Con una flor en la mano

El vínculo que une el Yo con el Tú es el diálogo. Si analizamos la estructura ontológica del diálogo hay siempre una llamada y una respuesta.

28/03/2018

Me pillaron con una flor en la mano paseando por la mañana del domingo. Celebraba la cercanía, la caricia en el cuello, esa pisada fresca de primavera en los cuerpos, el cálido aliento que uno siente caminando por la vida: silbido suave de recuerdo que a uno le arranca una sonrisa en un momento de despiste en la ribera del río de una ciudad lejana.

Escribía José Hernández en Martín Fierro: «Voy a contarles mi historia, /perdónenme tanta charla, / y les diré al principiarla, / aunque es triste hacerlo así, /a mi madre la perdí / antes de saber llorarla».

El escritor Fritz Rudolf Fries escribió su azarosa vida y sus recuerdos desde el banco del parque, Diogenes auf der Parkbank. Erinnerungen. Porque hace bien y es necesario sentarse a inicios de primavera en el banco del parque y agradecer la vida, celebrar la compañía y la acogida, el arrope y el beso. Descubrir la importancia del Tú en el Yo.

En 1923 Martin Buber escribió el famoso libro "Ich und Du", Yo y Tú, corto, apenas 117 páginas, donde afirma que una palabra básica es el par Yo-Tú, y que las palabras básicas se pronuncian desde el ser; cuando se dice Tú se dice el Yo del par Yo-Tú, porque no existe ningún Yo en sí sino sólo el Yo de la palabra básica Yo-Tú. La palabra Yo-Tú funda el mundo de la relación, la vida con el ser humano.

Él no es una cosa entre cosas ni se compone de cosas, lo demás vive en su luz. Del Tú no hay experiencia, no se le encuentra buscando, me sale al encuentro. Yo llego a ser Yo en el Tú; al llegar a ser Yo, digo Tú. Toda mediación desmorona el encuentro. En la medida que el ser humano se deja satisfacer con las cosas que experimenta y utiliza vive en el pasado, y su instante es sin presencia. No tiene otra cosa que objetos; pero los objetos consisten en haber sido.

El objeto no es la duración, sino la cesación, el detenerse, el romperse, el anquilosarse, la cortadura, la carencia de relación, la ausencia de presencia. Los seres verdaderos son vividos en la actualidad, los objetos en el pasado. A los sentimientos se les «tiene», el amor en cambio ocurre. Los sentimientos habitan en el ser humano, pero el ser humano habita en su amor. Pensar en el Yo como algo aislado es abstraerlo, falsearlo. Ser Yo quiere decir ser junto a otro. No existe ningún Yo en sí, sino sólo el Yo de la palabra básica Yo-Tú y el Yo de la palabra básica Yo-Ello.

Y estas palabras básicas no se dicen con la boca, se dicen con el ser. Yo soy mis relaciones. A los seres que me rodean puedo considerarlos cosas para mi uso, para mi provecho, para mi contemplación, para mi conocimiento, es la relación Yo-ello. La relación que más vigencia tiene en la normalidad cotidiana de los hombres. Este Yo rodeado de cosas no es, en sí mismo, sino una cosa. Es el plano de la experiencia, experimenta a las cosas de acuerdo con sus cualidades. La cosa es algo que me sirve para algo. Si existir es tender hacia el otro, una de las formas que adopta esa trascendencia es la de la experiencia y utilización. Puedo percibirlos, clasificarlos, describirlos, abstraer alguna característica particular de ellos, manipularlos, utilizarlos. Gran parte de la vida del hombre transcurre inmersa en este dominio. Es la relación que más vigencia tiene en la normalidad cotidiana de los hombres. El Ello es el ámbito de la experiencia y el uso. El mundo del Ello es el mundo de la economía, del estado, de la ciencia y la cultura, de la civilización. La realidad es vista como cosa, como objetos que están ahí para dominarlos y utilizarlos. El Yo de la palabra básica Yo-Ello aparece como ser individual, y aparece cuando se constata frente a otros seres individuales. Y como individuo el hombre se define por la experiencia y por la utilización de las cosas.

Más allá de esta existencia sumergida en el mundo de las cosas –el mundo del Ello– hay para el hombre otra realidad esencial de acuerdo con su actitud, que funda el reino del Tú. A veces lo que confronta al hombre –lo otro– no se reduce a ser un contenido de su conciencia, un objeto de experiencia, ni una cosa destinada a satisfacer alguna necesidad particular. Es imposible tener experiencia de un todo, toda experiencia es fragmentada, relativa. Frente a un todo lo único que cabe es la relación.

La relación es un compromiso de existencias, es la participación en la realidad del otro. La experiencia y el uso son actitudes parcializadoras. La relación auténtica es vínculo con lo real como totalidad. Lo otro no se le presenta al hombre como objeto o cosa sino desde el misterio de la presencia, lo aprehendemos en su incomparable singularidad. La actitud fundamental en el hombre es la de relación. La presencia del Tú es anterior a la experiencia del Ello. El ámbito de la relación es la presencia.

El vínculo que une el Yo con el Tú es el diálogo. Si analizamos la estructura ontológica del diálogo hay siempre una llamada y una respuesta. La llamada consiste en la presencia del Tú y la respuesta es la responsabilidad que el Yo asume frente a esa presencia. La relación Yo-Tú es recíproca. Si el Yo se vuelve persona a través de la relación es porque el Tú también se personaliza a partir del encuentro.

Hace años Jesús Mosterín en un artículo, Física y metafísica, decía: «mientras los filósofos han arriado sus velas especulativas, los físicos teóricos y cosmólogos han tomado el relevo de la especulación con renovado entusiasmo y notable sofisticación matemática. La frontera entre física y metafísica ya no marca los confines de la ciencia, sino que discurre por medio del territorio científico mismo. Sólo en el mundo ficticio de la matemática pura florecen las verdades seguras y eternas. En el mundo real de la ciencia empírica, todo es inseguro, provisional y revisable. Como decía Einstein, «los teoremas matemáticos sólo son seguros en la medida en que no se refieren a la realidad». Fascinante paradoja.

«El difunto Stephen Hawking es la prueba de ese poder del entendimiento que, mediante la alquimia de sus ideas, es capaz de romper la jaula existencial del espacio y el tiempo en la que, en principio, está confinada la especie humana, pero de la que escapan aquellos que –como el físico británico– han convertido sus mentes en prodigiosas naves capaces de superar las fronteras de dimensiones ignotas».

La neurobióloga Rebecca Saxe viene examinando procesos de maduración en el hombre. Mediante el tomógrafo craneal ha podido analizar y observar en el cerebro del niño una primera relación interhumana. Saxe viene investigando un fenómeno que los psicólogos denominan "Theory of Mind", es decir, la capacidad sin la que no se sería capaz de convivir en una sociedad moderna: la capacidad de empatizar con el otro, de ponerse en el lugar del otro. Con el despertar de esta capacidad la persona se convierte en ser social. Parece que esta capacidad, si bien de un modo muy rudimentario, se encuentra también en algunos animales, como por ejemplo los chimpancés, pero en nadie como en los humanos. Nosotros podemos ponernos en la situación del otro, ¿pero a partir de qué edad es el hombre un ser social? Saxe ha demostrado que al menos a los 3 años ya se observa inicios de empatía en el niño.

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