Antonio Álvarez-Solís
Periodista

Ayer empezó mañana

A la vista de las dos terceras partes del Parlamento de Gasteiz ocupadas por nacionalistas, el veterano periodista se pregunta hasta dónde son nacionalistas, y estima que en ello está la responsabilidad de Iñigo Urkullu. Según afirma, la prioridad es ser nación, con las ventajas de la soberanía en un momento en el que la economía solo se puede sanear «desde la soberanía profunda y, sobre todo, desde las exigencias culturales que ha de incorporar la política correspondiente».

Da igual numerar la fecha –el 21, el 22, el 23…–, ayer empezó el mañana. Dos mujeres suscribieron de contradictoria forma esta certeza al pie de las elecciones. La primera, Laura Mintegi, dijo algo fundamental repleto de futuro, de mañana, ante un hermoso mar embravecido de abertzalismo: «Por encima de las siglas y de los partidos, Bildu no está llevando a cabo una carrera electoralista sino un proyecto de pueblo». La segunda, Esperanza Aguirre, certificó la brutalidad que viene de ayer, del «siempre» español, de la sombra alargada de la violencia que representan las políticas surgidas de Madrid: lo sucedido en las elecciones expresa «el grave error de no haber ilegalizado Bildu». En la boca de la primera mujer, la libertad y el entusiasmo por el rescate de una nación; en los labios de la segunda, la guerra desde todas las trincheras, la política, la legislativa, la judicial, la armada. Dos almas frente a frente. Hay que elegir.
El nuevo Parlamento de Gasteiz está dominado ya por nacionalistas. Un grupo, el peneuvista, es el discretamente mayoritario en ese horizonte. Le siguen los abertzales de Bildu. En suma, dos terceras partes de la cámara son nacionalistas, pero ¿hasta dónde? Ahí está la grave responsabilidad del Sr. Urkullu, que ha manifestado algo importante: «Estoy más cerca de Bildu que del Partido Popular». Creo que el Sr. Urkullu no debería medir cercanías. Es peligroso. Las cercanías suelen confundir a la hora de la decisión, sobre todo cuando se trata de momentos esenciales. El Sr. Urkullu, que es tan clásico de ideario, debería recordar aquella invitación catequística: quien huye de la tentación evita el peligro.
No se trata, pues, de ser abstractamente de la derecha social y económica, sino de ser de la derecha vasca, de recuperar para Euskadi la pista por la que pueda circular más o menos adecuadamente el presunto conservadurismo de los vascos si fuera esa, puestos a imaginar, la supuesta voluntad euskaldun. Se trata, en suma, de ser ante todo nación con todas las ventajosas consecuencias de la soberanía en una época en que la economía únicamente se puede sanear desde la soberanía profunda y, sobre todo, desde las exigencias culturales que ha de incorporar la política correspondiente. Porque la felicidad de los pueblos, tras tanto desengaño producido por los poderosos que solamente tienen una patria, está en su cultura, en su ser profundo, en su corazón nacional para vivir confortablemente con la herencia dada por la historia. Y para ser nación «en Europa» no es aconsejable hacer la carrera del brazo de socialistas que miran al sur o de «populares» que han viajado hasta el norte. Si lo hiciera así el Sr. Urkullu, volvería a encerrar a Euskal Herria en la granja orwelliana. ¿Y desea la mayoría de su partido, y hablo de las «bases» –¡ay, el siempre peligroso aparato!–, renovar esa entrega, sobre todo cuando a esas mayorías acaba por ensillarlas un amo venido desde lo absurdo?
Ayer empezó mañana, Sr. Urkullu. Piense que el PNV ha perdido ya, según parece, seguidores por su izquierda. No hay que extremar, sin embargo, la preocupación por las urnas, porque Euskadi es «un proyecto de pueblo» que busca su realización política, pues nación lo es desde hace muchos siglos. Es la hora de la política, aunque los grandes intereses a los que llamamos absurdamente mercados insistan hipócritamente en que es el tiempo de la economía falsificada por expertos falaces. En la política nueva se aloja, además, la economía nueva. No parece prudente, pues, entregarse a una Europa que muere, sino a una Europa que viene, constituida por ciudadanos que desde su ser nacional están dispuestos a devolver a los trabajadores su dignidad y su capacidad para forjar una riqueza justa, una vida apetecible de acuerdo con los viejos contenidos del alma. Si aceptamos todos estos supuestos, quizá desde su elevada torre de observación empiece usted a sentir la necesidad de elegir incluso a los ricos a fin de purificar algo el ambiente y como gran remedio para la crisis, pero si es así hay que adunar ricos próximos, aunque sean confusamente vascos, si uno aspira a defender la patria. ¿Y será libre una Euskadi –fuerza y antemural de Euskal Herria– que vea interferidos sus deseos profundos en el seno de esa corrompida globalización que está arruinando a tantos pueblos? Lo dudo mucho, Sr. Urkullu.
Ha llegado la hora de tender la mano peneuvista a los abertzales agavillados en EH Bildu que sueñan con una Euskal Herria moderna y prometedora, sobre todo y ante todo justa socialmente, es decir, dueña de sí misma o, lo que es igual, libre. Usted lo ha dicho en el final de la campaña. Una Euskadi –hablo así dada la geografía política imperante– de «trabajadores de todas clases», como decía la Constitución de la asesinada II República, que sus antecesores políticos defendieron con admirable entereza y las armas en la mano, porque mediante ella había de realizarse el estado vasco. En resumidas cuentas, una Euskadi que pueda proyectarse sobre el mundo con la seguridad que le otorgue su propia capacidad de invención para vivir y prosperar.
Hay algo que tengo bastante claro, o al menos así me lo dicta una esperanza razonable: que la coalición que conocemos por EH Bildu va a seguir un proceso acelerado de robustecimiento interno bajo el imperio de la fusión motivada por su alta temperatura política. Hacer la libertad integra mucho. La libertad es la mochila del caminante. Ya sé que no es usted hombre de imágenes sino de finas contabilidades, pero las imágenes son el único mapa que conduce hacia el futuro. Desde esta perspectiva creo que la Sra. Mintegi tiene labor múltiple y profunda. De ella podríamos decir en el latín macarrónico del burlón fraile renacentista Teófilo Folengo que «una mano sua faciebat topus et altera tenebat gladium».
Las elecciones que acaban de realizarse demuestran que, con un paso o con otro, los vascos han decidido que la luz penetre en sus montes. Esto no lo entenderá un Madrid donde todo un ministro, como se decía en las zarzuelas, ha dicho que le tienen sin cuidado las protestas. ¡Arriba España, Sr. Wert! Ahora que tanto se habla de las víctimas del terrorismo, el Sr. Wert, ministro de mala educación, ha decidido hacer pipí sobre la memoria de los que cayeron defendiendo la legalidad y la legitimidad española, cuyos descendientes son los que encarnan con mucha frecuencia su espíritu en las protestas vascas. Tenga usted en cuenta, Sr. Urkullu, a este Madrid y su inalterable y violento comportamiento si de verdad estima a la Euskadi que le ha hablado en las urnas.
Ya sé que la ocasión la pintan calva y que usted, las cosas son así, es hombre de mucho pelo, pero la gran ocasión la tiene usted en la mano. Los nacionalistas son la vanguardia de la libertad vasca, en este caso, y esa libertad no puede ser dilapidada en una gobernación que picotee como las gallinas. Se necesitan gobernantes que busquen futuro y no gobernantes que aspiren a la irrisoria cucaña de cada día. No se trata de rebajar la cotidiana prima de riesgo para lograr un dinero destructivamente usurario, sino de edificar una economía que una la eficacia de la cercanía a la posibilidad de los enlaces universales. Una economía que tenga pueblo dentro y no adulterados balances bancarios. He escrito todo lo anterior con un aurrera! en el teclado del ordenador, que tantas veces desordena la vida en manos de los furtivos. En ese ordenador aparecen hoy cientos de mensajes de españoles que llaman a las armas contra los vascos que han votado pacíficamente la libertad de su pueblo ¡Qué paisaje y qué paisanaje! Ante eso hay que unirse, Sr. Urkullu.

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