Iñaki Egaña
Historiador

80

Más de una vez me pregunto si de verdad nuestra sociedad está tan imbuida en esos recuerdos que, a fuerza de aniversarios, recuperamos para el presente. Generaciones que no han conocido el pasado, ni siquiera el cercano, embargadas por el día a día, por códigos que van a velocidad de vértigo, incluso por el nihilismo, ¿cómo recogen el mensaje de quienes continuamente hacemos un repaso atávico a la fuerza de los nuestros en tiempos ya lejanos? ¿Son sombras, son fantasmas, son iconos, son referencias?

La verdad es que sigo sin respuesta. Y no la tengo, porque en mi juventud, a pesar de que la distancia cronológica era sumamente inferior, aquellas cuitas de la guerra civil pertenecían a mi paleolítico personal. El presente era más atractivo, de lucha y compromiso, y el pasado residía inmóvil. No había saltos, de una crónica se brincaba a la otra, «era consecuencia de», nos decían los mayores. Y así sería. ¿Pensarán los jóvenes de hoy en las mismas claves? Al parecer, no.

Viene esta reflexión a cuenta de las decenas de actos repartidos por los cuatro territorios de Euskal Herria que se están celebrando estas semanas con relación al 80 aniversario de aquel golpe de estado que derivó en una guerra civil. Me llama la atención semejante avalancha de actividades, de reivindicaciones, de llamadas a recuperar un pedazo de nuestra historia que nos lo habían hurtado. Como tantos.

Y me llama la atención porque los aniversarios históricos entre nosotros han sido muy contados. Los de la pérdida de los fueros, los natalicios del santoral, los de una u otra batalla contra el invasor incluidas las dinásticas y, mas recientemente, las institucionales durante el siglo XX a los «morts pour la patrie» al norte de la muga. Poco más.

Por eso, los aniversarios de la asonada fascista y su repercusión en la represión generalizada, en el intento de «solución final» para el conflicto territorial y humano, se han convertido en una novedad. Una novedad que no deja de causarme perplejidad, porque ese fenómeno social ha llegado para quedarse entre nosotros como una particularidad que, con el poso que va dejando, se ha introducido en nuestro tejido identitario.

Han pasado 80 años y, sin embargo, los actos en recuerdo de aquello que aconteció a partir de 1936 van in crescendo. Son superiores a los que se celebraron hace cinco años, en el 75 aniversario, mayores sin duda a los de los 70 años, y diferentes a aquella iniciativa del 50 aniversario cuando la izquierda abertzale y otros colectivos llamaron a conmemorar en Gernika el bombardeo, con unas jornadas internacionales inolvidables. Del 25 aniversario, en pleno franquismo (bajo el lema insultante de «25 años de paz») mejor ni hablar.

Y en esta particularidad, que convierte a Hego Euskal Herria en una singularidad dentro del Estado español, con decenas de grupos locales, estudios e investigaciones, y sobre todo, homenajes colectivos, populares e institucionales, la marea es tan notoria como diversa. Con la excepción de los herederos del fascismo y diversos medios de comunicación incómodos que tratan de invisibilizarla, la realidad se convierte en innegable. La sombra de 1936 es corta, parece de ayer y no de hace 80 años.

En Nafarroa Garaia, los actos durante este verano de 2016 con la referencia de las consecuencias de una guerra que no existió en su territorio sino en claves de venganza y represión generalizada, han superado con creces a cualquier otra actividad popular. De Urduña piden perdón a Otxandio, por una distinción de época franquista al responsable del bombardeo que acabó con la vida de decenas de niños, en Beasain acuden a recordar las primeras ejecuciones franquistas, en Markina organizan el Ahaztuen Oroimena y en Donostia una iniciativa popular revive la victoria de las milicias populares contra los sublevados en el cuartel de Loiola, provocando una contraprogramación municipal por parte del equipo de gobierno (PNV-PSOE) que no quiere ser ajeno a esa marea. En Azpeitia, su consistorio ha coordinado un homenaje al surgimiento de las Milicias Vascas (Eusko Gudarostea) que se concentraron por primera vez en aquella población en 1936 cuando los vientos de guerra se diseminaron por los rincones de nuestra tierra. Con la particularidad que han logrado reunir a los familiares de los primeros muertos abertzales en la contienda, militantes entonces de PNV, ANV, Jagi y ELA. Un acto simbólico sin precedentes

Semejante evolución, semejante concentración de actos y homenajes a 80 años de lo sucedido, cuatro generaciones, parte de un gran olvido previo al que no son ajenas las instituciones vascas surgidas en la Transición, a la muerte del dictador. Los pactos de aquella Transición tutelada suponían el manto sobre las sarracinas franquistas, el olvido. El Punto final. Quienes lo avalaron tuvieron una gran responsabilidad política. Valoraron la coyuntura de unas semanas por encima del juicio a la dictadura. Como en la cita bíblica en la que Jacob compró la primogenitura de Esaú por un plato de lentejas, la mayoría de las formaciones que habían sufrido la dictadura en sus propias carnes, abandonaron a los suyos, a los que les habían precedido, por la legalización y la posibilidad de participar en el circuito electoral de 1977. Aquello fue una gran prevaricación.

Nadie, excepto alguna que otra iniciativa popular, quiso dar el primer paso, abrir la lata y destripar las razias de la dictadura, sus alianzas, sus silencios. Nadie puso en danza al franquismo, a la modificación de los códigos vitales de varias generaciones que fueron capadas en su desarrollo humano. La recién estrenada autonomía vasca, después del Estatuto, tuvo una oportunidad de oro para marcar también una diferencia con otros territorios del Estado. Y, sin embargo, no lo hicieron.

Nadie tuvo la perspectiva histórica y política de retomar aquello de lo que tanto se había hablado en la clandestinidad, en el exilio. La difusión de la verdad, el señalamiento de los verdugos, de sus familias políticas. El franquismo, político y sociológico, siguió desfilando, en cambio, con la cabeza bien alta por las alamedas de la recién estrenada «democracia española». Todas las aventuras republicanas, opositoras, revolucionarias incluso, fueron arrojadas al baúl de los recuerdos.

Recuerdo aún que en una reunión que se celebró en Madrid en 2003 entre decenas de grupos estatales que trabajaban en ese escenario que comenzaba a denominarse «memoria histórica», el PSOE aún se mostraba reticente, a pesar de estar en la oposición (gobernaba entonces Aznar), a abrir esos espacios. ¡Habían pasado 67 años del golpe de 1936! Cuatro años más tarde, en 2007, ante el impulso de las asociaciones y diversos movimientos populares, el Gobierno de Zapatero aprobaba la timorata Ley de Memoria Histórica.

Los pasos que se han ido produciendo, la extensión del activismo memorialístico han sido un gran ejemplo de cómo el movimiento popular puede modificar una actitud contraria y cerrada de las instituciones. Cómo todavía se pueden romper los lazos y acuerdos de aquella Transición que, a pesar de 40 años de su inicio, aún nos atenaza en numerosas cuestiones.

Han pasado nada menos que 80 años del inicio de aquella masacre colectiva y, sorprendentemente, la activación de aquellos recuerdos componen una de las crónicas más enérgicas de un movimiento popular que no encuentra enganches de referencia de la envergadura de las luchas contra la nuclear, la autovía o el pantano de Itoiz. Es un movimiento que, en esta ocasión, lleva una pelea por lo simbólico. Una nueva novedad en el patio político vasco.

Y, más importante aún. Que no busca, en contra de la tendencia social general, un resultado en primera persona, un beneficio inmediato personal y colectivo. Sino la reparación de una gran injusticia, la visibilización de la infamia que sufrieron nuestros antepasados y sus valores.

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