferminero: el que sigue deambulando el 15 de julio tras el Pobre de Mí, apurando lo que puede de la fiesta, sin querer volver a cabal normalidad. Hoy no es uno, son unos cuantos. Y no es el gozoso deambular sanferminero, ese feliz dejarse llevar para ver qué o quién aparece tras la esquina; es deambular infructuoso, puro penar.
No hay muchos jóvenes, se han quedado fuera. Junto al Arga, donde las no-barracas de este año, junto a los corralillos vacíos, ha improvisado comida y botellón una cuadrilla de Barañain. Avisan de que ya tienen callo; lo mismo hicieron en las no-fiestas del pueblo hace un par de semanas. «No sé si subiremos ‘a lo viejo’, igual ni nos dejan pasar...», se lamentan con un rictus más de tristeza que de preocupación. Si para los mayores perder las fiestas resulta muy penoso, para estas adolescentes este no-Sanfermin es inconsolable.
Santo Domingo arriba, no hay más trozo de vallado que el colocado en el Ayuntamiento para que posen los turistas. Algunos de ellos han llegado hasta la Plaza de Toros, donde se ofrecen visitas guiadas. Es uno de los pocos lugares que hoy abre; la mayoría de los comercios no lo han hecho, como asumiendo que este 6 de julio no habrá fiesta pero sí toca guardar luto.
Y va a durar todavía casi otras 200 horas. La única buena noticia es que el reloj de Estafeta ya cuenta menos de 365 días para el próximo 6 de julio. Ya falta menos, sí, pero hoy duele como nunca.