INFO

El surrealista culebrón de Karim Aïnouz, en una masía catalana con Pamela Anderson

Podrían ser los Pujol pero visten algunos de los rostros más icónicos de la ficción contemporánea: Jamie Bell, Pamela Anderson, Elle Fanning y Elena Anaya, todos en un mechambrado surrealista con peores intenciones que logros. ‘Rosebush Pruning’ se ha presentado a concurso en la 76 Berlinale.

Photocall de ‘Rosebush Burning’. (ZUMA | EP)

‘Rosebush Pruning’ tiene las cartas sobre el tablero, pero las juega descabezadas. Por un lado, el realizador más popular del nuevo cine queer brasileño (‘Motel Destino’) dispone de todos los ingredientes para un tórrido affair al estilo de Guadagnino: un reparto de belleza evidente y no canónica, con el grupo de hermanos compuesto por Jamie Bell (‘Desconocidos’) y Calum Turner (‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’), entre otros, que ven la estabilidad de su hogar amenazada por el romance del hermano mayor con una expat en Barcelona, Elle Fanning.

Aïnouz trabaja junto a un guionista con voz propia, el habitual de Yorgos Lanthimos, Efthimis Filippou adaptando el magnífico debut de Marco Bellocchio: ‘Las manos en los bolsillos’ (1965) ahora en tierras catalanas y con una pizca extra de humor. En su versión, la madre de la familia (Pamela Anderson, compartiendo escenas tórridas con la paisajista del clan, Elena Anaya) murió devorada por una manada de lobos, pero no sin antes dejar ciego al padre (Tracy Letts, de ‘Mujercitas’) con el simple reflejo de sus dentadura nívea.

Además, el cineasta dispone de un elenco de ficción bien apto para la acidez sin ambages, un excéntrico grupo de herederos crueles y aburridos, con buenos referentes en los que amparar sus ramalazos de saña anti-pija; de ‘El discreto encanto de la burguesía’ a ‘Saltburn’. Si tomara el ambiente cargado de una o el sentido del meme de la otra, quizás ligaría un relato que en la práctica cae (a pedazos) en una fascinación por lo inexplicable.

Aunque la trama se sustente en una voz narradora machacona y demasiado novelística, la inquietud que une a este viñetario de gente mala y rara nace en última instancia, no tanto de un trabajo con las elipsis y la intuición, sino ante todo por el choque visual; es decir, que el solo motivo que nos une a la pantalla es presenciar a cámara una sarta de provocaciones evidentes, como una felación con pasta de dientes o episodios sexuales con filias por los zapatos o la sangre menstrual, entre otras.

«Pudimos dedicar dos semanas enteras para ensayar»», destacaba impresionado Callum Turner en la rueda de presentación de la película, «aunque cuando llegamos a la localización, Karim nos pidió que olvidáramos todo lo que habíamos practicado». Lo decía como algo positivo, pero ‘Rosebush Pruning’ acaba quedando en pornografía surrealista. O en “necesidades del guion”, como las llama Jamie Bell: «Tratamos de explicar las acciones de los personajes en términos psicológicos, pero la historia las repelía». Algo repelente, sí es.

‘Wax and Gold’, un work in progress políticamente implicado

Era el día en que Rupert Grint (‘Nightborn’) sí levantaba la voz contra el fascismo: «Obviamente estoy en contra y, aunque escoja mis momentos de hablar, sí oiréis de mí». También hoy sabíamos que la escritora Arundhati Roy anulaba su presencia en la Berlinale tras la inhibición del Jurado a condenar el genocidio en Gaza. Y si las piezas empezaban a girar, asimismo lo hacía el fantástico pequeño documental de Ruth Beckermann ‘Wax & Gold’, multipremiada en Berlinale y responsable de ‘Favoriten’, estrenada en el Estado español.

En ‘Wax & Gold’, la austríaca aborda los ramalazos menos conocidos del neocolonialismo: desde las dos caras del Emperador etíope Haile Selassie hasta los votantes negros de Trump en África, o desde las masacres perpetradas en Addis Abeba por el fascismo italiano, hasta la actual mercantilización al gusto de la China de la exótica cultura local.

Son múltiples las hebras de Historia que Beckermann aborda, siempre partiendo de un seguido de decisiones situadas. La más destacable pasa por no abandonar el hotel Hilton en la capital, un hotel «como cualquier otro» aunque encapsula la intersección complicada entre etnia y clase, y que la divide entre la cercanía que aporta la convivencia con los trabajadores sin que logre superar nunca cierta sensación de extranjería; una que no es racista, sino productiva. En fin, se abordan tantos debates como no se cierra ninguno, pero el ejercicio de humildad de la observadora puesta en su sitio resulta ya verdaderamente excepcional.