Director de Gaitzerdi Teatro
1978-2018. Memoria viva

Aquél fatídico 8 de julio nos enseñó que el cambio era necesario, pero que tanto Germán Rodríguez como Joseba Barandiaran solo eran una consecuencia trágica de todo lo que anidaba en el seno (destino en lo universal) del establishment.

12/07/2018

Fue un momento-imagen. Como un sueño fatídico y con una respuesta fotográfica de difícil digestión. En la calle Orreaga (Roncesvalles, para la ocasión), en un cruce de caminos imposible, corriendo nuestra juventud tras un montón de uniformados, de repente, en el sitio más inesperado, quien se revuelve es el uniformado, cargando su arma y disparando de una forma tan certera como mortífera.

Aquella imagen vivida en directo nunca se me olvidará y tras 40 años de impasse oficial, el juego de responsabilidades todavía sigue tan vigente como oculto. Siempre intuíamos que antes y después el guión estaba precocinado, que no había dudas de que el ejercicio de silenciar cualquier reivindicación acusaba recibo, y si tres años antes el caudillo de caudillos yacía plano en su lecho, llegados a este punto, el mismo régimen-sostén intentaba perpetuar su legado sin ningún rubor ni conmiseración con nada y menos con nadie.

Aquél fatídico 8 de julio nos enseñó que el cambio era necesario, pero que tanto Germán Rodríguez como Joseba Barandiaran solo eran una consecuencia trágica de todo lo que anidaba en el seno (destino en lo universal) del establishment. Y en esa rueda de la memoria, todavía recuerdo aquel momento, pegado al suelo, bajo una parálisis juvenil inédita, mientras el cuerpo de Germán salía a volandas del lugar, jurándonos por lo «bajini» que aquello no era posible. Y ocurrió.

Adlátere: noche activa, manifestación, recinto de barracas todavía en auge y a pleno pulmón, para dar paso inmediato al silencio solidario, al apagón en la feria y a una reflexión dramática de todo lo que estaba sucediendo.

A estas alturas de la vida, pierdes la edad y los recuerdos todavía se visten de blanco y negro, mientras ejercitas la creatividad para dar a aquel momento su momento, este momento. Ocho lustros después he vuelto a las fiestas para pasear y rememorar aquellos mismos parajes y la sensación es doble. Siempre es doble. Entre los recuerdos algo flácidos de aquellas horas y el tono festivo-risueño de éstas (horas), en medio de todo está la memoria, maldita memoria que nos indica la procedencia de no olvidar para avanzar y avanzar sin olvidar.

A aquel ejercicio de memoria, le sucede hoy un ejercicio elemental de pintura cotidiana sobre lo que es y lo que representa esta ciudad milenaria. Una urbe abierta dinámica, sencilla y sincera con sus principios y sobre todo con sus posibilidades. Ni obras faraónicas (¿a qué nos suena?), ni infraestructuras con nombres y firmas de postín, ni franquicias registradas para sacar pecho, ni declaraciones para la galería. Iruñea es ciudad afable, fiel a su diseño y sobre todo, consciente de sus enormes posibilidades, un germen evidente donde fantasear con un nuevo modelo de convivencia, con una nueva conciencia política reivindicativa y sobre todo solidaria (feminista). No se respira lo rancio, como si Garcilaso hubiese desaparecido por arte de birlibirloque y esto lo agradece el ciudadano.

De aquella memoria dramática, de aquellas muertes precisas con nombres y apellidos, nos queda un legado de futuro, progresista e innovador, tan festivo como laborioso y combativo. Y militantes como Germán no son más que ese primer ejemplo-espejo donde todos nos hemos mirado alguna vez, cuando no entendíamos nada y ahora lo entendemos todo de una forma clara y cristalina.

El arte nos obliga a hacer un ejercicio permanente de ensoñación y juego fantástico y en esta ocasión, a pié de calle, mirando a esta ciudad complaciente en rojo y blanco imperecedero, ni siquiera cuestionando la santidad de Fermín, se puede decir que, antes y después, gora San Fermín!

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