Canciones para después de una huelga
Uno regresa a los documentales de Basilio Martín Patino como quien se encuentra con un viejo amigo. En "Caudillo", reconocemos de inmediato el paisaje de la guerra, los edificios condenados a la ruina, el temblor de la artillería, los decretos tenebrosos de Emilio Mola y la voz aflautada del Generalísimo en su misión salvífica de resucitar España. Los refugiados caminan con sus petates al hombro hacia la estación de Hendaia. En Gernika no ha quedado piedra sobre piedra. En la pared de un caserío de Errenteria, los soldados italianos han escrito un lema mussoliniano: «creer-obedecer-combatir».
En "Canciones para después de una guerra", Basilio Martín Patino reconstruye la felicidad impostada del primer franquismo a través de la música. Hay corridas de toros y exequias por los caídos de la División Azul. Suenan pasodobles, cuplés de Celia Gámez, himnos falangistas. Estrellita Castro da cuerda a un gramófono y canta "La morena de mi copla". En un recorte de periódico, la fábrica de Firestone en Basauri felicita a los vencedores de la guerra y a los campeones de las 500 Millas de Indianápolis. Entretanto, muchedumbres cabizbajas se aprietan en las colas del hambre y consuelan sus tripas con los pucheros del Auxilio Social.
El franquismo acuñó sus propios estribillos a imitación de otros regímenes totalitarios. Había musiquillas de amor que deshinchaban el aire saturado del conflicto y había también lemas machacones diseñados para legitimar un consenso impuesto por la fuerza de las armas. "España, una, grande y libre". "Si eres español, habla español". Los sublevados forjaron una nueva identidad nacional en explícita oposición al marxismo y a la libre determinación de los pueblos. En última instancia, la España nacionalcatólica fue tanto una tentativa de asimilación cultural como un proyecto de las clases dominantes contra las organizaciones obreras.
El 13 de abril de 1937, mientras el Ejército del Norte bombardeaba Zornotza, el Gobierno de Burgos suprimía la festividad del 1 de mayo debido a su «carácter marxista». A modo de reemplazo, el Generalísimo eligió el 18 de julio como día de la Exaltación del Trabajo para que coincidiera con el aniversario del Glorioso Alzamiento. "El Diario Vasco" celebraba la nueva efeméride como «antípode del incivil trágala del primero de mayo». En Donostia, unidos por un mismo espíritu de fraternidad, patronos y obreros compartían banquetes de café, copa y puro. Una estampa antagónica a la del ideario marxista, cuyas masas obreras «se entregan a la huelga, al sabotaje y al odio».
Frente a la herencia republicana de las luchas populares, la prensa franquista elogiaba algo que podríamos llamar monólogo social, es decir, un diálogo en el que solamente se escuchaba a una de las partes. Con las organizaciones obreras proscritas, los trabajadores quedaban al albur de un sindicato vertical que reproducía los intereses patronales. Se impuso la paz de los cementerios. Las voces autorizadas del franquismo urdían dudosas coartadas morales para descartar las demandas de la clase trabajadora. En la portada de "El Diario Vasco", José María Castro denunciaba que el marxismo aspira a la vileza material de los salarios en detrimento de las recompensas espirituales.
La paz social del franquismo fue apenas un traje zurcido a golpe de propaganda. Financiados por banqueros y empresarios, los militares africanistas pudieron ilegalizar sindicatos y partidos pero no consiguieron disolver los antagonismos de clase. El 1 de mayo de 1947, con todas las cautelas de la clandestinidad, varias organizaciones proletarias paralizaron la industria metalúrgica de Bizkaia. En una octavilla dirigida al pueblo vasco, la Junta de la Resistencia denunciaba los salarios inicuos y arremetía contra los explotadores sin conciencia. Muy pronto, la protesta se extendió hacia núcleos fabriles de Gipuzkoa como Eibar o Elgoibar.
Hubo que pagar un alto precio represivo. El Gobierno Civil anunció el despido de todo aquel que se hubiera ausentado de su puesto de trabajo. Agustín Unzurrunzaga, militante de ELA en Bergara, terminó en los calabozos de la Guardia Civil con la acusación de haber desplegado una ikurriña y murió en circunstancias nunca aclaradas. Pero la huelga esperanzó al conjunto de la disidencia antifranquista. La Unión de Intelectuales Españoles expresó «su más ferviente admiración y solidaridad hacia los trabajadores vascos». Desde la autoridad del exilio, Jose Antonio Agirre celebraba «la victoria más grande obtenida por las fuerzas populares contra el régimen de Franco».
La prensa del régimen silenció la huelga al tiempo que daba cuenta de las movilizaciones obreras en Italia. Si regresamos a las páginas de “El Diario Vasco”, vemos que el enviado especial en Roma proyecta sobre los huelguistas foráneos todos los prejuicios que el franquismo atribuye a los huelguistas domésticos. Así, los sindicatos son «dictadorzuelos» que lanzan lemas «ridículos» y cuyo único logro es quebrantar la economía, el trabajo y el orden del país. «¿A qué viene una huelga general?» El reportero, de mirada viva y sagaz, se apercibe de que un líder socialista italiano usa cartera de piel de cerdo. «Le debe de haber costado sus buenos cuartos».
Muchas cosas han cambiado desde entonces y muchas otras permanecen intocadas. Basta que se anuncie una huelga para que conozcamos de antemano quiénes y con qué argumentos van a denigrarla. Dirán que la protesta desluce nuestro país de postal. Dirán que los piquetes se hartan a pintxos en el primer bar que les abre la persiana. No puede faltar la imagen alarmante de un contenedor volcado y todos los lugares comunes del periodismo catastrofista: «destrozos», «vandalismo», «la más rotunda condena». Siempre la misma canción. Al fin y al cabo, somos hijos de otras huelgas prohibidas, perseguidas, denostadas. La historia, a fuerza de muchos palos, nos ha enseñado que nadie nunca va a regalarnos nada.