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Perder para ganar: madres que buscan futuro para sus hijos lejos de ellos

La asociación Bidez Bide recupera dos proyectos en el seno del Festival de Cine y Derechos Humanos en Donostia. El reportaje fotográfico ‘Ángeles de la guarda’ y el documental ‘En tránsito’ abren una ventana a las realidades que viven las mujeres que emigran dejando a los hijos en sus países.

La exposición «Ángeles de la guarda» de Rosa Villafuerte se puede visitar en el centro cultural Lugaritz hasta el 5 de mayo. (Andoni CANELLADA | FOKU)

Nora se quedó a cargo de su sobrino Bernardo, de siete años, cuando su hermano Claudio, padre del niño, emigró a Alicante. «Somos su abuela y yo las que organizamos las tareas, aunque el seguimiento lo hago yo. Claudio se encarga únicamente de la parte económica. Él llama seguido. Hay días que no llama; pero cuando coge la llamadera… llama y llama», cuenta.

Pedro no se acostumbró a Madrid. Con 21 años, dejó a su madre y sus dos hermanas en la capital española para volver a su país y quedarse con Milagros, su tía, que asumió la responsabilidad de acompañar al joven. «Cuando llegaron a Madrid, la situación estaba muy mal. A veces no tenían ni qué comer. Tenían que levantarse a las cuatro de la mañana a hacer cola en las iglesias para conseguir algo. Pedro pasó por muchas penurias. Él nunca quiso ir», relata Milagros.

Manuela dejó su trabajo para, junto a su esposo, mudarse a la casa de sus nietos. Su yerno Rodri viajó a Bilbo y, más tarde, también emigró su esposa Dalia, la hija de Manuela. Rai y Ángela, de nueve y doce años, se quedaron con los abuelos. «Dalia, mi hija, viajó para atender a su esposo y hacerle compañía. Están viendo si llevarse a los hijos con ellos; el chiquito sí quiere, pero la mayor no», dice.

Nora, Manuela, Milagros y más mujeres están, en blanco y negro, en la exposición fotográfica de título ‘Ángeles de la guarda’ que la fotógrafa peruana Rosa Villafuerte, en coordinación con la asociación Bidez Bide, realizó hace trece años y que ahora vuelve a presentarse en el centro cultural Lugaritz, en Donostia, hasta el 5 de mayo. ¿Por qué la misma exposición después de más de una década? Por su triste vigencia: sigue habiendo mujeres que tienen que abandonar su país, dejando a sus hijos, para trabajar en otro país. Vuelan para que sus hijos e hijas vuelen: para que puedan estudiar en la universidad, para comprar medicamentos para su hijo enfermo; por tantos y tan grandes motivos que a veces no dejan otra opción.

Y sigue habiendo mujeres como Nora, Manuela y Milagros, tías y abuelas que cuidan de sus sobrinas y nietas como si fueran sus hijas. Rosa Villafuerte apuntó su mirada, a través de la cámara, a estas mujeres –y un hombre como excepción–, todas de Perú, y recogió sus testimonios para mostrarlos en Euskal Herria, para colocar aquí una mirilla por donde apreciar el desgarro familiar que deja en los países de origen el exilio de estas madres.

Oskar Tejedor también hundió su cámara en la honda grieta que abre esta situación, en este caso, en formato audiovisual y desde los dos lados de la hendidura –aquí y allá–: para producir el documental ‘En tránsito’ (2016), grabaron a mujeres de Nicaragua y Honduras que trabajan en Euskal Herria en el sector de los cuidados y en el trabajo doméstico, y también llevaron las cámaras a estos dos países para recoger las vivencias de sus hijos e hijas y de las tías y abuelas que los cuidan. El documental se proyectó el pasado jueves en Lugaritz.

«Nos parecía interesante reflejar esa maternidad transnacional que cruza fronteras, esas cadenas globales de cuidados. Son mujeres que dejan, no abandonan, dejan en el país de origen a hijos e hijas a cargo de otras mujeres que aquí se dedican a cuidar»

Aquí el cuerpo, allá el alma

«Nos parecía interesante reflejar esa maternidad transnacional que cruza fronteras, esas cadenas globales de cuidados. Son mujeres que dejan, no abandonan, dejan en el país de origen a hijos e hijas a cargo de otras mujeres, en muy pocos casos hombres, y que aquí se dedican a cuidar», explica Soraya Ronquillo, integrante de Bidez Bide y coordinadora de los dos proyectos –‘Ángeles de la guarda’ y ‘En tránsito’– que la asociación ha recuperado en el marco del Festival de Cine y Derechos Humanos de Donostia.

Ronquillo vuelve la vista a uno de los paneles que se exponen en Lugaritz. Señala una fotografía que muestra a dos niñas vestidas de blanco; detrás, tienen a su padre y a la esposa de él en una pantalla de ordenador. «Lucy tenía a su hijo en Madrid y ella se había quedado con las nietas. Este día estaban en una videollamada. Están vestidas así, de señoritas, porque celebran el fin de curso, una de ellas terminaba la guardería y pasaba a primer curso», cuenta.

La integrante de Bidez Bide se gira hacia otro panel, donde una imagen enseña a una niña de espaldas en un balcón, desde el cual se divisan las casas apeldañadas en un árido cerro del barrio limeño de El Agustino. Es una de las dos nietas de María, que tuvo que cuidar de ellas cuando su hija se fue a Barcelona. «Estas niñas fueron después a Barcelona, y hace un año María también se fue allá. Ahora vuelve a estar con las nietas que ha cuidado ella, aunque el duelo migratorio les está costando», abunda Ronquillo.

Apunta ahora al único panel que muestra la fotografía de un hombre, un padre –«aunque tenía un séquito de mujeres para ayudarlo», ríe Ronquillo–. Su esposa Helena vino a Euskal Herria dejando a sus hijos de seis y ocho años en Perú. «Se quedó un año nada más, no podía. Decía: ‘Tengo mi cuerpo aquí, pero mi alma y mi mente allá’».

Vente, vente y aguanta

«Las abuelas o las tías suelen ser las que se hacen cargo de los cuidados, porque la madre está aquí. Y para cuando pueden reagrupar han podido pasar tres o cuatro años, porque mínimo se tienen que empadronar durante tres años y tienen que tener un contrato de trabajo. Con eso, tienen el NIE, el carnet de extranjería, que te da permiso de residencia de un año. Cuando consiguen ese carnet es cuando hacen el primer viaje de visita a sus países de origen, después de todo ese tiempo», explica Soraya Ronquillo.

Muchas de estas mujeres vienen a Euskal Herria para trabajar en los cuidados, porque, según señala Ronquillo, «la llamada es ‘vente, que aquí hay trabajo para cuidar’». Son ellas, las mujeres latinoamericanas, la mayoría de las que trabajan internas en casas vascas. Un empleo que, reivindica la educadora popular, «hay que abolir». Pero «aceptan casi todas las condiciones», porque sus familiares las necesitan y dependen del trabajo para obtener el permiso de residencia, y lo que cobran de internas aquí es más de lo que cobrarían allá. El desenlace del exilio suele ser incierto: algunas vuelven a sus países, otras se quedan y reagrupan a sus familias, otras desisten.

Allá esperan, y aquí, mientras tanto, aguantan. Una de las protagonistas del documental ‘En tránsito’ resume así el desgarro migratorio: «Venimos a ganar, pero también a perder mucho».