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Tricia Tuttle confronta a la prensa en la Berlinale

En Competición, dos películas magníficas. El guionista de ‘Close’ presenta ‘Dust’, la versión de ‘El reino’ paralizada por la ansiedad. Sandra Hüller se hace pasar por hombre en ‘Rose’, un impecable wéstern trágico.

Tricia Tuttle, directora de la Berlinale. (Sebastian Christoph Gollnow | DPA-EUROPA PRESS)

No resulta de especial interés (para nadie) andar pendientes del posicionamiento político de las demás. En eso, estamos del todo de acuerdo con la declaración que la directora artística Tricia Tuttle ha publicado durante la mañana, a raíz de la cancelación de la visita de la premio Booker Arundhati Roy como protesta al carácter apolítico –y añado, confrontacional– que mantuvo el Jurado de Wim Wenders ante las preguntas del cuerpo de periodistas sobre una cuestión que sí, les afecta en tanto que representación momentánea de la Berlinale cuando el festival sí ha tomado partido contra la denuncia del genocidio en Gaza.

En su escrito, Tuttle cataloga de «tormenta mediática» la que «ha arrasado» el festival y defiende que «la libertad de expresión es una realidad en la Berlinale. Pero cada vez se espera más que los cineastas respondan a cualquier pregunta que se les haga. Se les critica si no responden. Se les critica si responden y no nos gusta lo que dicen. Se les critica si no pueden condensar ideas complejas en un breve fragmento de audio cuando se les coloca un micrófono delante cuando creían que estaban hablando de otra cosa».

Eso es, de entrada, menoscabar de la peor forma a quienes trabajamos al otro lado del micrófono, equiparar toda crítica a la lapidación y, al mismo tiempo, presuponer que el talento a quien se formulan estas preguntas –todo, estrellas más que asentadas del panorama pop– puede vivir completamente ignorante de la responsabilidad que conlleva el micrófono. Francamente, es ofensivo. Y sí, la perorata política en las páginas de cultura sería mucho menos farragosa si todo el mundo se hiciera cargo de sus acciones.

‘Dust’, o la larga última noche de los hermanos Dalton

Nadie pidió y poco importó el precario sistema de transcripción por el que los niños crecidos y con corbata Luc y Geert (Jan Hammenecker y Arieh Worthalter) estafan millones a todo el país, sin ningún reparo ni sentido de la consecuencia. Tercera película del belga Anke Blondé, ‘Dust’ hereda el polvo algo risible del teatro de Chéjov, de los Gatopardos de Visconti o de los empresarios fríos de Costa-Gavras, aunque han sido tipos como la pareja de hermanos Dalton que la protagonizan quienes nos robaron primero y, luego, permitieron el ascenso del tecnocapitalismo desquiciado.

Porque el guionista de ‘Girl’ o de ‘Close’, Angelo Tijssens, no está dispuesto a avalar ningún tipo de reconocimiento sobre la última noche en libertad los nuevos ricos tras el text-to-speech, antes de ser detenidos por malversación. Por un lado, dibuja a dos personajes opacos, tan carnavalescos y patéticos como Antonio de la Torre en ‘El reino’: Laurel revolcándose en el fango para encontrar un documento incriminatorio y Hardy negando el final mientras va pidiendo un abrazo que no llega.

En fin, un calvario íntimo cuya catarsis se elude constantemente, gracias a la rigidez de la puesta en escena, e incluso por montaje, fragmentario y con tendencia a yuxtaponer los mayores achaques ansiosos de estos desgraciados con flashbacks del éxito efímero del que se creyeron meritorios.

‘Rose’, o redondear la absurdidad trágica

Porque si bien todo en la tercera película de Markus Schleinzer (ocho años después de ‘Angelo’) se escribe con una precisión quirúrgica, que no menos emotiva, es el trabajo de Sandra Hüller el que da color a este wéstern trágico en un blanco y negro digno del cine de Paweł Pawlikowski. En argumento, sigue la línea de la gran saga folk recortada a talla humana tras ‘First Cow’. De entrada, un engaño totalmente inocuo: que la granjera Rose se hace pasar por el heredero de una finca que trae riqueza a la comunidad protestante que la aloja.

Luego, el tacto con que se construye el afecto entre ella y su mujer (Caro Braun), un matrimonio convenido pero no menos entrañable. Y finalmente, el castigo del pueblo a una Hüller-Juana de Arco, que acaba en un memento mori incluso más pavoroso que la película de Kelly Reichardt, y que despierta todos los fantasmas –los absurdos divertidos, así como los impensables– de una sociedad obsesionada con preservar el privilegio genital de ellos. Muy recomendable.