Jesús Pérez de Viñaspre Txurruka

Benjamin, Agamben y Estados de Excepción en Vasconia

El concepto básico de Estado de Excepción (EE) consiste en suspender las garantías constitucionales, bajo circunstancias excepcionales que supondrían poner en grave riesgo la sobrevivencia de la comunidad política, declarando un estado de guerra con el fin de destruir al enemigo por todos los medios posibles.

Desde un punto de vista legal el EE implica una amenaza externa y temporal (invasión, desastre natural, crisis humanitaria...) por lo que la excepción sólo rige mientras la amenaza siga latente. Pero desde la llegada de las sociedades modernas capitalistas los enemigos son principalmente internos, personas que por sus ideas y actos son considerados como peligrosos por los detentadores del vigente statu quo, contra quienes se está dispuesto a utilizar la violencia de modo continuado y permanente. De tal modo que el EE que en un principio era temporal, se constituye en norma, en un paradigma de gobierno, o dicho con palabras de Agamben, en un Estado de Excepción Permanente (EEP).

Pero fue Walter Benjamin el primero que hizo mención expresa del término EEP en 1942 en su VIII tesis sobre el concepto de historia: «La tradición de los oprimidos nos enseña que el EE en que vivimos es la regla…». Para Benjamin, el derecho en cuanto tal es producto de la violencia, manifestando un orden impuesto. Distingue entre violencia constitucional (violencia que funda el derecho) y violencia constituída (violencia mantenida frente a sus adversarios). Y llega a la conclusión de que esta violencia constituída, la violencia que los vencedores ejercen sobre los vencidos y oprimidos, hace que el soberano o las autoridades del estado liberal, no tengan capacidad de decidir sobre el EE que desde entonces se ha convertido en norma, es decir en EEP. El fascismo y el nacionalcatolicismo serían sus representantes más genuinos.

Giorgio Agamben retoma la VIII tesis sobre la historia de Benjamin y corrobora que el EE se ha convertido durante el siglo XX en una forma permanente y paradigmática de gobierno que, sorprendentemente, pasa desapercibida para la mayoría de los ciudadanos. Utilizando palabras gruesas, Agamben considera que el totalitarismo moderno por medio del EEP instaura una «guerra civil legal permanente» en la sociedad.

Si bien originalmente el EE se entendía como algo extraordinario, que debería ser válido sólo en un período limitado de tiempo, una transformación histórica lo ha convertido en la forma normal de gobierno. Agamben busca mostrar las consecuencias de dicho cambio para el Estado de las democracias en las que vivimos.

«Si me voy al pasado es para explicarme el presente», dice, y ahí están sus reflexiones sobre el campo de concentración de Auschwitz para iluminar las sombras que ensombrecen el mundo actual. Trabaja con paradigmas o fenómenos históricamente singulares con el propósito de entender una determinada estructura histórica; y así como Foucault utilizó el panóptico de Bentham como paradigma de la globalización, del estado-mundo de control social, Agamben se sirve de los campos de concentración de Auschwitz y Guantánamo como paradigmas del EEP en las sociedades modernas.

En su opinión, los judíos tras ser desnacionalizados y despojados de sus derechos fueron borrados como sujetos legales; los nazis no hicieron más que servirse de una figura jurídica, la del EE, para crear un espacio en el que todo estaba permitido, donde no había delitos porque no existían leyes. Agamben no intenta comprender Auschwitz como hecho histórico sino como modelo, como matriz secreta de nuestra sociedad; y es ese modelo, el del EE, el que se está convirtiendo en norma.

Porque en realidad, ¿qué es un campo? Es una porción del territorio sustraído al orden jurídico-político, una materialización del estado de excepción. Hoy, la excepción y la despolitización han penetrado en todas partes; ahí están los detenidos de Guantánamo exentos de todo tipo de status legal como prisioneros de guerra, o los «sin papeles» que tampoco poseen existencia legal. Análogamente, qué podemos conjeturar del espacio video-vigilado de nuestras ciudades (es público o privado, interior o exterior?), o del modelo israelí de los territorios ocupados (con barreras que excluyen a los palestinos) que, irónicamente, sirven de modelo a Dubai para crear espacios turísticos superseguros. Nuevas excepcionalidades se propagan: espionaje masivo revelado por Snodwen, medidas anti-crisis aprobadas por decreto-ley con la excusa del Estado de emergencia económica, normas de trato cruel con los presos vascos asociadas a inhabilitaciones ad hoc (caso Otegi)...

Foucault se apercibió de que en el siglo XVIII, la gestión de la seguridad se convirtió en un paradigma de gobierno. Los fisiócratas franceses con responsabilidades de gobierno, ya en aquel tiempo pensaban que la seguridad no consistía en prevenir a la población de padecer hambrunas y catástrofes, más bien se permitió que ocurrieran para después ser capaces de reorientarlas en una dirección beneficiosa. De este modo Foucault se percató de que la seguridad, la disciplina y la ley constituían un modelo de gobierno.

Agamben, siguiendo a Foucault, concluye que hemos pasado de un gobierno de leyes a un gobierno de la administración del desorden. Tras las revueltas en la cumbre del G8 en Génova (julio de 2001), un alto cargo de la policía declaró ante los magistrados que investigaban la actuación de las fuerzas de orden público que el gobierno no pretendía el mantenimiento del orden, sino la gestión del desorden. De ahí, todo un conjunto de medidas de control sobre los ciudadanos, considerados todos potenciales delincuentes. Consecuencia de ello, estamos inmersos en un EEP con el argumento del «por cuestiones de seguridad», que justifica cualquier medida aunque coarte las libertades de la ciudadanía.

En Vasconia la situación de EEP descrita por Benjamin y Agamben se agrava considerablemente por tratarse de un país conquistado y dominado. Al evocar, por cercanía en el tiempo, los EE de la época franquista y de la mal llamada transición, se podría deducir que tuvieron su origen en el 18 de Julio de 1936; craso error por cuanto aquéllos ya existían en la época de las guerras carlistas y en vida de Sabino Arana.

El EEP en Vasconia, nuestro EEP se establece cuando españoles y franceses eliminaron y destruyeron el Estado de Navarra, máxima organización política creada por el pueblo vasco. Los conquistadores controlaron la sociedad ocupada, sustituyeron la lengua y cultura propias y construyeron una nueva versión de los hechos violentos de modo que aparecieran como «uniones voluntarias», pacificaciones… realizadas mediante pactos que contaron con el asentimiento y complicidad de algunas élites colaboracionistas. En último término lo que se pretendía era la consecución de una amnesia colectiva, el olvido por parte de los vencidos de la memoria de sus derrotas (1200 y 1512).

Inmersos en esta era de globalización postergamos, negamos, desatendemos cuestiones que nos condicionan determinantemente en nuestra manera de «ser» y «estar» en el mundo. Es obvio que el futuro de una sociedad estará determinado, indudablemente, por la voluntad de sus ciudadanos; pero olvidamos que, en una gran medida, su presente y su futuro también estará condicionado por cómo gestiona y diligencia su pasado. Los teóricos sociales pensaban que la globalización causaría un proceso de rápida desintegración de los Estados-nación, lo que comportaría una conciencia postmoderna basada en un sentimiento de identidades múltiples; pero la realidad es muy otra y el Estado-nación sigue siendo la forma predominante de organización política.

En la actualidad, en este mundo de naciones no hay nacionalidad sin una visión nacional de su propia historia (con todos los sesgos y reinterpretaciones que se quieran). Nosotros no vamos a ser diferentes, tendremos que tener una «visión nacional» que asuma y adopte, no cualquier tipo de pasado, sino aquél que representa una forma de continuidad con respecto a un tiempo en que el país común (la nación, el pueblo) nació, creció, se forjó y tuvo vida plena y duradera hasta que el invasor lo desoló, lo desarticuló, lo arruinó. El reclamo y asunción de una historia propia tan estimada y preciada, es una necesidad para aumentar la autoestima y dignificar la propia trayectoria colectiva, porque es un hecho incontrovertible que «la historia siempre tiene valor».

Nuestra sociedad navarra ha sufrido derrotas y se ha visto (y se ve) ocupada, despedazada, subordinada por españoles y franceses que intentan borrar o mistificar los hechos históricos. En el manual de todo conquistador está programado que, tras la derrota militar del vencido viene la segunda fase, que consiste en forjar en los vencidos el olvido de la memoria de esas derrotas así como en reinterpretarlas, sea por su reemplazo, sea por su asimilación, sea por su adulteración. Hay que recordar lo que Walter Benjamin decía al respecto: «Los pueblos o clases sociales que olvidan sus derrotas son doblemente vencidos. La primera vez en la derrota en sí y la segunda, a través del olvido, de la pérdida de la memoria de su derrota y de los elementos que la soportan (narraciones, historias, leyendas, lugares de recuerdo )». La sociedad navarra tiene en la memoria histórica un elemento fundamental para plantear su liberación.

Existe un pasado que no se puede cambiar, existen diferentes aprehensiones e interpretaciones paradigmáticas de ese pasado, pero es innegable, concluyente, que la comprensión y asimilación que se haga de aquél condicionará en gran medida, no sólo la visión del presente, también del futuro.

El Estado de excepción que sufre Vasconia, nuestro EE, el que está forjado y troquelado por nuestros invasores, acabará cuando se logre la independencia mediante el acceso a sujeto político a nivel internacional con la constitución de la República de Navarra como Estado independiente.

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