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Anularse ante la posibilidad del todo

Con ‘Stella est amoureuse’, Sylvie Verheyde se la juega apostando por la abismal falta de carisma de su protagonista. Mientras, en una dimensión muy lejana, Andrew Legge se divierte, mediante la invención de ‘LOLA’, con los siempre imprevisibles caminos de la ucronía histórica.

La realizadora Sylvie Verheyde y la actriz principal de 'Stella est amoureuse' en Locarno. (FESTIVAL DE LOCARNO)

Ya se puede decir; ya es oficial: por si todavía existían dudas al respecto, va el programa de esta nueva edición del Festival de Locarno y oficializa que el cine se ha enamorado –perdidamente– de los coming age. De esas historias en las que se sigue a (por lo menos) un personaje en su tránsito de la infancia a la vida adulta. Si ayer, sin ir más lejos, el Concorso Internazionale por el Leopardo de Oro nos tuvo en vilo con las herencias peligrosas Valentina Maurel y su ‘Tengo sueños eléctricos’ (mientras que en Cineasti del Presente descubríamos ‘Astrakan’, de David Depesseville y ‘Petites’, de Julie Lerat-Gersant, esta última sobre un grupo de adolescentes embarazadas), hoy se ha alargado el idilio con este tipo de historias.

Ahora llega el turno de Sylvie Verheyde, en cuya filmografía encontramos, allá por el año 2008, el que seguramente sea su trabajo más memorable. En aquel entonces, la cineatsa parisina presentó ‘Stella’, retrato (con tintes auto-biográficos) de la infancia de un niña cuya vida estaba dividida entre el bar que regentaban sus padres, y una escuela en la que no lograba destacar a nivel académico. Pues bien, catorce años después de aquel estreno, esta directora y guionista retoma el camino vital de aquella chica con ‘Stella est amoureuse’, es decir ‘Stella está enamorada’. Con ello, y como deja claro el título, la apuesta por el coming of age se hace a partir de esos momentos y circunstancias que se sobreponen a cualquier definición de sujeto que se pueda ofrecer.

Hablemos, por ejemplo, de cómo el hecho de tener un primer contacto con el amor (o con algo que se le parezca remotamente) puede anularte por completo como persona; hablemos de cómo ver a esa belleza irresistible (¡y que esta te devuelva la mirada!) hace que el tiempo se detenga, y que la música con la que estabas bailando hasta este momento, se amortigüe, hasta quedar como un eco muy lejano, indistinguible de los latidos de un corazón que ahora parece que esté corriendo los cien metros lisos. Sylvie Verheyde reproduce, tal cual, esta imagen (y sonidos) para ilustrar, con una honestidad irreprochable, esa etapa vital en la que nos empapamos tanto del entorno, que este nos supera; nos arrolla, hasta que de nosotros solo queda lo más superficial: una mirada vacía, un look divino para salir de noche, un monosílabo que apenas sirve para confirmar que nuestro cerebro sigue conservando un mínimo de actividad.

Donde otras hubieran optado por trufar de carisma, ingenio y frases pegadizas a su protagonista principal, Verheyde apuesta decididamente por la veracidad de mostrar a un ser despojado de todo encanto (más allá del magnetismo natural que le aporta la joven actriz Flavie Delangle), pues como nos sucedió a casi todos a esa tierna y muy convulsa edad, la única definición que nos puede hacer justicia es la que incide en lo perdidos que andamos por aquel entonces. Así se retrata a Stella y así se vive una película cuyo mimo estético en la recreación de los años ochenta, queda como único y lógico punto de referencia sólido ante la inestabilidad y confusión de una revolución hormonal que, como se ha dicho, emborrona los lazos familiares, y las amistades, y por supuesto los estudios… Una amalgama tan frustrante, a simple vista, como acertada a la hora de conseguir que su espíritu individualista trascienda en apuntes muy cercanos a la universalidad.

Mientras tanto, ya fuera de la Competición, Locarno nos alivia con un refrescante ejercicio de cine de género. ‘LOLA’ es el largometraje de debut como director de Andrew Legge, y nos sitúa en la Inglaterra de 1941. Allí, en ese oscuro momento marcado por el choque bélico contra el Tercer Reich, dos hermanas consiguen dar rienda suelta a su talento creativo, lo que las lleva a crear una máquina (la que pone título a la función) capaz de captar retransmisiones de radio y televisión del futuro. Como suele suceder en estos casos, lo que en un principio empieza como un juego, rápidamente va degenerando en una tragedia (en potencia) donde el curso natural de la Historia puede llevarnos a escenarios que, solo con imaginarlos, ya hielan la sangre. Lo bueno, y lo escalofriante, es que el director acompaña estas expediciones del pensamiento con imágenes capaces de materializar nuestros sueños (pero también nuestras pesadillas) más salvajes.

Esta pieza de ciencia ficción de apenas hora y cuarto de duración, se apoya en el formato del ‘metraje encontrado’ para que el punto increíble de la ucronía histórica choque de frente con la veracidad de una filmación brillantemente falseada. Así, David Bowie y Bob Dylan suenan con fuerza en plena Segunda Guerra Mundial, y algunas de las grandes debacles de dicho conflicto son evitadas… solo para invocar, sin querer, un mal mucho mayor. Desde el guion (firmado junto a Angeli Macfarlane) y la dirección, Andrew Legge se luce en la concreción de una aventura en la que el punto low-cost refuerza el imposible de que todo lo que está proyectando la pantalla, podría haber sucedido realmente. Allí es cuando la capacidad para maravillar de la película se funde con el vértigo terrorífico que solo nos pueden descubrir los inventos más poderosos. Discreto (en las medidas reducidas en las que se mueve) y al mismo tiempo contundente homenaje al cine, este loco experimento con el que, para bien o para mal, todo es posible.