Historiador
Aberri Eguna y el jardín del recuerdo

Me dicen mis amigos del vecindario que estas cosas patrias están pasadas de moda. Que la globalización es imparable, que el inglés, por pragmatismo, es el idioma universal, aquel que unos idealistas intentaron para el esperanto. Que las patrias son reaccionarias. Pero miro alrededor y veo justo lo contrario.

21/04/2019

Hay un parque en Dublín llamado como la segunda parte del título de este artículo, en el que se recuerda a los héroes que dieron su vida por la independencia de Irlanda. En el país con el icono del trébol y el verde como color particular, la memoria sobre los hechos que llevaron a sus habitantes a independizarse de la metrópoli londinense están en el acervo colectivo. Un orgullo que traspasa el tiempo.

En uno de los lados del parque, inaugurado hace más de 50 años como recuerdo del Levantamiento de Pascua de 1916, hay un escrito, en francés, inglés y gaélico, grabado en letras de oro, de Liam Mac Uistin. La verdad es que el texto está recargado, probablemente como exigen las solemnidades. Pero encierra un homenaje a aquellos que fueron «visionarios», rebeldes o terroristas según la nomenclatura del opresor. Concluyendo con una frase que se me antoja antológica: «a las generaciones de la libertad; acordaos de nosotros, los de la generación de la visión».

El parque de Dublín es una fórmula más de una expresión comunitaria que se repite en todos los rincones del mundo. Los héroes de la Primavera de Praga, los libertadores latinoamericanos, los defensores de Leningrado, los resistentes contra el nazismo, los independentistas hindúes, los guerrilleros contra el apartheid, los abolicionistas de la esclavitud, las sufragistas londinenses, los revolucionarios mexicanos, los soldados desconocidos que defendieron su patria...

Sin embargo, esta expresión comunitaria actual de empatía hacia las generaciones anteriores que defendieron la libertad y su propia dignidad, en la mayoría de los casos contra una legalidad y unos jueces injustos, no tiene recorrido en nuestro país. Porque nuestro país, al parecer no está reconocido. Y como tal, tuvo que organizar en clandestinidad durante decenas de años su día patrio, fue apaleado en otras ocasiones y siempre tiene que justificar la lógica. El derecho de una comunidad a ensalzar su existencia.

Y junto a esa ya cansina letanía diaria de tener que exhibir nuestros lazos comunitarios, la presión no ceja. Nos destruyeron un columbario metafórico de robles en Aritxulegi, nos llenaron de cruces gamadas las excavaciones de Amaiur, símbolo de la defensa ante el invasor (hace años explosionaron el monumento a los héroes de Amaiur), ridiculizan, humillan, frivolizan e incluso criminalizan nuestra lengua por el mero hecho de ser antigua y contener sonidos complicados, tx, ts, tz.

Esa presión es la que hace reforzar mis convicciones. A veces percibo algo de vergüenza al sentirme identificado con las palabras de José Martí, pero sé que somos producto de nuestro contexto y no lo puedo remediar: «El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas. Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca».
Creo que en un medio profundo de libertad, con mi comunidad reconocida internacionalmente, con fronteras si hace falta, las expresiones patrias no irían conmigo. No digo que, como afirmaba Brassens, me quedaría en la cama mientras desfilaran mis vecinos, pero al menos rebajaría mi actividad patria.

La reforzaría, como ahora también lo hago, con esos vascos vulnerables a los que ninguna generación prestó apenas unos segundos de gloria, aunque fuera para evocar su drama. Llevo unas semanas enfrascado en los archivos y documentos de la Shoah, y he de reconocer que, nuevamente, me entra el desasosiego y la zozobra al constatar el lado oscuro de la condición humana. Las razias en Baiona y Biarritz que se llevaron a decenas de niños y adolescentes que concluyeron gaseados en Auschwitz. ¿Qué fue de los hermanos Smil? Alice, Léonce, Marie… convertidos en cenizas de olvido.

¡Cuántas veces no pude contener la congoja al hablar con Santiago Molinet! En 1936, los verdugos azules mataron a su hermano gemelo, Felipe, en Lodosa, cuando únicamente tenía nueve meses de edad. Santiago sobrevivió. No conocí a Alice, ni a Felipe, pero el hecho de encontrármelos en un papel, en una ficha aunque fuera escondida durante años, me hace reforzar ese sentimiento patrio que mantengo como el fuego en el hogar.

Me dicen mis amigos del vecindario que estas cosas patrias están pasadas de moda. Que la globalización es imparable, que el inglés, por pragmatismo, es el idioma universal, aquel que unos idealistas intentaron para el esperanto. Que las patrias son reaccionarias. Pero miro alrededor y veo justo lo contrario. Que monstruos como los que cercenaron la vida a las Smil, a los Molinet, siguen exultantes, ejerciendo su supremacía.

Y me afianzo en esas convicciones que surgieron en otros tiempos más confusos, más beligerantes. Más aún cuando los análisis genéticos, que han desterrado centenares de mitos y leyendas, como en su tiempo lo hizo la luz con las religiones, nos han demostrado que somos productos culturales, nada étnicos y menos aún raciales.

Así que para este Aberri Eguna de 2019 reivindico a mis antepasados que salieron de África. Porque, listos de pacotilla, somos joisanes (bosquimanos en lenguaje peyorativo afrikáner), que llegaron a Eurasia y siguieron migrando durante milenios. Y los que se asentaron entre las faldas del Pirineo, al abrigo de los aires cantábricos y el cierzo del Ebro, llegaron desde Anatolia hace apenas unos miles de años. Compusieron una lengua capaz de encerrar palabras tan hermosas como pinpilinpauxa, bihotza, maitasuna o xuxurlatu.

Y durante siglos fueron, fuimos, «contaminados» por decenas de comunidades, algunas de ellas agresivas, otras pacíficas. Algunas opresoras, otras tolerantes. Y entre unas y otras, formamos ese sueño, real e imaginario, que ya Johannes Leizarraga llamó Euskal Herria. Que tiene también sus infiernos, sus demonios y sus paradojas. Pero, a fin de cuentas, es ese territorio, material e inmaterial, en el que nací, viví y, espero, se esparcirán mis cenizas. Al lado de las de Smil y Molinet, por favor.

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