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Entrevista
PABLO IRABURU
CINEASTA

«La intención con ‘Bizimina’ es que quien la vea sienta algo catártico, que libere emociones»

Dirigida por Pablo Iraburu, Migueltxo Molina y Jon Maya, ‘Bizimina’ opta al Premio Irizar de Zinemaldia con una película que intenta expresar a través de las coreografías de Kukai sentimientos y emociones como la incertidumbre, el miedo o la angustia provocados por la pandemia y el confinamiento.

El cineasta Pablo Iraburu acude a Zinemaldia con ‘Bizimina’. (Idoia ZABALETA/FOKU)

El grito que no puedes dar en un sueño, o ese placer, ese «gustico», esa empatía que reconoces en un libro cuando otra persona sabe poner las palabras para algo que tú también has pensado pero no ha sabido cómo expresar. Así es como define ‘Bizimina’ el director navarro Pablo Iraburu.

Un proyecto que surgió mano a mano con el bailarín Jon Maya y al que luego se sumó Migueltxo Molina desde Arena (la factoría audiovisual desde la que han visto la luz películas como ‘Cholitas’ –premiada de nuevo recientemente en el Festival de Trento y en FICMUS en Argentina–, ‘Pura Vida’ o ‘Nomadak TX’). ‘Bizimina’ se gestó durante el confinamiento y a causa del mismo con la intención de poner cuerpo e imagen, a través de la danza y las coreografías de la compañía Kukai Dantza, a las emociones que todos hemos sentido y seguimos sintiendo en estos meses: el miedo, la incertidumbre, la extrañeza… Todo ello está presente en esta película, rodada en condiciones de excepcionalidad y a contrarreloj, que se estrena este martes en Zinemaldia y que participa a concurso en Zinemira, donde opta al Premio Irizar al Cine Vasco.

¿Cómo surge la idea de rodar ‘Bizimina’?
Nosotros ya conocíamos a Jon Maya a través de Oreka TX, también porque habíamos hecho con él un documental que dirigí junto con Iñaki Alforja titulado ‘Oskara’. Cuando comenzó el confinamiento, en aquellos días tan raros, Jon me llamó y recuerdo que me dijo, literalmente: «Tenemos que hacer algo». Inicialmente no había más propuesta que esa. Primero empezamos a trabajar mano a mano, yo hice un guion, una escaleta de emociones e ideas que Jon asociaba a coreografías y que intentábamos colocar en espacios. Es decir, la iniciativa fue suya, luego lo tomamos como una producción de Arena, entró Migueltxo Molina, que es quien ha trabajado con la cámara —porque todo esto anterior era sin salir de casa—, Mikel Salas, que ha hecho la música... Una idea original, por tanto, muy sencilla, que ha ido creciendo y que al final se ha convertido en coral.

Es un proyecto que nace, por tanto, como consecuencia de la pandemia…
A mí en aquellos días, al principio de todo esto, me parecía que había mucha información –o desinformación, depende–, muchos datos, pero lo único emocional con lo que te encontrabas eran los aplausos de las ocho, que tampoco teníamos muy claro qué significaban, y sin embargo todos teníamos dentro, y lo seguimos teniendo, una mezcla de angustia, enfado, incertidumbre, impotencia, esas ganas de abrazar a la gente y no poder... Yo, por ejemplo, tengo unos padres muy mayores y en ese tiempo no ir a verles, o que precisamente por cariño tuviera que distanciarme de ellos, me parecía muy extraño. Me di cuenta de que de repente los movimientos que hacíamos tenían otros significados, y la idea era intentar expresar eso, esa desesperación y esa extrañeza. Eso, por otra parte, coreográficamente era un filón, porque estamos teniendo esas sensaciones tan raras, físicamente incluso, y el baile tiene esa capacidad de expresar con el cuerpo cosas abstractas.

La película ha sido rodada en Errenteria, la Magdalena de Iruñea, Donostia, Ultzama… En calles, plazas, estaciones vacías… ¿Había una intención de recuperar esos espacios arrebatados por la pandemia?
Al principio pensamos que eso, encontrar las calles vacías, era una oportunidad, pero, por un lado, para cuando empezamos a rodar ya no estaban tan vacías, y por otro, los protocolos sanitarios eran complicados: no podíamos ir en el mismo coche que el bailarín, teníamos que hacer las pruebas de vestuario por skype... En ese sentido el rodaje ha sido dificultoso. Además, después fueron saliendo ya muchas cosas de ese tipo, con calles vacías, rodadas con drones, etc. Lo nuestro en realidad no tenía tanto que ver con lo referido al espacio, como con las emociones.

Ha hablado de las dificultades de rodaje. ¿Los protocolos sanitarios afectaron también a las coreografías de Kukai Dantza?  
Sí, de hecho no hay ninguna coreografía con contacto. Algunas de ellas tuvieron que reinterpretarlas. Por ejemplo, Jon propuso hacer una sokadantza, que se baila de la mano, y la idea de no poder tocarse era interesante: tenemos una sokadantza tradicional, pero bailando separados. Eso afectaba también a la producción, los ensayos, por ejemplo, los hacían ellos en su local, yo los veía por skype desde mi casa…

¿Cómo ha trabajado Mikel Salas la música?
Al principio pensamos en versionar la música de ‘Muros’, una película que hicimos en Arena también con Mikes Salas, y en la que había temas que tenían que ver con la separación, la distancia…. Esos temas se usaron como referencia para las coreografías y a partir de esa estructura Mikel creaba temas nuevos, en postproducción. Ha sido un proceso curioso y muy chulo. Mikel además, ha hecho mucho más de lo que le pedimos, se implicó mucho con el trabajo.

En ese sentido, ¿se puede decir que es un proyecto colectivo y que ha ido creciendo sobre la marcha?
Sí, entre otras cosas porque esas emociones e incertidumbres que intentábamos expresar no eran solo una pedrada que compartíamos Jon y yo, sino que afectaba igualmente a todos, a los de producción, vestuario... Todos estábamos en lo mismo. Y ha sido muy bonito ver cómo todo el equipo se lo tomaba como un proyecto personal.

¿Cómo ha sido el trabajo de Migueltxo Molina y usted con Jon Maya, cómo han trabajado con disciplinas diferentes, como la imagen y la danza?
Cada uno teníamos muy claro nuestro terreno, y aunque, o precisamente porque a él le ha tocado hacer muchas cosas de imagen y desde Arena ya hemos trabajado en otros proyectos de danza, cada uno ha entendido lo del otro, pero no se ha metido en su terreno. Ha sido muy cómodo.

Y qué pretendían con ‘Bizimina’, ¿lanzar un mensaje de esperanza en estos tiempos difíciles?
No, no sé, es más bien... ¿No te pasa a veces que estás leyendo algo y te encuentras con que el autor está contando una cosa que tú has sentido o te ha pasado pero no has sabido cómo expresar? Eso es algo que te da mucho gustico, y en la peli la idea no era tanto lanzar ese mensaje de esperanza, sino que el espectador experimentara esa sensación. También le comentaba a Jon que es como cuando estás soñando y quieres gritar pero no puedes. Porque ante una situación como esta, ¿qué puedes decir? ‘¿Mierda puta?’… La idea era que la gente cuando vea la película sienta algo un poco catártico, algo que te libera, que te ayuda a expresar o reconocer ese miedo, esa incertidumbre, esa angustia…

Todo eso lo expresa además muy bien el título, ‘Bizimina’.
El titulo se le ocurrió a un ganadero de Eltzaburu, Mikel Erroz, al que le hablé de lo que queríamos contar y dijo: ¡Bizimina!, es decir, una sensación de echar de menos todo aquello de lo que está hecha la vida, y que resume muy bien lo que es esta película.