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Remigio Mendiburu o la memoria del bosque, en el BBAA

Su muerte a los 59 años hizo que, aunque fuese uno de los grandes del arte renovador vasco surgido tras el franquismo, su obra quedase relegada frente a la de coteáneos de carrera más larga, como Oteiza o Chillida. Remigio Mendiburu regresa en una espectacular retrospectiva en el BBAA de Bilbo.  

«Argi hiru zubi» (1977), una de sus esculturas más icónicas. (Monika del VALLE)

Esta lista, escrita de su puño y letra, nos dice mucho de Remigio Mendiburu (Hondarribia, 1931- Barcelona, 1990): «Próxima obra: relieves con tubillones y cuerdas y piezas. Arte pobre: exterior: sacos, cemento, laberinto, estacas, alambradas, saco de serrín, pelo de caballo o cordero». ‘Arte pobre’ para una escultura que nace de los materiales más relegados –de los olvidados, de los encontrados– y bebe de la cultura popular.

La exposición, titulada ‘Mendiburu. Materia y memoria’, se inaugura mañana, jueves, en un Bilbo en rojo y cerrado perimetralmente. Por suerte, la muestra permanecerá expuesta hasta el 5 de setiembre y, gracias al canal de Youtube del museo, quienes no puedan hacerlo en ‘vivo’, estos días al menos podrán seguir algunas de las conferencias previstas, como la del 16 de abril a cargo de Juan Pablo Huércanos, comisario de esta retrospectiva y subdirector del Museo de Oteiza de Alzuza.

De ‘Txalaparta’ a la guerra

‘Mendiburu. Materia y memoria’ es como un laberinto de memoria en el que perderse... o reencontrase. Nada más entrar, ahí está ‘Txalaparta’ (1965), la escultura de Mendiburu incorporada recientemente a la colección permanente del Museo San Telmo de Donostia y que ahora ha viajado a Bilbo, convertida en su día por Nestor Basterretxea en el anagrama de ‘Ez Dok Amairu’, el movimiento musical de los 60-70 que renovó la música vasca.

También está ‘Xalbadoreri’, la escultura a modo de abrazo dedicada a su amigo, el bertsolari Fernando Aire Etxart. Porque Remigio Mendiburu participó activamente en el resurgir de nuestro arte, formando parte del grupo Gaur, junto a Chillida, Balerdi, Amable Arias, Sistiaga, Basterretxea y Zumeta, e involucrándose activamente en la recuperación de nuestra cultura a través de un arte comprometido con la vanguardia y el país.

Mendiburu fue actor y testigo, un testigo como el que creó para la Korrika y que fue de mano en mano durante seis ediciones de la carrera por el euskara. Hasta su muerte.

«El hecho de que falleciera relativamente joven y quedándole posiblemente una década de creación interrumpió su proceso. Y él hecho de que desapareciera parece que le ha hecho, de alguna manera, menos presente», explica Juan Pablo Huércanos. «Pero en su momento, en los años 60-70, Mendiburu es clave, porque de alguna manera lo real se cuela en lo escultórico. No tiene nada que ver con el espacio metafísico de Oteiza. Es la experiencia de lo real trasladada a la escultura. ‘Txalaparta’, por ejemplo, es un paisaje, te obliga a recorrerlo».

La madera es tiempo

De alguna manera, ‘Mendiburu. Materia y memoria’ es una reivindicación y un redescubrimiento de la obra de un creador muy personal, profundo. Desde sus inicios, a finales de la década de 1950 hasta sus últimos proyectos, a medidados de los 80, el centenar de piezas, entre esculturas y obras de papel, y muchas inéditas, podemos reencontrarnos la parte más icónica de su obra: esculturas en madera como ‘Argi hiru zubi’ (1977).

La madera es tiempo, y ese tiempo está recorrido, recortado, ensamblado en su obra. «Arte=creación. Naturaleza=vida. El arte es la vida de la propia naturaleza en el hombre», escribió Mendiburu en 1970.

Pero también hay otra faceta suya menos conocida. A medidados de los 80, Mendiburu inició una serie de obras de formato más reducido y con las que reflejó un trauma de infancia: el paso de su familia y él mismo, con 6-7 años, por un campo de concentración. Hijo de padres republicanos, tuvieron que huir a Catalunya y de ahí pasaron al sur francés, a uno de los campos en los que el Gobierno colaboracionista agrupaba a los refugiados. Se refleja en las emocionantes series ‘La noche del exilio’ y ‘Casas bombardeadas’.

«Yo pienso que mi escultura nace en principio por la necesidad imperiosa de expresarme y contar, de alguna manera, lo que había vivido en la guerra y en el exilio, una historia que no había contado a nadie. Así comencé con una escultura que fue transformándose a medida que la hacía», explicaba en una entrevista.

Gran lector de Nietzsche –de ahí le venia su concepción nietzscheniana de una naturaleza más allá del bien y del mal, como un lugar donde no hay moral posible–, Mendiburu «era un hombre de convicciones muy profundas, en cierta manera introspectivo en la creación y como muy expuesto, por dejarse llevar por el proceso creativo hasta el límite», explica Huércanos. «En este sentido, él rechaza la idea de los apriorismos en el mundo del arte: lo de ir un sitio donde que ya sabes llegar. Él va a sitios donde no sabe a dónde va a llegar. Para él es duro y complejo, porque está muy expuesto. Un hombre de pensamientos profundos, un rumiante, de trabajo constante».